30 de noviembre de 2022
|
Buscar
FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Recapitulemos

/ Hurto.

Nunca es malo recordar por orden algunas reflexiones que tuvieron que ver con lo que acontecía en cada uno de esos determinados momentos. En estos días del año dos mil nueve la preocupación estaba en los estafadores, que engañaban a personas mayores cobrándoles dinero para quedarse en propiedad el contador de la luz, que hasta esa fecha era alquilado. Las víctimas escuchaban el relato falso y firmaban un papel que no valía para nada.

En el dos mil diez aún hablábamos de la heroína. Una chica se vendía para conseguir la dosis diaria. El mercado de la carne ha protagonizado el submundo social donde la mujer tiene todas las de perder. En el dos mil once contábamos el truco de algunos echando gasolina sin pagarla. Eran tiempos de reducción en el personal que atendía las gasolineras y no podían tener ojos para todos los clientes. En el dos mil doce contábamos historias de empleadores falsos, que confeccionaban nóminas para cobrar por trabajos que no se hacían mediante artimañas cibernéticas.

En el dos mil trece no teníamos más remedio que hablar de los hurtos durante Semana Sana, especialmente en los templos religiosos, donde los feligreses dejan sus bolsos distraídos. En plena Semana Santa del año dos mil catorce seguíamos recordando las estrategias de quienes se dedican a quitar dinero en los bolsos o carritos mientras los devotos contemplan procesiones. En el dos mil quince nos deteníamos en las empleadas traicioneras, que se apropian de joyas y dinero cuando atienden en sus casas a personas mayores.

En el dos mil dieciséis relatábamos una historia protagonizada por un atracador, que sorprendía a sus víctimas de madrugada. Nadie puede entender la benevolencia penal con estos delincuentes tan peligrosos. Fue en el dos mil diecisiete cuando nos entreteníamos valorando el comportamiento de los más incompetentes detentando responsabilidades que tienen mucho que ver con la vida y seguridad ajenas. Una constante repetida en demasiadas ocasiones.

Y en el dos mil dieciocho empezó la confrontación social más asquerosa, donde los pendencieros asumían el papel más relevante y pernicioso sorprendiendo a tanta buena voluntad aspirando a lo mejor. Por estas fechas, en el año dos mil diecinueve, reflexionábamos sobre la comunicación verbal, la necesidad de relacionarnos, sentirnos, tocarnos, comprobar que somos aceptados y comprendidos.

En el dos mil veinte no había más remedio que hacernos eco de tantos sufrimientos y muertes ajenas, como indolencia e incompetencia oficial y una generosidad ejemplar de tantos profesionales regalando vida mientras atendían a los demás arriesgando hasta su propia existencia. Era tiempo de buscar protección, atención y consuelo indescriptibles. Hubo que despedir a unos amigos arrebatados por ese virus aterrador, pero sin poder abrazar a quienes perdían en el envite injusto. Los filibusteros se aprovechaban de la desgracia colectiva para sacar provecho amparados en la urgente necesidad de conseguir medios que pudieran servir para algo. Hubo quien no supo acertar en las compras aparentando una solvencia despreciable, que tuvo que ser suplida por gestos de decencia impresionantes. 

En estos primeros días de abril del año pasado era importante hacer hincapié en lo que debía ser prioritario, porque algunas autoridades y funcionarios, además de malversar, ejercicio de sinvergüenzas escondidos en despachos de la administración, deberían asumir el rigor y consecuencias de prevaricar. Los cargos públicos acaparan mucha responsabilidad con la que ejercer mando, pero no para figurar y cobrar. Hay que afrontar situaciones y resolver problemas.

Y en la pelea ideológica, los peores recurren a la coacción para controlar voluntades practicando pedradas, disfrazadas con eufemismos, que distraen opiniones desorientadas. No regateábamos a la hora de exigir hasta cuándo se podía aguantar y cómo era posible que tanta desvergüenza quedara impune. Ahora, en esos días del calendario, tras haber superado lo peor, y contemplando la capacidad de esfuerzo y eficacia que un país como el nuestro ha demostrado ser capaz tantas veces, seguimos esperando la retribución penal para los responsables directos o indirectos, también para los indolentes.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

COMPARTIR: