21 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

La competición era una cuestión de orgullo y las victorias contra el enemigo mortal se vendían como triunfos de una forma de concebir la vida

Guerra Fría en el deporte: Historia de los momentos más polémicos entre Estados Unidos y la URSS

La URSS y Estados Unidos protagonizaron encuentros míticos.
La URSS y Estados Unidos protagonizaron encuentros míticos.
La rivalidad de la Guerra Fría llegó al deporte, generando una tensión que alcanzó su clímax en dos eventos deportivos para el recuerdo. En la final de baloncesto de los Juegos Olímpicos de 1972, los soviéticos vencieron con polémica a Estados Unidos. Ocho años más tarde, los norteamericanos se cobrarían su venganza en hockey sobre hielo derrotando a la URSS en los Juegos Olímpicos de Invierno. En ambas ocasiones, se dio la coincidencia de que el vencido era gran dominador de la disciplina.

Estados Unidos y la Unión Soviética finalizaron la Segunda Guerra Mundial relegando, por primera vez en la historia, a las potencias europeas a un segundo plano. En las postrimerías del conflicto, el antagonismo de sus estructuras político-sociales desencadenó una tensión constante entre ambas potencias, materializado en una guerra que durante décadas libraron desde las sombras.

Su rivalidad se extendió por todos los ámbitos sociales, y tanto unos como otros trataron de imponer no solo su política, sino un modo de vida con unos ideales perfectamente diferenciados que se situaban en las antípodas. El mundo quedó dividido en dos. Los eventos deportivos fueron un escenario perfecto para mostrar su poderío y en no pocas ocasiones los choques entre estas potencias fueron tratados por la prensa como auténticos combates, de cuyo resultado dependía el orgullo patrio. A continuación, abordamos los dos enfrentamientos más recordados entre la Unión Soviética y Estados Unidos en la esfera deportiva.

¿Gesta irrepetible o “robo del siglo”?

Si hay un deporte en el que Estados Unidos ha ejercido un dominio aplastante, ese es el baloncesto. La selección estadounidense se presentó a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972 como siempre, dispuesta a arrasar. Hasta entonces, su desempeño en la máxima cita deportiva del mundo era inmaculada. Siete participaciones, siete oros, y todos conseguidos con selecciones universitarias.

Los jugadores profesionales no serían convocados hasta 1992. ¿Para qué? No parecía que les hiciera mucha falta.  Pero más allá de los resultados, la sensación era que existía un abismo entre el nivel de los yankees, que parecían venidos de otro planeta, y el del resto de mortales.

En un universo baloncestístico paralelo, como era entonces Europa, la URSS ejercía un apabullante dominio sobre el resto de selecciones del viejo continente. Solo Yugoslavia parecía estar a la altura de un combinado nacional que, antes de 1972, había sido once veces campeona de Europa. No obstante, Estados Unidos era otra dimensión. A la cabeza de los soviéticos estaba todo un héroe nacional: Sergei Belov.

Merece la pena detenerse un instante para analizar su figura. Belov representaba todos los valores que las autoridades soviéticas querían proyectar sobre sus ciudadanos. Esfuerzo, compromiso, profesionalidad, patriotismo… un coctel perfecto. El escolta ruso marcó una época. El letal lanzamiento de media distancia que sacaba a relucir con orgullo en el equipo del “ejército rojo”, el CSKA de Moscú, y su particular estilo, con su corte de pelo repeinado y su icónico bigote, eran sus señas de identidad.

Belov era mucho más que un deportista para la URSS.

Belov dirigió al combinado soviético hasta la lucha por el oro. En su camino hasta la cita decisiva, cabe destacar una polémica semifinal contra Cuba, selección que desperdició una importante ventaja contra la URSS, algo que en seguida despertó las sospechas sobre una posible colaboración La Habana-Moscú. Por su parte, los norteamericanos alcanzaron la final sin despeinarse, como es costumbre. Entre los rostros más conocidos de la selección yankee, sobresalía sobremanera el del corajudo Doug Collins, que sería escogido en el número uno del draft de 1973.

