25 de julio de 2021
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

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Juan Pérez de Mungía

El coronavirus, la corona, la corina y el corifeo

Juan Carlos I y Corinna Larsen.
Juan Carlos I y Corinna Larsen.

Reina la confusión total. Hay a quien se le condena por su condición de autor y a quien se le condena por razón de su cargo. Y no es lo mismo. La transición española se ha vendido primero como éxito cuando evitó que de nuevo fluyera la sangre que quiere derramar el resentimiento, y se vende ahora como fracaso por quienes hacen todo lo posible por promoverlo, y extender la violencia y romper la patria y la nación que ahora emerge a pesar del desvelo de delincuentes, corruptos, y farsantes comunistas con sus compañeros sociatas de viaje.

La Constitución del 78 no es una buena Constitución, mas aún viéndola en perspectiva, pero es la Constitución que ha obligado al entendimiento. Una vez mas el milenarismo socialista promete el paraíso en la tierra mientras arruina la vida y la salud de los ciudadanos y destruye sus libertades. El corifeo de los tertulianos, los sicarios y los mercenarios claman por la destrucción.

Hacer causa de la corona en tiempos de coronavirus con la Corina, es un mal pronóstico, pero, peor aún, una broma de pésimo gusto porque una herida sangrante no cura con Eparina hemorrágica. Ponerle cordura al debate es como buscar la razón entre toda suerte de creyentes que se nutren de las arcas del Estado y darle amparo a los pusilánimes que abdican de su propia responsabilidad. Si el espectáculo criminal y falsario de Sanchez e Iglesias ya presenta síntomas de extrema gravedad, no le van a la zaga Arrimadas y Casado, la una por dejarse embaucar en un acuerdo imposible, el otro por no tentar la suerte declarando la verdad. Y ambos negando la validez de la Constitución.

Corinna Larsen.

Por prudencia, mas que por respeto, no se habla de las putas del que fuera Rey porque, puestos a tener amantes, mala cantera es hacerlo entre quienes paladean el gusto de la decadente aristocracia europea de títulos prestados cuando no comprados. Nadie va a hablar del derecho natural a tener un amante, y nadie puede negarle ni siquiera a un monarca que pueda ejercer su derecho y busque consuelo en otra mujer antes que en la propia, por más que sea de lágrima facil, a la que se entregó en beneficio de la dinastía. De las personas no nos importa lo que son ni tampoco lo que dicen de sí mismas, lo único que verdaderamente importa es lo que hicieron o hacen. Incluido en temas de sexo. Y si bien Juan Carlos no es por sí mismo el origen de la democracia, ni mucho menos puede predicarse de él que no sea también quien con su comportamiento la hizo posible evitando borbonear. Sabía que era necesario cuidar las formas tanto como sabía del destino del príncipe de Dinamarca que perdió la corona de Grecia, Constantino, por inmiscuirse en cuestiones políticas e infringir las reglas de la monarquía constitucional, una vieja tradición que llevó a España a la República y a la Guerra Civil, como llevó a Grecia a prescindir de la monarquía. Ya decía Faruk, que fuera rey de Egipto, que en pocos años quedarían unicamente la monarquía británica y los reyes de la baraja.

La trayectoria impecable del cargo no se ha hecho sin enormes sacrificios personales con el silencio cómplice de los medios y los poderes del Estado. Juan Carlos no solo cumplió con el mandato de un deber impuesto por una monarquía histórica trufada de desventuras y azar, sino también con un mandato mas valioso como ha sido sacrificar íntimas convicciones y deseos en beneficio de un propósito. En esas inefables expresiones remotas de su espontaneidad, Juan Carlos ha demostrado una inteligencia singular y nada hay que pueda reprochársele, en sentido propio, por obtener de otros, lo que luego pueda regalar siendo que no está regulado a quien pertenecen las donaciones a un Jefe de Estado, como ocurre en la monarquía presidencial estadounidense. Así que del cargo nada que objetar porque es lo que convenía a un pueblo republicano mil veces desangrado por los vendepatrias. Así razonaba Salvador de Madariaga. ¿Y del autor?

Responsabilidad por la posición

Nadie puede desconocer que la magnitud del gasto depende de la posición que se ocupa. En ciertas condiciones se va por el desagüe lo que no está escrito mas que con subterfugios y malentendidos, y la responsabilidad criminal no lo es sólo del rey emérito sin una referencia directa a quien se ha visto beneficiado de su posición cualquiera que sea. Y existen, como no, mujeres caras y mujeres baratas como el pueblo llano sabe. Existen mujeres y hombres por cierto que en lugar de corazón tienen un pedrusco mineral. En el plano personal, de autor, la cuestión mas dramática es no encontrar amparo en el amor tal como se le negó a Midas su posición y riqueza. Como autor Juan Carlos merece lástima, porque por muy ventajosa que sea la posición de un monarca, nada es mejor que el ejercicio de la libertad personal. Mejor ser rico en una república, que monarca en una monarquía. La absoluta carencia de libertad no exime a nadie de su responsabilidad porque se supone por definición que cualquiera es responsable de sus actos, pero el hecho es que la soledad de Juan Carlos, a menudo tan mal gestionada por él mismo, es crucial para distinguir entre el autor y el cargo. Condenaríamos al cargo por haberlo conducido un hombre, o condenaríamos a un hombre por haberse conducido como cargo. Procesen por lo uno y por lo otro a Sanchez e Iglesias. Lo primero carece de sentido para cualquier ciudadano que cree en las libertades públicas.

Si un juicio de su ejecución puede exonerarle mas allá de la protección jurídica de la monarquía, condenarle como hombre entretanto y después de su cargo expresa una tentación totalitaria. ¿Fueron mejores Azaña o Negrín? No importa que, y recursos existen, que no permita juzgarlo de acuerdo con las leyes, pero alguién debería hablarle al oído a Juan Carlos de su profunda insastifacción, del precio de haber hecho siempre lo que le mandaban. Ahora que en su decrepitud goza de una libertad remota y residual, dejemos al preso que fue, que disfrute de su libertad, mas allá del juicio que merezca legalmente su conducta personal, y reconozcamos el cargo necesario que fue. Palabra de republicano.

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