01 de junio de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Sergio Martín Guardado

Sistema antisistema

Pablo Iglesias e Irene Montero.
Pablo Iglesias e Irene Montero.

En los años previos a la aprobación de la Constitución Española de 1978, la clase política española se empeñaba en acabar, definitivamente, con eso que se vino en llamar, históricamente, las dos Españas. Ese fue y no otro es espíritu y la proeza de la Transición Democrática. Así pues, quedaban sentadas las bases del consenso constituyente en lo que el profesor Óscar Alzaga vino en llamar el “consenso constitucional”, la articulación de un sistema: la Constitución de todos, para todos y, por ende, donde cabrían todos.

Es pues, la Carta Magna la más insigne obra de los españoles desde que España se llama España. No habría más sometimiento, no habría hombres que fueran más que otros hombres; se conseguiría, con esta Constitución abierta al cambio permanente, pero rígida en el reconocimiento de los derechos fundamentales y las libertades públicas, que tampoco las mujeres fueran menos que los hombres. Que la derecha ni la izquierda política se pusieran nunca una por encima de la otra sobre el triste y pobre argumento de la ideología. Precisamente porque ambas entendieron, por fin, que el pluralismo político no era un deber sino un valor superior de la vida jurídica y de la estructura político-constitucional, algo inquebrantable y sin el cual no puede hablarse de democracia. Durante la última década, malentendiendo ese espíritu de la Transición, las grandes fuerzas políticas moderadas del país, a izquierda y a derecha, nos llevaron progresivamente a abandonar la neutralidad necesaria para el ejercicio de la buena política y abandonaron el respeto mutuo.

Entonces, poco a poco, la gobernabilidad de España empezó a depender del nacionalismo catalán, ahora secesionismo, traicionando al gran Tarradellas. Empezaron a rondar al desleal Puyol primero, luego a Carod y, ahora, a los rufianes que a izquierda y derecha engañan al pueblo español, primero y, al catalán, después.

PNV contra la Constitución

Después, fue el PNV, quien nunca estuvo a favor de la Constitución, porque ellos (y no los vascos) siempre creyeron y seguirán creyendo que los vascos son más que el resto de los españoles; aunque bien es cierto que ya no se basan en la raza como su fundador, Sabino Arana, sino en el maldito y dichoso ‘cupo’ que nos está llevando a la deriva. Después llegaron los de la nueva política, los de la nueva y mala política. El de los escraches convertido en vicepresidente del Gobierno y el nuevo nacionalcatolicismo, ambos, contribuyeron aún más a incrementar la crispación. Ambos acabaron con el gran proyecto de centro que inspiró, entre otros, el gran académico Francesc de Carreras, porque Ciudadanos quedó emparedado en un sándwich, dentro de lo que la izquierda mediática se empeñó en llamar el “trifachito”, para seguir crispando. Porque con unos pactaron y con otros confrontaron en exceso, rozando la extrema derecha para combatir a la extrema izquierda.

Pero ahora, nótese la hipocresía, porque no es tiempo para andarse con ironías: el que se enorgullecía de ver pegar a la policía, hoy se esconde detrás de ella, porque ahora la controla; el que antes decía que Albert Rivera era de “extrema derecha” recibe a los votos de uno de los integrantes del “trifachito”, que ya no se nombra. Pues, Ciudadanos, que vino a acabar con el nacionalismo, ahora es muleta de las pretensiones del PNV, por el interés personalista de Arrimadas que no es otro que no haya elecciones para no perder el sillón, frente al interés general.

Llegó la política de bloques, con la nueva y mala política: Llegó el sistema antisistema, quien gobierna niega la Constitución Española, olvida su carácter de sistema y sólo se ampara en el articulo 128, precepto que indica que toda la riqueza del país sea de quien sea y sea lo que sea, queda subordinada al interés general. Quizá porque sea la única parte de la Norma Fundamental que ampara sus pretensiones radicales, pues no olviden que Iglesias Turrión reducía la democracia a la facultad de expropiar y pretendía acabar con lo que denostaba: El Régimen del 78. Pero debiera entender, don Pablo, pues ya que vive como un gran señor y hay que llamarle de usted, que la potestad expropiatoria se reconoce dentro del artículo 33, que reconoce la propiedad privada como derecho, también a la herencia y que obliga a indemnizar (y no es que el Estado esté para mucho indemnizar).

