04 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO

El deportista navarro de 56 años realizó algo único en el ciclismo mundial superando a grandes nombres de la época

Miguel Indurain: Se cumplen 25 años de una gesta mítica, ganar cinco tours de Francia

Miguel Indurain.
Miguel Indurain.
Hace 25 años, en plena edad de oro del ciclismo español, Miguel Induráin lograba su quinta victoria consecutiva en el Tour de Francia, igualando a Eddy Merckx, Bernard Hinault y Jacques Anquetil. De esta forma, coronaba una carrera profesional plagada de éxitos en la que nunca perdió su carácter humilde y respetuoso. Dos años después, el navarro anunciaba su retirada dejando tras de sí una herencia gigante para el deporte de nuestro país.

El 23 de julio de 1995 Miguel Indurain Larraya subía por quinta vez consecutiva al escalón más alto del pódium del Tour de Francia. Los Campos Elíseos volvían a ser testigos de los triunfos de un hombre que impuso una auténtica tiranía en el ciclismo mundial durante el primer lustro de los noventa. Para llegar hasta allí había sido clave la séptima etapa de la ronda gala, que tuvo lugar en Lieja, donde el ciclista navarro atacó a falta de 30 kilómetros para el final, consiguiendo una diferencia de más de un minuto con respecto a sus rivales más próximos. El día siguiente, en la contrarreloj, una de las especialidades de la casa, acabó la faena. El camino a París estaba despejado.

En aquel momento, en la cima del mundo, pocos podían pronosticar lo que sucedería un año después, cuando “Miguelón” sufrió una descomunal “pájara” (precisamente en la séptima etapa), disputada en esta ocasión entre Chambery y Les Arcs que le apartó del que habría sido su sexto Tour, una hazaña sin precedentes. Bjarne Riis conseguía romper su inquebrantable hegemonía (en 2007 reconocería haberse dopado con EPO durante aquel año) alzándose con el triunfo. Curioso que fuera finalmente el danés quien pusiera punto final al aplastante dominio de un corredor que había sometido hasta la fecha a una pléyade de súper clases de la bicicleta: Fignon, Lemond, Zulle, Bugno, Chiappucci, Rominger, Virenque, Jaskula… la lista es interminable. Todos fuertes, todos talentosos, todos preparados y todos derrotados por el de Villava.

Indurain con el maillot amarillo tomando una curva.

Hoy, cuando se cumplen 25 años de su última ronda de Francia, repasar su palmarés sigue dando vértigo. En sus vitrinas, lucen 5 Tours de Francia y 2 Giros de Italia, siete grandes vueltas que adereza con dos medallas de oro que le acreditan como campeón olímpico y mundial de contrarreloj, 67 victorias en etapas y otras condecoraciones como el Premio Príncipe de Asturias o su nombramiento como Caballero de la Legión de Honor Francesa. Estos logros aúpan a Miguel al olimpo de la historia del ciclismo. Muchos le consideran el mejor deportista español de todos los tiempos y lo cierto es que argumentos no les faltan. Aunque en la actualidad nadie se atreve a discutir su destreza con la bicicleta, no siempre pareció estar predestinado a pedalear.

Una trayectoria mítica

Miguel nació en julio de 1964. Fue el segundo de los hijos de la pareja formada por Miguel Indurain e Isabel Larraya. Sus inicios están ligados a su localidad de nacimiento, Villava. Esta localidad navarra, cercana a Pamplona, se ubica en pleno Camino de Santiago. Se trata de una zona rural, plagada de terrenos fértiles, donde sus padres poseían tierras que el pequeño Miguel y sus hermanos ayudaban a trabajar. Antes de embarcarse en el viaje del ciclismo, probaría antes otros deportes, como el baloncesto, el fútbol o el atletismo. Sin embargo, tras su primer contacto con la bicicleta, cuando solo tenía once años, se uniría al club ciclista Villavés. A partir de aquí, los siguientes 22 años de su vida estarían marcados por la práctica de este deporte.

