27 de mayo de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Lucio Séneca

Yo fui ministro de Stalin (2)

Señores abogados, jueces, fiscales, profesores, diplomáticos, diputados, militares, empresarios, comerciantes, religiosos o civiles, hombres o mujeres, periodistas y tertulianos no os preguntéis ya más si estamos o no en un Estado de Derecho, si "esto" es ya una Democracia o no... y sobre todo no os preguntéis ya más cuál es el Programa real ni adonde nos conduce este llamado Gobierno Progresista de Coalición que co-presiden D, Pedro Sánchez (el redivivo Rey Eteocles) y el "podemita venezolano" Pablo Iglesias. No. No os preguntéis ya más y  sentaos a leer de inmediato las Memorias del primer comunista español, Jesús Hernández, que llegó a ser Ministro de un Gobierno de España. (Son dos tomos: "Yo fui un Ministro de Stalin" y "En el país de la Gran Mentira")... porque ahí, ¡ahí¡ está el verdadero Programa Político de los Pedro y Pablo y el futuro que nos espera... y ahí, en esas clarividentes páginas, están el Estado de Derecho que prefieren y al que nos llevan, la Constitución que tienen en la cabeza y las Españas que impondrán.

Y no preguntéis tampoco por el futuro de la Oposición. Porque también eso lo tienen previsto y saben muy bien cómo acabar con los "enemigos" políticos. TODO. Todo lo tienen previsto.

Así que adentraos y leer las páginas que os reproduzco de "Yo fui un Ministro de STALIN". ( En este caso las que el autor, Jesús Hernández, dedica al asesinato de Andréu Nin, el fundador del P.O.U.N. y enemigo frontal del Partido Comunista de España en 1937). Fue un escándalo, tal vez el mayor escándalo de la terrible Guerra Civil, pero que el AGIT-PRO supo transformar, como todo, en una victoria de la Democracia republicana. Pasen y lean lo que escribió el Ministro comunista Hernández:

Los prolegómenos

Asesinato de Andrés Nin. Protestas en el Gobierno. Ordenes de Moscú. El S. I. M., en manos de los rusos. La banda de Orlov consuma el crimen. Se intenta matar a Prieto. CUARENTA y ocho horas después, una llamada urgente de la Presidencia me hacía saber que Negrín me esperaba en su despacho. Al entrar yo despidió el Presidente a la taquígrafa, a la que estaba dictando, y sin preámbulos me preguntó: —¿Qué han hecho ustedes con Nin? —¿Con Nin?... No sé qué pasa con Nin —dije, y era verdad.

Negrín, con evidente enojo, me explicó que le había informado el ministro de la Gobernación de toda una serie de tropelías cometidas en Barcelona por la policía soviética, que actuaba como en territorio propio, sin tomarse la molestia de advertir siquiera por delicadeza a las autoridades españolas de las detenciones de ciudadanos españoles; que a estos detenidos se les trasladaba de un lado para otro sin mandamiento ni exhorto judicial algunos y que se les encerraba en prisiones particulares, ajenas totalmente al control de las autoridades legales; que algunos de los detenidos habían sido traídos a Valencia, pero que Andrés Nin había desaparecido. El Presidente de la Generalitat, le había telefoneado alarmado y ofendido por estimar un atentado al derecho de gentes la actuación de Orlov y de la G.P.U. en territorio catalán. No sabía qué contestarle. Podía decirle que pensaba como él, como Zugazagoitia, como Companys, que también yo me preguntaba dónde estaba Nin y que aborrecía a Orlov y a su pandilla policíaca. Pero no me decidí. Veía venir la tormenta sobre nuestro Partido y me dispuse a defenderlo aunque en aquel caso la defensa del Partido llevaba implícita la defensa de un posible crimen.

Hacía ya algún tiempo que trataba de convencerme a mí mismo de que era posible llegar a establecer una línea divisoria que diferenciara nuestra organización como Partido de españoles de la actuación de la U. R. S. S. como Estado. Mis divergencias lo eran con los procedimientos, no con las doctrinas; las dudas surgían en torno a los hombres, no de los principios. Las hendiduras de mi fe se limitaban a los ídolos, no a las ideas. Con todas mis reservas hacia la política de los dirigentes soviéticos, yo seguía siendo un comunista convencido, un «hombre de partido», un fervoroso creyente en la necesidad histórica de los movimientos comunistas y, concretamente en España, de la misión de nuestro Partido. Las ligaduras que nos ataban a las «razones de Estado» de la U.R.S.S., y que tan poderosamente influían en nuestra actuación política, deberíamos irlas rompiendo una tras otra hasta liberarnos totalmente de su tutela y proceder con un criterio nacional, inspirando nuestra conducta en los intereses de los españoles y en la realidad política, económica, social e histórica de España. Justa o no, mi comprensión de las cosas no iba entonces más allá de estos propósitos.

