15 de junio de 2024
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Máximo González

No todo vale

/ Padre e hijo.

Cuando yo era un niño y vivía en mi pueblo, yo era feliz; en mi casa mi padre Raimundo se dedicaba a comprar y vender lo que podía con el burro que tenía y mi juguete era una gatita que se llamaba “Rabona” a la cual mecía por las noches antes de irme a la cama y lo hacía recubierto por las faldillas de la mesa camilla que mi madre Esperanza tenía en la cocina con el brasero debajo para calentarnos del frío en invierno.

Teníamos gallinas, conejos, gatos, el burro mencionado, un pozo en el patio pues no existía ni agua corriente ni apenas luz eléctrica en los hogares en aquélla época de postguerra y estoy hablando de los años 60 en un pequeño pueblo de la provincia de Toledo llamado Polán, pueblo en el que yo nací en mi propia casa y en la que estuvimos a punto de morir tanto mi madre como yo sin ayuda de ningún médico y a excepción de una mujer que se llamaba “Gaspara” que ayudó a mi madre a que yo pudiera salir a este mundo al quedarme encajado pues pesé 4.900 kgs.

En mi pueblo y gracias a la proximidad geográfica de todos los hijos emancipados de sus padres, vi con el tiempo y hasta que mis padres me trajeron a vivir a Madrid cuando yo contaba con nueve años de edad y cuando volvía a casa de mis abuelos y mis tíos para estar con mis primos los veranos, que todos los hijos visitaban a sus padres por las tardes cuando, terminada la faena les visitaban para estar un rato con ellos.

Mis padres me enseñaron a darles un beso por las noches antes de dormir y otro al levantarme por las mañanas, de hecho y hasta que mis padres fallecieron, esa costumbre recibida de niño, yo la mantuve de mayor y esos mismos besos que daba a mis padres de pequeño, se los seguía dando de mayor a ellos cuando alguna vez venían a mi casa.

Yo a mis hijos y al principio del cambio social que está experimentando esta “dubitativa y fría” sociedad que se está formando en la actualidad, también les inculqué lo mismo y ellos al principio fueron receptivos con esa enseñanza y la practicaron durante un tiempo pero cada vez se ha ido perdiendo y no solo esa costumbre, sino la de poder comer mínimamente juntos alguna de las comidas del día para con ello establecer un mínimo diálogo familiar tendente a facilitar una proximidad, conocimiento y ayuda en caso necesario ante cualquier comentario necesitado de un experto consejo tierno, desinteresado y familiar como puede ser el de un padre y/o una madre hacia sus hijos e hijas.

A mí nunca me han pegado mis padres y yo jamás he pegado a ninguno de mis cuatro hijos pues no creo que eso sea el mejor modo de imponerse ante un menor y no solo por demostrar quién manda, sino por no ser capaz de convencer con la palabra y/o negociación una actitud más comprensiva y humana ante una actitud más o menos equivocada y/o rebelde.

La rebeldía, es algo imprescindible en la vida, si no, aún estaríamos en el Coliseo romano disfrutando de cómo los leones se comían a los gladiadores y/o a los esclavos que se servían a éstos como entretenimiento de una clase social indiferente ante los iguales y tan injusta como para permitir que unos animales salvajes y hambrientos se comieran a seres humanos sin defensa aparente mas que la creencia en “algo superior” que les infundiera fuerzas hasta su desfallecimiento final.

A mi padre, que era “arriero” de profesión, siempre le vi trabajando sin parar para poder alimentar a su mujer y a sus cuatro hijos cuando no había de qué y le recuerdo cuando volvía empapado de agua entrando por el portal de mi casa con su burro y mi madre le abría la puerta para ayudarle a entrar y secarle como podía y le recuerdo también, cómo por las mañanas y antes de irse a ganarse la vida, dejaba la chimenea encendida para que cuando nos levantáramos todos, la cocina estuviera más o menos caldeada y no pasáramos tanto frío al levantarnos.

Yo con mi padre, no tenía muchos diálogos pero sí recuerdo que discutía con él porque cuando me negaba algo, yo le preguntaba el por qué y él siempre me decía, que porque sí y no había más explicaciones y aunque esa respuesta a mí no me satisfacía, yo por respeto por supuesto la aceptaba y me resignaba porque él era mi padre, esas eran sus normas y yo debía aceptarlas y no por ello dejaba de quererle pues yo me sentía muy protegido y querido por él. Yo valoraba y mucho su entrega diaria al servicio de su familia.

Él jamás se impuso a nosotros drásticamente, pero sí mostraba su autoridad a su manera, dejando claro, que lo que él había aprendido, lo transmitía a sus hijos y estos a los suyos y bastaba con que el alguna vez se pusiera serio para que todos supiéramos que había que respetar como cuando se respeta a un superior en el Servicio Militar, a un maestro cuando enseña a sus alumnos o a las leyes legisladas en un país democrático como el nuestro para –como dice la Constitución que nos regula en la actualidad de 1978 y aprobada en Referéndum por la mayoría de los españoles– todos y todas seamos iguales ante la Ley y no haya desigualdades sociales de ninguna índole para nadie.

Y de nada vale dejar a un niño hacer lo que quiera y comprarle todo lo que quiera sin esfuerzo por su parte. Porque ahora que es un niño, se volverá caprichoso, nada valorará de la necesidad del esfuerzo para conseguir las cosas y lo peor de todo es que cuando crezca, querrá seguir teniendo y disfrutando lo que sin merecerlo conseguía de pequeño. Se enfrentará a la pura realidad de la vida y al ver que ya no posee lo que de pequeño conseguía tener, se encontrará con un vacío en su interior que seguramente le inducirá a desviar el camino recto en su vida y muy probablemente se enfrentará a conocer lo que es un “fracaso personal” en toda regla.

Pero he ahí, el quid de la cuestión: la culpa en parte será del niño por no esforzarse, pero la responsabilidad de ser como es será de quien le ha hecho y consentido ser así desde el principio y basado en este razonamiento. Si su padre le hubiera creado y educado en una política de esfuerzo por salir adelante en la vida, su “arbolito” sería recto, no torcido.

Y esto mismo pasa en la política actual: para que los “rebeldes nacionalistas” –que quieren independizarse del país que les ha permitido con sus leyes llegar hasta donde han llegado– no se quejen ni la líen, consiguen lo que quieren a diario sin más esfuerzo que el de aprovecharse del debilitamiento de quien tiene que concederles o impedirles todo lo que solicitan.

Y no hay “un padre contundente” que les imponga unos límites infranqueables de la “casa común” –que es el país– y por el bien común, por la solidaridad y por la igualdad entre todos sus habitantes, pasará que según pase el tiempo, cada vez querrán más y distanciarse más insolidariamente, aprovechándose en ese camino recorrido de todas las bondades conseguidas a base del sacrificio, esfuerzo y solidaridad por la mayoría de todos y todas las demás anteriormente.

Como dice un sabio refrán español: “Para ese viaje no se necesitan alforjas” el cual se podría matizar diciendo: “Para ese viaje no se necesitan estas alforjas” y como decía mi padre Q.E.P.D.: “A los arbolitos se les guía de pequeños pues cuando el tronco engorda, ya no tiene remedio” y “A buen entendedor, pocas palabras bastan”.

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