La “locomotora de Villava” destacó rápidamente en categorías inferiores, lo que no le eximía de continuar con sus estudios. En este sentido, cuando acabó la GB ingresó en la formación profesional, concretamente en la rama de Mecánica de Herramientas. En 1983 ya se había proclamado campeón de España. Un año después, acudiría a la olimpiada de Los Ángeles, donde se convertiría en profesional. Su primera carrera en el mundo del profesionalismo llegó precisamente aquel año, en el Tour del Porvenir, carrera que corrió como integrante del equipo que le había descubierto, el Reynolds.

En el equipo navarro (después pasaría a denominarse Banesto) desarrollaría toda su trayectoria. Entre 1984 y 1991 crecería a la sombra de otro gran jefe de filas, Perico Delgado, de quien sería gregario de lujo durante años. Con el ciclista segoviano mantendría una buena relación, a pesar de que el paso de los años hacía cada vez más evidente que la jerarquía dentro del equipo debía cambiar. En este sentido, el director del Reynolds en aquel momento, José Miguel Echávarri definió perfectamente la situación y la actitud de Induráin ante la misma: “Miguel es un hombre que vive y deja vivir”.

El “problema” que suponía tener dentro del Reynolds a dos gallos de corral tendría varios episodios sonados en los que Miguel tuvo que aguardar la llegada de su líder, especialmente durante el Tour de 1990, donde el navarro perdió hasta 13 minutos esperando a Delgado. Fue en aquella carrera cuando el campeón segoviano, consciente de la proximidad de su ocaso y de la fuerza con la que progresaba el de Villava, pronunció la famosa frase: “No me esperes Miguel”. Y a partir de aquel momento, Miguel no volvió a esperar.

Desde 1991, cuando se presentó al Tour ya como líder de equipo (aunque en igualdad de condiciones con Perico), hasta 1995 no conocería la derrota en tierras galas. Con un estilo inconfundible, sólido en la montaña, fiable en llano y destructor en contrarreloj, Miguelón se adjudicó las ediciones del Tour de Francia en 1991, 1992, 1993, 1994 y 1995. La lucha contra Bugno en el 1992, la contrarreloj con fiebre un año después o su inolvidable subida a la cima de Hautacam en 1994, en la que “el pirata” Pantani tuvo que ver como de la niebla emergía un ciclista español dispuesto a amargarle la jornada, son algunas de las gestas del navarro en tierras galas.

Tras anunciar su retirada en 1997, el villavés ha hecho de todo, pero siempre manteniendo un perfil bajo que le caracterizaba en sus años subido al velocípedo. Fue comentarista deportivo y durante un tiempo estuvo vinculado a la Federación en diversos cargos. Actualmente, tiene varios negocios en marcha, algunos de ellos relacionados con la publicidad y la organización de eventos. No obstante, su motivación principal se la reserva para su verdadera pasión, la bici: “Lo que me gusta es andar en bici que es lo que me gustaba de pequeño y ahí es donde he encontrado mi hobby”, declaraba hace un año para El Confidencial.

Miguel Indurain posa junto a su esposa, Marisa López de Goicoechea.

La familia del pentacampeón del Tour de Francia sigue residiendo en la zona de Pamplona y acude con asiduidad a su localidad natal. Su esposa, Marisa López de Goicoechea, con la que contrajo matrimonio en noviembre de 1992, continúa siendo uno de sus principales apoyos. La pareja consolidó su relación cuando Marisa comenzó a trabajar en la Clínica Universitaria de Navarra, que Miguel visitaba para chequear su estado físico. Siempre celosos de su intimidad, tienen tres hijos, dos chicos y una chica, todos vinculados de alguna forma al universo deportivo en la actualidad. Pese a los días de gloria pasados, Indurain no añora la competición, como quedó patente en las declaraciones que concedió a Mundo Deportivo en 2018: “fueron años bonitos, duros, exigentes, de mucha presión, pero hacía lo que me gustaba. No los echo de menos. Tuve mi época en el deporte de elite que fueron 10-15 años alto nivel, pero tienes que dejar paso a los jóvenes que vienen pegando fuerte”.

En cualquier caso, es innegable que su legado deportivo y personal pervive 25 años después de su retirada y lo hará igualmente en los años venideros. Paralelamente, el ciclismo español aguarda la venida del próximo Miguel. Hasta entonces, los más nostálgicos seguirán rememorando los días en los que la leyenda de Induráin les arrebató las siestas de verano.

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