28 de mayo de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Hablemos de libertad

"Deciden otorgar permisos o exigir prohibiciones a las autoridades para que no consientan una demostración de libertad".

Estamos asistiendo a una deriva de intransigencia propia de otros tiempos y de otras latitudes, que preocupan a demasiada gente respetuosa con el ejercicio de la libertad. Hemos conocido que un historiador manchego, que lleva investigando desde hace años unos determinados periodos y acontecimientos pretéritos, iba a dar una conferencia sobre la División Azul Española. No es preciso precisar detalles en relación con semejante expedición militar en el frente de Rusia, de la que muchos ignoran. Seguro que los asistentes pudieron escuchar infinidad de anécdotas sobre aquella aventura guerrera, que regaló episodios de valentía y heroísmo en terrenos trágicamente helados. Así se pudieron quedar quienes comprobaron la intransigencia de los que no muestran remilgos enalteciendo acontecimientos bélicos envueltos en otras banderas.

Los hay con la piel muy fina para cuestionar todo lo que no está en su ideario o estrategia sectaria. Muchos nostálgicos de la democracia de nuevo cuño ponen en duda la solvencia de otros para hablar o hacer. Parece que escuece demasiado que algunos puedan contar historias fuera de lo que no sea predicar las bondades de la hoz y el martillo. Es curioso comprobar cómo los que exigían libertad para expresarse, ahora, cuando consideran que han conseguido vencer la guerra del relato, deciden otorgar permisos o exigir prohibiciones a las autoridades para que no consientan una demostración de libertad.

Hay especialistas etiquetando conductas ajenas decidiendo lo que está bien o no, con arreglo a las orejeras ideológicas que calzan sobre sus cabezas cuadradas. Dejemos a la gente en paz para que hable, escriba y comente lo que considere oportuno sin saltarse los límites que nuestras leyes fijen. No podemos aceptar la tremenda tentación de algunos para legislar limitando el ejercicio libre de la expresión ajena, que no coincidan con el pensamiento intransigente. Tanta norma exagerada no hace más que dañar el sentido común. El catálogo de prioridades legislativas nos está llevando a un paroxismo enfermizo que derrama desprecio y dolor.

"No podemos aceptar la tremenda tentación de algunos para legislar limitando el ejercicio libre de la expresión ajena".

Estamos comprobando cómo se nos trata de imponer el modo de expresarnos señalándonos con el dedo cuando no seguimos el guion de los expertos en la idiotez. Pareciera que la estupidez no encuentra límites, porque ni siquiera a los sabios se les permite opinar al respecto. Hay miedo a decir lo que se piensa, por si ofende a alguna versión que se alimenta en algún atroje oficial. Algunos ciudadanos piensan que existe un marcaje ideológico que impide el que se pueda hablar con libertad saliéndose de las normas reconocidas como ortodoxas por el paradigma de lo exigible. Hasta para contar un chascarrillo inocente hay que vigilar quién escucha o mantiene la tertulia. Una legión de inquisidores modernos nos impide hasta el más insignificante tópico, que se pueda escapar sin mala intención.

Una familia no puede controlar el comportamiento de sus hijos, pero es aleccionado y corregido con respecto a la mascota. No hay cursillos para decidir abortar o no, pero estamos obligados a realizar un curso para cuidar legalmente al perrito de la niña. Los amantes de la libertad no necesitan diplomas que lo acredite, tampoco autorizaciones para decir o hacer con respeto lo que consideren oportuno. Apretar sobre la dignidad puede causar daños irreparables.

Determinados medios de comunicación y representantes políticos están decidieron cada día quiénes y cómo está legitimados para opinar. Algunos osados librepensadores, por mucho que se empeñen en proteger el ejercicio democrático apelando al amparo judicial para enfrentarse a los abusos de poder, serán señalados sin reparos como enemigos del sistema democrático. Los que extienden diplomas de democracia, en un ejercicio despreciable de hipocresía, la ofenden, sencillamente, abriendo la espita de la manipulación social. Dejemos la fiesta de los demás en paz. Asistimos al asqueroso ejercicio de impedir la palabra de los demás justificando nuestras opiniones mediante normas y decisiones ad hoc. No debería ser complicado proteger los derechos encriptando el respeto para que hablemos de libertad.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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