09 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

Pretenden captar clientes destrozados por el dolor poniendo en la diana a personal sanitario desbordado por la crisis que atraviesa el país

Los aprovechados del Covid-19: Desde bufetes a peritos ofrecen sus servicios contra negligencias

Ciertos despachos y peritos médicos ofrecen sus servicios a familiares y seres queridos de víctimas fallecidas por el coronavirus, aprovechándose de la grave crisis sanitaria que atraviesa el país para denunciar negligencias. Un servicio que anuncian como "gratuito" para captar clientes destrozados por el dolor. La médico legal, experta en incapacidades laborales, Patricia Alcaraz, analiza en este reportaje lo que está sucediendo.

Sabido es que en todas las épocas de crisis hay personas que consiguen despuntar gracias a sus especiales dotes o capacidades personales, que les hacen brillar por encima de la media, aportando soluciones, descubrimientos técnicos o científicos, desplegando capacidades organizativas, de gestión, o de liderazgo que terminan redundando en un bien para los demás.

Y es que, la necesidad agudiza el ingenio. Lo malo es que, como siempre, y debido a la naturaleza humana, el ingenio se agudiza en estas situaciones también para otros fines más prosaicos, oscuros, o espurios, con individuos que, faltos de escrúpulos, están siempre prestos a medrar a costa de las desgracias ajenas. "Homo homini lupus", que decía Hobbes citando la "Asinaria" de Plauto.

Y aquí no íbamos a ser la excepción: Aún no hemos conseguido controlar la pandemia, seguimos con un ingente número de fallecidos diarios, con los Hospitales saturados y..., ya empiezo a leer en Internet anuncios que, francamente, me remueven las entrañas.

Llevo días leyendo ofertas de ciertos abogados y peritos médicos ofreciendo desde ya sus servicios profesionales para las personas que han perdido un ser querido en esta pandemia. Lo venden, inicialmente, como servicios "gratuitos", con la evidente finalidad de captar clientes destrozados por el dolor, en franco "shock" emocional, que no encuentran cómo encajar su pena y a quién hacer responsable ya que, lógicamente, no se explican cómo y de qué manera, prácticamente de un día para otro, se han quedado sin un ser querido, sin haber podido despedirse, sin siquiera haber podido velarle y hacerle un entierro digno, sabiendo que es un número más de muchos en este momento, una estadística.

Pues bien, aunque parezca increíble, hay personas que tratan de aprovecharse en estos momentos del dolor ajeno, y para ello buscan situar como cabezas de turco a los únicos a los que, precisamente, no puede culpabilizarse de esta situación: Los profesionales sanitarios.

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Ayer comencé la mañana leyendo títulos como "Negligencia Médica", "Mala Praxis Sanitaria", y otros de similar estilo, y es algo que me lleva a constatar que, si bien es cierto que esta Catástrofe Mundial ha logrado que resurjan en muchos casos los sentimientos humanitarios, con los grandes y más nobles valores, sin embargo parece que no ha terminado con los "cuervos" que anidan en la sociedad.

Gestionar el duelo

De por sí, es muy difícil gestionar el duelo cuando pierdes a un ser querido. Lo es más difícil aún en la actual situación de pandemia, por las circunstancias asociadas a las que aludía más arriba. Pero, por la propia psicología humana, resulta que suele ser más fácil gestionarlo si podemos atribuir la causa de la muerte de nuestro ser querido a un fallo humano. O sea, echarle la culpa a otro.

El problema está en que ciertos elementos de determinadas profesiones —no quiero generalizar, porque sería injusto— parecen estar pretendiendo poner en la diana a otros profesionales que no tienen la culpa de los daños personales que está produciendo la pandemia. Y lo hacen con el claro propósito de engordar su bolsillo a costa de los incautos que tengan la desgracia de caer en sus redes, seducidos por sus artes publicitarias, y sucumban a la idea de que el culpable de la muerte de su ser querido en estas circunstancias es el médico.