Negrín insistía: —Nin es un ex consejero de la Generalitat de Cataluña. Si existe algún delito probado contra él, deberá consignársele al Tribunal de Garantías Constitucionales. —Supongo —dije— que la desaparición de Nin será debida a un exceso de celo de los «tovarich», que lo tendrán en alguna de sus cárceles, pero no creo que su vida corra peligro alguno. En cuanto a lo demás, usted es el indicado para decirle al embajador soviético que moderen sus procedimientos. —Y ustedes también. —También nosotros —contesté. Negrín quedó pensativo un momento. Después, como si hablara consigo mismo, dijo: —En el Consejo de esta tarde tendremos bronca. Prieto, Irujo y Zugazagoitia, armarán un escándalo. ¿Qué puedo yo decirles? ¿Que no sé nada?... Y ustedes ¿qué dirán? ¿Que tampoco saben nada?... Todo esto es estúpido.

Prometiéndole averiguar lo que hubiera de cierto en el secuestro de Nin e informarle inmediatamente, me despedí y trasladé en el acto a la casa de nuestro Partido. En el despacho de Díaz —que seguía enfermo— encontré a Codovila y Togliatti. Ambos pusieron cara de asombro cuando les relaté la conversación con Negrín. No supe si aquello era verdadero o si se trataba de una comedia más. Codovila suponía que los camaradas del «servicio especial» tendrían retenido a Nin para interrogarle o efectuar alguna diligencia antes de entregarlo a las autoridades. Togliatti, hermético, repuesto ya de su asombro, fingido o verdadero, nada decía. Ante mi insistencia de que deberíamos saber algo concreto antes de las cuatro de la tarde, hora en que comenzaría el Consejo de Ministros, des pegó los labios para decir que no deberíamos tomar por lo trágico la cosa, pues los camaradas del «servicio» sabían lo que hacían, que no eran novatos en el oficio y que antes que nada eran hombres políticos.

Prometió ir a la Embajada a informarse de lo que hubiera. Y salió hacia allá. La Embajada soviética se encontraba a unos minutos de la Plaza de la Congregación. Decidí esperar. Ni Codovila ni yo hablábamos. Cada uno teníamos nuestros motivos para estar preocupados. Yo estaba poseído de los peores presentimientos.

El personaje

Andrés Nin era una pieza codiciosa para la G.P.U.: Amigo íntimo y personal de los prohombres de la Revolución de Octubre en Rusia, había trabajado con ellos desde la fundación de la Internacional Sindical Roja como uno de los Secretarios de esta organización. Muerto Lenin no disimuló sus simpatías hacia Trotski. Los rumbos de la política staliniana no le convencían y expresó públicamente su desacuerdo. Poco después de vencida la oposición en el Partido bolchevique, Nin era tildado de renegado y expulsado de la Unión Soviética.

Al proclamarse la República en España regresó a ella, y, juntamente con los ex comunistas que habían organizado el Blo que Obrero y Campesino, dio creación al Partido Obrero de Unificación Marxista (P.O.U.M.). El órgano de expresión de este partido, «La Batalla», era un grito antistalinista en la agitada y revolucionaria España. El P.O.U.M. no era un gran movimiento, pero la voz de Nin y de la mayoría de sus dirigentes tenía indudable repercusión en algunos núcleos del proletariado catalán y, sobre todo, fuera de nuestras fronteras. De cualquier manera, inquietaban a Moscú más que a nosotros mismos.

El momento era propicio. La guerra permitía a la G.P.U. trabajar libremente en la España republicana y los hombres de Orlov habían montado un aparato policiaco como si señorearan territorio conquistado. Las razzias de poumistas se encaminaban a demostrar que en Rusia y fuera de ella los amigos de Trotski, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, etcétera, eran una banda de contrarrevolucionarios, agentes del fascismo, enemigos del pueblo y traidores a la patria, a los que se hacía indispensable fusilar en cualquier país o latitud. Que los recelosos arrumbaran sus reparos: No era la fobia personal de Stalin la que exterminaba a la vieja guardia.

El caso de España lo demostraba. Allí, en un país democrático, regido por un Frente Popular, se les desenmascaraba y se les ejecutaba también por traidores. La «razón» política se me alcanzaba fácilmente. Lo que no imaginaba — no tardaría mucho en saberlo— era hasta qué metas de criminalidad eran capaces de llegar los esbirros de la G.P.U. en la lucha contra los hombres de la oposición ideológica. Desde el balcón vi acercarse el coche de Togliatti. Un minuto después nos decía que en la Embajada no se tenía conocimiento de nada, ni del paradero de Nin, ni tampoco de Orlov. Toda mi inquietud y todo mi nerviosismo estallaron airadamente. Les anuncié que no asistiría al Consejo de Ministros, que no quería ser el saco de los golpes de Orlov y compañía en un asunto que desde el primer momento me había parecido improcedente y turbio. —No dar la cara, rehuir el debate, sería la mayor torpeza. Eludan el caso concreto de Nin y háganse fuertes en la existencia de las pruebas que demuestran que los dirigentes del P.O.U.M. estaban en contacto con el enemigo. No acudan al terreno de ellos; planteen el debate en torno a la existencia o inexistencia de una organización de espionaje. Demostrado, como es posible demostrar que ésta existe, el escándalo por el paradero de Nin pierde vigor. Y cuando Nin aparezca será ya reo de traición.