El choque definitivo había llegado. Desde el inicio, el partido entró en el ritmo lento y bronco que interesaba a los soviéticos. De hecho, para sorpresa de todos, la inercia del encuentro la llevaban claramente los pupilos del entrenador Vladímir Kondrašin. Este técnico se había atrevido a quebrantar la ortodoxia soviética en lo que se refiere al baloncesto. Gracias a su insistencia, se permitió a la selección de su país viajar a Estados Unidos con el objetivo de conocer otras formas de practicar el deporte de la canasta. Un escándalo para la época.

Los estadounidenses celebraron antes de tiempo.

Los mandamases del equipo nacional de la URSS no pusieron facilidades a Kondrašin, pues consideraban estos viajes un boicot a un sistema deportivos que, a su juicio, funcionaba. Sea como fuere, los soviéticos tuvieron la oportunidad de medirse contra universidades americanas, conociendo sus sistemas, sus rotaciones de jugadores y, en última instancia, beneficiándose de un sistema de salud deportiva a todas luces más avanzado que el suyo. Reconocer esta “superioridad” era una humillación nacional, pero les sirvió para competir con los estadounidenses en la final.

En este encuentro, aunque Belov martilleaba la defensa norteamericana constantemente (al acabar el encuentro, anotaría casi la mitad de los puntos de su equipo), los americanos no se rendían. Faltaban tres segundos para el final del partido y los soviéticos dominaban por tan solo un punto, 49-48. El juego estaba parado porque Doug Collins había recibido una falta y debía acudir a la línea de tiros libres.

La estrella del combinado de Estados Unidos anotó ambos lanzamientos. La URSS tenía que sacar rápido desde la línea de fondo, y así lo hico. Sin embargo, el cronómetro anunció el final del encuentro cuando apenas daban su primer pase. A continuación, los seguidores americanos invadieron el campo y su selección celebraba la victoria, pero algo estaba a punto de cambiarlo todo.

Los árbitros decidieron que esos tres segundos tenían que repetirse. Los estadounidenses no daban crédito y su sorpresa sería mayúscula cuando contemplaran atónicos lo sucedió inmediatamente después. En la reanudación, tras un pase largo, el otro Belov, Alexander, consiguió encestar, dando el oro a los soviéticos. Un metal que minutos antes celebraban sus rivales.

La indignación norteamericana era tal, que el equipo se negó a recoger la medalla de plata. Acababan de perder, de la forma más controversial posible, el primer partido de su historia olímpica en baloncesto. Para ellos, solo un robo con aroma a intereses políticos lo había permitido. Para los soviéticos, ese día quedaría grabado en su memoria, pues habían hecho morder el polvo a su gran rival capitalista.

Un “milagro” universitario priva a la URSS de su quinto oro consecutivo

Los Juegos Olímpicos de invierno de 1980 eran una oportunidad perfecta para la Unión Soviética de mostrar ante el mundo todo su poderío. Tenían un aliciente añadido. Se celebrarían en Lake Placid (Estados Unidos). En la mente de los jugadores soviéticos de la selección de hockey sobre hielo solo bullía una idea, la de humillar a los “yankees” delante de su gente.

Las circunstancias políticas contribuyeron a alimentar la ya de por sí encendida rivalidad. La Unión Soviética iba a participar en la Guerra de Afganistán, una decisión que cayó como un jarro de agua fría en la Casa Blanca. El presidente Jimmy Carter tomó entonces una curiosa iniciativa, el boicot de los Juegos Olímpicos que se celebrarían durante el verano de aquel año en la capital soviética, Moscú.

El equipo soviético de hockey sobre hielo tenía sobre sus hombros una gran responsabilidad. Durante décadas, fueron los dominadores mundiales de este deporte. Antes del campeonato de 1980, encadenaban cuatro oros consecutivos en Juegos Olímpicos, competición en la que hasta la fecha solo habían perdido un partido. Eran un auténtico rodillo.