En términos generales se puede decir que la excepcionalidad de la situación, manifestada en forma de súper saturación de los hospitales y de la totalidad del sistema sanitario, ha obligado a los médicos a aplicar también unos protocolos de trabajo extremos, justificados por el carácter excepcional de la situación, y que implican la toma de decisiones de extraordinaria dureza, que afectan, indudablemente, a su propio sistema emocional.

Se ha llegado a decir que estamos en una situación "de guerra", si bien frente a un enemigo invisible y silencioso. Y, por ende, se están aplicando protocolos "de guerra". Todo esto ha puesto a los profesionales de la sanidad en la tesitura de tener que tomar decisiones de una gran dureza, decisiones que no nos enseñan a tomar en la carrera de medicina, decisiones que, a muchos, les dejarán secuelas psicológcas de por vida, por vivir lo que están viviendo.

Los médicos, con jornadas maratonianas, trabajando de sol a sol en entornos hospitalarios en los que hay una elevada carga viral, están exponiendo su propia vida y la de los familiares que tienen en sus casas, a las que regresan tras finalizar su turno. En España esta situación pandémica y de desbordamiento del sistema sanitario ya se ha cobrado las vidas de varios médicos que intentaban salvar a sus pacientes, y que se han visto, a su vez, letalmente infectados por el virus.

Tenemos ya en torno a un 50 % de los médicos infectados, de los que el 18 % se encuentra hospitalizado. Ahí tenemos también el espejo de Italia, con una larguísima lista de profesionales sanitarios infectados y fallecidos.

Sin embargo, las carencias que tiene nuestro sistema en cuanto a infraestructura sanitaria y, especialmente, en cuanto a dotación de medios (mascarillas, respiradores, equipos de protección individual, etc) no son imputables a los médicos sino, en todo caso, a la negligente falta de previsión de los estamentos directores o gestores de nuestro país, que ha propiciado que se produzca un rápido contagio masivo —con seguridad, bastante mayor que el que reflejan las cifras oficiales—.

Es ahí, y no en los profesionales sanitarios que se ocupan de la atención directa al paciente, donde reside el porqué de esta situación tan exacerbada. Resulta patente que ha existido un retraso negligente a la hora de tomar determinadas decisiones por parte de las autoridades sanitarias.

Del mismo modo, se hace también patente que ha existido una total falta de previsión por parte de dichas autoridades a la hora de dotar de los necesarios medios al sistema sanitario. Esta pandemia nos ha pillado en cueros, y no puede decirse que sus efectos no fueran previsibles.

La situación en otros países

Somos un país que cuenta con un gran refranero, pleno de sentido común. Pero parece que nuestras autoridades en ningún momento se han acordado (o, Dios no lo quiera, no han querido acordarse) de aquel que dice que, "cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar".

Si, vista la situación de China, con varios meses de antelación sobre la nuestra, hubiéramos puesto nuestras barbas a remojar, otro gallo nos cantaría ahora. La negligencia es aún mayor si cabe, puesto que, por dos veces, se ha hecho lo mismo: ¿Por qué tampoco pusimos nuestras barbas a remojar, cuando vimos pelar las de nuestro vecino italiano?

A buen seguro, no hubiésemos podido evitar totalmente los efectos de la pandemia pero, con las decisiones oportunas a todos los niveles y en todos los departamentos gubernamentales, no estaríamos inmersos en una situación que viene amenazando con hacer saltar las costuras de nuestro sistema sanitario y que está generando tal cantidad de víctimas mortales.

Se ha actuado tarde y mal, debido a la torpe imprevisión. Se ha tardado demasiado en dictar medidas que eran necesarias, y se ha intentado a la desesperada, de forma absolutamente desorganizada, conseguir aquellos medios necesarios de los que, observando una elemental previsión, debiéramos habernos provisto a nivel de país con cierta antelación, cuando ya había datos objetivos que indicaban a las claras lo que se nos avecinaba.