También rigen en nuestro sistema el derecho al trabajo y la libertad de empresa (arts. 35 y 38 CE), como medios, dentro de una economía de mercado, para alcanzar la propiedad privada. El trabajo es un derecho, que ustedes pretenden coartar con una renta mínima, necesaria, pero peligrosa para que la población pierda el interés en el esfuerzo y en la creatividad, si no se gestiona bien y si se extiende sine die.

Pablo Iglesias.

Pero destruir el turismo es solo el principio del chavismo español para acabar con ambos derechos, también hablar de una esclavitud que es inexistente en el campo. También los toros, que a ustedes les incomodan, pero no lo duden: son cultura y, Federico García Lorca, bien lo sabía, pero ese era rojo de los de verdad, no de postín como todo el Gobierno, que se reduce a un plan “fake”.

Le recordaré, por último, a usted y a Carmen Calvo, a la que se le ha olvidado su profesión, que la tributación nunca puede tener alcance confiscatorio (art. 31 CE) y que el nivel de renta no determina la posibilidad o no de ejercitar el derecho de reunión y la libre manifestación, porque la discriminación está prohibida (art. 14 CE) y la igualdad entre españoles es un valor superior del ordenamiento jurídico, como lo es la libertad y sin ambas no puede haber justicia ni democracia (art. 1.1 CE).

Y, como decía uno de los padres de la Constitución, socialista de verdad, Gregorio Peces-Barba: Igualdad y libertad no pueden entenderse una sin la otra y el Estado debe ser proactivo en la garantía de ambas (art. 9.2 CE). Unas lecciones de Derecho Constitucional, señores del Gobierno, que no de populismo. Por cierto, señora vicepresidenta, la bandera constitucional que ni siquiera a Carrillo avergonzaría más desde la Transición, sí: es de todos; como el feminismo, “bonita”; porque ambas dos cuestiones son contenido constitucional. No intente apropiarse ahora, interesadamente, de aquello de lo que la mala izquierda, la radical, identifica como signo de ser “facha”: la bandera de España, la rojigualda.

¿Y qué me dicen de la oposición? Llevarnos hasta aquí es también responsabilidad suya, se han preocupado demasiado de alcanzar el poder y de mantener el sillón, más que de garantizar el buen porvenir de los españoles. Está asentada en la crítica deconstructiva y alejada de ofrecer alternativa alguna, preocupada por mantenerse escorada para ganar votos por la derecha, en lugar de por el centro. La oposición, como el Gobierno, siguen viendo la política como medio de vida y no como razón de vida, para desgracia de los españoles y, sobre todo, de las próximas generaciones.

La oposición se olvidó de Suárez

La oposición, como el Gobierno, se olvidaron del buen centro y de la memoria de Suárez; también muchos españoles, demasiado pronto, pues aquí prima la confrontación y la ideología como mal argumento, que ni siquiera lo es, frente al programa. El PSOE ha muerto, no tengo ninguna duda. También el PP, pues ya no tiene más proyecto que la afrenta ideológica. Pero espero que los españoles no permitan nunca que la política de bloques nos lleve a unas nuevas dos Españas porque, en ese caso, volverá a helarse el corazón de muchos compatriotas que no dejarán de ver más allá de lo malo y lo menos malo.

El sistema de hoy es antisistema, sobre todo, porque el Gobierno se ha permitido el lujo de regular derechos fundamentales y libertades públicas por vía de órdenes ministeriales, para que lo entienda cualquiera: la firma del ministro Illa, que no ha hecho otra cosa que vivir de la política; decide, por ejemplo, cuántos de nosotros podemos reunirnos, dónde y cómo, incluso en nuestras casas, sobre el pretexto de la protección de la salud pública; lo que, realmente, ha derivado en un problema de orden público. Eso es la huida misma de la Constitución, a cuyo cumplimiento el Gobierno está sometido (art. 9.1 CE), como todos los españoles; de la reserva de Ley Orgánica como garantía de los derechos, que se le niegan a algunos españoles (art. 81 CE) pero no a otros, según donde vivan.

El debate no es ya estado de alarma o de excepción, el debate ya es si democracia o autoritarismo narcisista y personalista, el de Sánchez e Iglesias, el del poder a subasta del mejor postor. “Hombres -y mujeres- de España, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana -ni el ayer- escrito”, no se olviden de la Transición, porque su espíritu debe volver a regir: seguid manifestándoos y nunca calléis, pero no vayáis a sus casas, que sus hijos no tienen culpa.

Sergio Martín Guardado es Investigador – Área de Derecho Constitucional, Universidad de Salamanca

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