26 de mayo de 2020
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FIN DE SEMANA

Los síntomas en ellos son sudoración de manos, latidos rápidos del corazón, calor en la nuca, sensación de náuseas e incluso vómitos

Nueva patología: El miedo de los niños a salir a la calle por si contraen el coronavirus

Niños saliendo a la calle.
Niños saliendo a la calle.
Desde el pasado fin de semana los niños menores de 14 años pueden salir a la calle, pero el problema ahora es que algunos se niegan por el miedo que les han infundido durante 40 días los adultos. Eva Milla, máster en Psicopedagogía Clínica, perito Judicial en psicología infantil y trastorno psiquiátrico y master en psicopedagogía explica en este artículo cómo debemos tratar a los menores para que pierdan el miedo a la calle.

En muchas ocasiones el problema de los miedos de los niños a salir a la calle lo hemos generado, sin querer, los adultos y el exceso de información recibida en su entorno. Seguramente ellos han percibido el peligro a través de conversaciones entre adultos, televisión o redes sociales, y han entendido que hay algo más peligroso que el miedo a que te ocurra algo, intuyen que sus mayores, sus padres así como el resto de las personas del mundo no saben cómo acabar con ello, no saben cómo curarlo. 

Es la incertidumbre ante la falta de recursos para acabar con ese bicho que amenaza como un monstruo invisible de siete cabezas, lo que causa en la mayoría de los niños ese miedo a la calle. No solo es el miedo a ponerse malitos, ellos o sus mayores, es el miedo a que no sepan curarlos.

Así podemos distinguir dos tipos de conductas evitativas de la calle, “circunstanciales” que son las que responden a un miedo real que existe y que no se comprende, y las evitativas “ansiosas imaginativas” que recogen aquellas conductas que son algo patológicas y traducen la ansiedad frente a la enfermedad y el contagio como expresión de alteraciones que probablemente padecieron antes del confinamiento. Niños con excesivos miedos, alta imaginación, angustia por la posible pérdida de seres queridos, cuando no existen circunstancias para ello, o con conductas de aislamiento social previo al coronavirus. 

Niños jugando en la calle.

En las características evolutivas propias de los niños entre los 7 y 10 años de edad se encuentra la despertar a la realidad externa y tener que adaptarse a ella. En esta edad toca integrar lo que el exterior te ofrece en los conceptos de la vida diaria. Es así como el niño comienza a darse cuenta de que existe un mundo distinto ahí fuera, y en ese mundo están pasando cosas que nadie controla.

Se dan cuenta de todo y además ya tienen capacidad para entender la información. Saben de la amenaza vírica, de la imposibilidad de obtener una vacuna, de la falta de criterios para el tratamiento higiénico, de la falta de recursos para protegerse, y de que el mundo no sabe lo que ocurrirá mañana. Tratan de racionalizar y buscan las respuestas donde las encontraban antes, en los padres, las autoridades, sus maestros, los amigos, pero nadie tiene respuestas sólidas y certeras. Esta sensación de no control es lo que genera la respuesta “evitativa circunstancial” que implica no querer salir a la calle para no enfrentarse al mundo desordenado que estamos viviendo, sobre todo ocurre en niños que nunca han tenido ningún problema de salud mental previo.

Estas manifestaciones se traducen en nervios ante la salida, muchas preguntas ante el desconcierto externo, sueño interrumpido con pesadillas, falta de concentración, irritación, falta de motivación para realizar tareas o actividades de ocio, o por el contrario exceso de juegos interactivos o redes. Suelen retrasar las salidas todo lo que pueden pero si se trata con tranquilidad y las suficientes explicaciones se superará sin mayores problemas. No es en ningún caso recomendable permitirles no afrontar la realidad de la salida que habrá que lograr sea como sea, preferiblemente pactando, planteando la salida con premio o convenciéndoles a base de diálogo con paciencia y comprensión.

El miedo se puede presentar de otra manera en los pequeños que ya tenían un miedo previo, ansiedad, estrés, toc, o conducta evitativa. En estos casos el problema puede agravarse por un miedo real al contagio, por la visualización imaginada del virus entrando dentro del cuerpo provocando la enfermedad a ellos o a sus seres queridos, padres, hermanitos, abuelos. Un miedo que se percibe como cierto y concreto, que produce sudoración de manos, latidos rápidos del corazón, calor en la nuca y sensación de náuseas que algunas veces puede terminar en problemas de estómago y vómitos.

El niño entonces encuentra tranquilidad en su entorno bajo la certidumbre de que la amenaza externa no le va a alcanzar dentro de casa y se crea una burbuja imaginativa donde se encuentra seguro, sin mayores preguntas, y reaccionando de manera exagerada al reclamo de la salida. En este caso no es conveniente que se fuerce la salida. Es preferible hacer una especie de desensibilización sistemática que consiste en una hoja de ruta donde se pauten las aproximaciones a la calle de manera organizada, lenta y sin prisa. Se puede ir primero a la escalera de casa por cortos espacios de tiempo, después al portal prolongado un poco más el tiempo en la estancia, otro día a la calle y finalmente hasta la distancia permitida posible.

No se debe forzar a los niños

De manera general cuando se dan estos síntomas no se debe forzar a los niños a salir pero tampoco hay que esperar a que lo pidan o lo deseen porque esto puede no producirse En los casos que se consideren más graves se debe buscar la ayuda de un profesional, pues la grabación de la angustia padecidas en un estado ansioso descontrolado puede causar problemas fónicos para siempre.

En ambos casos, el niño con miedo a la incertidumbre del contagio y el desconcierto externo, o el niño con miedo patológico a la enfermedad y a la muerte deben de recibir los beneficios del aire libre y de la Luz, sin excusas, ni impedimentos mentales que deberán tratarse de manera prioritaria por encima del éxito en los estudios o del progreso de cualquier actividad extra escolar.

No dejemos que el virus nos arrebate más cosas. Nuestros hijos son prioridad, hablar con ellos, convertir las incertidumbres en oportunidades de sorpresa, no dramatizar, relativizar lo que ocurre, asegurarles que encontraremos soluciones, ayudarles a racionalizar, contestar a sus preguntas contemplando sus intereses, darles una base segura desde la que puedan volver a salir del mundo y explorar las nuevas formas de vida que nos esperan, serán la mejor protección de la salud mental infantil.

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