Por esta explicación de Togliatti deduje que él sabía ya toda la trama de Orlov, y que su visita a la Embajada no había sido ociosa. Nin estaba secuestrado y lo entregarían cuando el «affaire» tuviera estado oficial. Cierta parte de mis temores se disiparon. Y aunque el plan de Togliatti no era muy grato para mí, me dispuse a seguirlo en la reunión ministerial. «Al fin —me dije— los jueces se encargarán de averiguar lo que haya o no de cierto en toda esta trama gepeuista. A las cuatro de la tarde comenzaron a llegar los coches ministeriales al edificio gris de la presidencia.

En el consejo de ministros

En el saloncillo de terciopelos mustios y fríos desconchados, los periodistas saludaban a los ministros. —¿Qué sabe usted de Andrés Nin? —me preguntó uno de ellos. Con un gesto evasivo eludí la respuesta y entré a la Sala del Consejo. En la mesa ovalada de las reuniones ministeriales, las cajas de nogal con cigarrillos, las bomboneras, las jarras de agua, los anchos blocks y las abultadas carteras de marroquín. En el ceño de algunos ministros el presagio de la tormenta.

Al declarar el Presidente abierta la reunión, el ministro de la Gobernación, Zugazagoitia, pidió la palabra para una cuestión previa. Con razonamiento incontrovertible, argumentación firme y respetuosa forma, Zugazagoitia relató cuanto sabía del «caso Nin» y de sus compañeros «detenidos, no por las autoridades de la República, sino por «un servicio extranjero» que actuaba, a lo que se veía, omnímodamente en nuestro territorio, sin otra ley que su voluntad, ni más freno que el de su capricho». —Desearía saber —concluyó diciendo— si mi jurisdicción como ministro de la Gobernación está determinada por la misión de mi cargo o por el criterio de ciertos «técnicos» soviéticos. Nuestro agradecimiento a este país amigo no debe obligarnos a dejar jirones de dignidad personal y nacional en las encrucijadas de su política.

Y habló Prieto. Y habló Irujo. Sus palabras eran la protesta airada contra la intromisión y el atropello soviético en nuestra tierra. La dignidad de su hombría y de su españolidad se sublevaban contra los desmanes de los «tovarich», quienes a cambio del suministro de armas sé creían en el derecho de vejarnos y hasta gobernarnos. En sus palabras había anuncio de dimisión antes que convertirse en «hombres de paja». Y hablaron Velao y Giner de los Ríos. Hablaron todos. Reclamaban a Nin y pedían la destitución del coronel Ortega, cómplice visible y directo, aunque inconsciente, en los atropellos de Orlov. Hablamos los dos ministros comunistas. Nuestra argumentación era pobre y descolorida. Nadie creyó en nuestra sinceridad cuando declarábamos ignorar el paradero de Andrés Nin. Defendimos la presencia de los «técnicos» y «consejeros» soviéticos como la expresión de la ayuda «desinteresada» y «solidaria» que nos prestaban los rusos y que fue aceptada por anteriores Gobiernos. Expusimos una vez más lo que significaban para nuestra guerra los suministros de armas de la U.R.S.S. y el apoyo que en el orden internacional nos prestaba la Unión Soviética. Como a pesar de todo, el ambiente seguía siéndonos hostil y los ceños se mantenían fruncidos, transigí con la destitución del coronel Ortega —chivo expiatorio—por extralimitarse en su función y no haber informado a su debido tiempo al ministro; pero amenacé con hacer públicos todos los documentos comprometedores del P.O.U.M. y también los nombres de cuantos dentro y fuera del Gobierno, «por simples cuestiones de procedimiento», amparaban a los espías de ese Partido.

El recurso era demagógico y desleal, pero no vacilé en emplearlo. Negrín, conciliador, propuso al Consejo dejar el debate en suspenso hasta conocer todos los hechos y tener las pruebas de que hablábamos los ministros comunistas y en espera de que el ministro de la Gobernación pudiera darnos noticias concretas del paradero de Andrés Nin. El primer temporal, el más peligroso, lo habíamos capeado. Al salir del Consejo Uribe me decía: —Has estado muy hábil en esa combinación de concesiones y amenazas. Mi pírrica victoria me producía tales náuseas que me daban ganas de vomitar.

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