24 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Eduardo Gavín

El Castañazo

Un comercio cerrado.
Un comercio cerrado.

La desorientación en la que vivimos parecería casi incompatible con el hecho de que, en el mejor de los casos, no salimos de casa más que para ir a trabajar. Pero otra vez nuevas instrucciones del Gobierno y otra vez más desorientación. Otra vez.

Los despropósitos del Gobierno han sido tan numerosos, las mentiras tan burdas y la incompetencia tan manifiesta, que resulta imposible recordar absolutamente todo lo que han hecho mal y aún más lo que han hecho bien, por insignificante. Portugal, con unas instalaciones sanitarias anticuadas y un sistema de atención primaria casi, comienza su vuelta a la normalidad (no a la nueva, sino a algo parecido a la antigua) el 2 de mayo. Aquí seguiremos unas semanas más.

Mientras el Gobierno se dedica a culpar a todo quisqui (la UE, la OCDE, los niños, sus padres, el PP, los recortes…) y a largar en entrevistas que no ven fallos en su actuación, Portugal ha creado un plan y tiene hasta las señalizaciones para ir a la playa y mantener la antigua normalidad con una nueva distancia.

Pedro Sánchez explicando la desescalada.

Esa infalibilidad que el ministro Marlaska se arroga es tenebrosa, más aún viniendo de un juez, pero no es ninguna novedad. Sería muy injusto cargar con ese muerto al gobierno, aunque el Gobierno no sienta nada por este ni por las otras decenas de millar de muertos. Ni un poco de lutito. La seguridad mendruga en el criterio propio no es algo privativo de ellos, sino que es algo constitutivo del ser español, como hablar alto. Solo hay un problema que contraría nuestra infalibilidad: la realidad. La realidad es obcecada y da al traste con nuestro dogma hispano. Para luchar contra ella, poseemos otras dos armas poderosas y machihembradas: La improvisación y la vaguedad.

Definir con demasiada exactitud la norma impide que el amo premie o castigue, e incluso le puede poner en problemas. Hay que dejar en la norma siempre un hueco donde afirmar una cosa y la contraria sin perder la cara al inquisidor. La improvisación es el embuste adaptativo del propio pensamiento, de la convicción o la fe de uno: ora musulmán, ora judío, ora arcipreste de San Lorenzo. Esto, que puede venir bien para sobrevivir si te captura el turco, no es tan bueno para organizar el siglo XXI.

En el siglo XXI hay que seguir más criterios que los de la propia inteligencia y hay que rendir cuentas no a uno o dos amos, sino a mlllones. Mientras unos pueblos han decidido vencer esto siendo más estrictos, nosotros hemos mantenido nuestra costumbre. Ser vagos para poder improvisar. Nunca redactar las normas con detalles y especificaciones. Así cada uno puede cumplir o no según su mollera le dé a entender. Así uno es siempre infalible.

La nueva normalidad

Ayer se anunciaron las medidas para la “desescalada” hacia la “Nueva Normalidad” y caímos en lo mismo. Además de la habitual orgía de lemas propagandísticos casi norcoreanos (otro vicio del español, la apariencia), no hubo más que inconcreciones y confusión (“ya iremos viendo”). Nuevamente, dejamos todo al arbitrio de los infalibles españoles. Se puede salir a hacer deporte, que es necesidad más imperiosa que el que los ancianos tomen el sol, seguramente. Pero no se especifica horas, sitio o método. Solo distancia, dos metros “mah o menoh” que medirá el runner o el ciclista por la acera como le dé la real gana. Con lo sencillo que hubiese sido acotar unos parques a tal efecto.

“Los locales comerciales deberán contar con mostrador, mampara o, en su defecto, extremando las medidas de protección individual con guantes y mascarillas”… cada uno que vea lo que le viene mejor.

“Los gimnasios pueden operar desde la fase 0 y con cita previa pero la mayoría lo hará desde la fase 1. Siempre deporte individual, con limitaciones de aforo (que se irán incrementando con el paso del tiempo) y con medidas de seguridad”… concreto, ¿verdad?

Es de esta manera que hemos llegado hasta aquí. Siglos de normas que eran a la vez implacables, vagas, contradictorias y confusas. Todo está  normalizado y regulado pero cada uno hace lo que le parece, cuando le conviene. Y eso no es porque seamos España. Somos España por todo eso. Mientras todo sea apariencia y vaguedad, esto no tendrá remedio. No hay más que ver nuestros resultados tragicómicos. O nuestros tests, que serían homologados, decía Sánchez, porque la homologación es muy importante, aunque no sepamos cuál.

Todo palabreo. Cuando lo contrario de escalar no es desescalar. Es pegarse una castaña.

 

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