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Jamás en un Tribunal de Justicia se va a condenar a un médico por hacer todo lo que está en su mano, más aún cuando las autoridades gubernamentales (no sólo las estatales, también las autonómicas) no les han dotado con los medios necesarios para hacer frente a la pandemia. Una mala praxis o negligencia se da cuando el médico ha actuado con dejadez, o con manifiesta incompetencia, cuando habiendo tenido los medios a su alcance para solucionar la enfermedad de su paciente, no los ha utilizado convenientemente. En este caso, lo que sufrimos es una carencia de medios, nótese el matiz.

Por todo ello repugna ver que en esta situación, como antes apuntaba, existen también algunos "profesionales" oportunistas, carentes de todo escrúpulo y faltos de la más elemental ética profesional, que aprovechan estos momentos turbulentos para publicitarse, en un intento claro de medrar económicamente a costa de sus conciudadanos, que no sólo se ven tocados emocionalmente por la complicadísima situación general que vive España, sino que también ven mermados sus recursos económicos.

No es de recibo que, en una situación como la que sufrimos, haya ciertos profesionales de muy dudoso gusto que traten descaradamente de aprovecharse de la desgracia ajena, ofreciendo además alcanzar objetivos sin fundamento. Pero, como en casi todo, abundan por desgracia los pícaros, que enseguida se hacen notar, mientras que, cada vez más, escasean los caballeros.

Debo decirlo una vez más, y pretendo que este mensaje cale entre los lectores, porque es de estricta justicia: Los médicos no son culpables de esta situación de desbordamiento. Bastante hacen poniendo todos sus dedos en los agujeros para intentar cerrar las vías de agua que tenemos abiertas en el casco y evitar que nuestra nave sanitaria naufrague.

La cuestión es por qué los timoneles que nos pilotan no han hecho caso a tiempo y han dejado que nuestro barco se dirija directo a los arrecifes, cuando podían haber consultado la carta de navegación y haber previsto hacia dónde nos iban a llevar las corrientes. En qué estaban pensando cuando algunos vigías, hace ya tiempo, dieron desde lo alto de la cofa la voz de alarma, al ver que asomaban a lo lejos escollos entre las olas.

A buen seguro que no estaban pensando en lo verdaderamente importante. Ahora, cuando estamos metidos hasta el cuello en el agua, cuando nuestro barco hace agua, y andamos intentando achicarla sin medios, es cuando nos damos cuenta, en general, de que lo absolutamente prioritario es la salud —por delante de la economía—, y que lo demás, comparativamente hablando, son fruslerías que no sirven para nada si se carece de lo primero.

Se que el dolor es inconmensurable, y que ello provoca una bajada de nuestras más elementales defensas y mecanismos de alerta —y no me refiero ahora a las defensas biológicas de nuestro organismo—, pero es necesario que los españoles estén, ahora más que nunca, con la guardia alta, y que eviten en estos momentos tan difíciles ser presa de dudosos profesionales que, con buenas palabras, o con el señuelo de lo gratuito, se anuncian agitando la zanahoria en forma de promesas de resarcimiento económico, apuntando, para más inri, contra el más débil en toda esta cuestión, contra el que carece de culpa, contra el profesional del sector sanitario que está dándolo todo, incluso su salud y su vida.

Recomiendo no caer en la trampa, huir de estas promesas fáciles. Para ello, recordemos siempre una cosa: Los buenos profesionales, los que ciertamente merecen la pena, son discretos, en absoluto alabanciosos, y con su trabajo serio persiguen de verdad solucionar nuestros problemas, cobrando lógicamente unos honorarios merecidos por su labor. Pero no actúan como carroñeros de la sociedad, ni pretenden aprovecharse del cliente vaciándole la cartera con la excusa de aliviar su dolor.

Desgraciadamente, en todas partes cuecen habas y, aunque la mayor parte de los profesionales son serios y honrados —este artículo no pretende ser una crítica contra ciertos colectivos profesionales, ni muchísimo menos, sino contra algunos elementos aislados—, hay en el puchero más granos negros de los que debiera. No caigamos en la tentación de las promesas fáciles, y mantengámonos alerta frente a los pícaros, que haberlos, los hay.

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