La selección soviética era la gran favorita, pues había encadenado cuatro oros consecutivos en Juegos Olímpicos.

La selección soviética era la gran favorita, pues había encadenado cuatro oros consecutivos en Juegos Olímpicos.

En la competición, siempre sobre papel, competirían jugadores amateurs. Sin embargo, lo cierto es que, a la hora de la verdad, Brézhnev manejó los hilos para permitir que sus deportistas ejercieran como profesionales. Tretiak, Fetisov, Kharlamov… muchas de las leyendas de este deporte se reunieron en aquel conjunto. Enfrente, estaban los norteamericanos, jugadores universitarios dirigidos por el prestigioso Herb Brooks, legendario entrenador de los setenta en la Universidad de Minnesota.

Los dos conjuntos parecían predestinados a encontrarse en su camino al oro. En la gira preparatoria, los soviéticos borraron del mapa a los norteamericanos en un encuentro “amistoso”. El marcador final, 10-3, lo dice todo. El camino hasta la fase final de los dos equipos fue muy distinto.

Para la URSS, un paseo. Abultadísimas victorias que culminaron con el 16-0 que le endosó a Japón. Que pase el siguiente. Los americanos, aunque con más problemas, lograron finalmente la clasificación. El oro se decidiría, no obstante, en una liguilla a cuatro en la que se medirían, además de los equipos ya mencionados, a Finlandia y Suecia.

No obstante, sería el partido entre americanos y soviéticos el que decidiría a la postre el oro, pues las dos selecciones resolvieron posteriormente con victoria sus compromisos contra los escandinavos. Los prolegómenos del encuentro estuvieron marcados por la polémica, pues la URSS se negó a jugar en horario de máxima audiencia. Sea como fuere, ambos equipos saltaron al hielo plenamente conscientes de lo que estaba en juego. La concentración era máxima.

La hazaña de Estados Unidos venciendo a la URSS permitió que esta no se proclamara campeona en suelo americano.

Pese a ello, pronto la lógica pareció imponerse y Krutov estrenó el marcador soviético. Schneider conseguiría igualar casi de forma inmediata. Después de todo, vencer a los Estados Unidos no iba a ser tan fácil. El tanto americano no sentó bien a los campeones olímpicos, que iniciaron el ataque en tromba sobre la portería de Jim Craig. El vendaval se saldó con la Unión Soviética nuevamente por delante en el electrónico: 1-2.

El equipo soviético iba ganando, pero sus sensaciones eran extrañas. Aquel día, los nervios estaban a flor de piel e incluso súper clases de la talla del guardameta Tretjak cometieron errores fatales. El mejor portero del momento sirvió en bandeja el empate a Johnson al no ser capaz de atajar un disparo previo de los yankees. ¿Consecuencia? Tretjak al banco. Antes del descanso, la URSS volvió a perforar la portería norteamericana. En el intermedio, marcador favorable para los favoritos: 2-3.

La segunda parte quedó escrita con letras de oro en la historia del deporte estadounidense. Los americanos creían es sus posibilidades. Salieron agresivos, con ganas de cortocircuitar el juego soviético. Y así fue. Aprovecharon la superioridad que les brindó la penalización de dos minutos contra el soviético Krutov y consiguieron su tercer tanto. La URSS estaba confundida, abrumada por los bravos americanos. Estos olieron la sangre, y aprovecharon el momento de vacilación de su rival para, por medio de su capitán, Mike Eruzione, ponerse por primera vez por delante en el encuentro: 4-3.

El orgullo soviético puso a los norteamericanos aun en serias dificultades, pero la figura de Craig se hizo gigantesca y las esperanzas de la URSS se desvanecieron. La selección de las barras y las estrellas había logrado lo impensable. De acuerdo con la propia prensa norteamericana, lo que aconteció aquel día fue, en resumidas cuentas, milagro.

 

 

 

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