29 de enero de 2023
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Manuel Ollé

Rafael Perera, abogado y señor

/ El abogado Rafael Perera Mezquida.

Un día medio gris de hace algunos años me presenté a una cita que tenía con un abogado llamado Rafael Perera Mezquida. Las comidillas de la profesión advertían que era un compañero de prestigio y de referencia en Baleares; y, desde luego, conocido en los altos órganos judiciales nacionales, como el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional.

Me presenté en la dirección que me habían facilitado, timbré, y aparecieron las sorpresas. La primera, estaba en un auténtico despacho de abogados, donde el aroma que se respiraba y planeaba en el ambiente era el que desprendía la jurisprudencia, las leyes y la doctrina. Y Allí apareció don Rafael, y surgió la segunda sorpresa. Su sencillez, señorío y afabilidad superaban, y era difícil, su fama profesional y mitigaban cualquier ego profesional. Desde entonces, y a pesar de la diferencia de edad, mantuvimos una cordial relación.

Rafael no era un abogado, era el abogado. Encarnaba las cualidades que deben atesorar a un letrado. El estudio del caso encomendado. Conocía hasta la última coma del procedimiento. Trazaba la estrategia adecuada, por complejo que fuera el objeto del procedimiento, para tratar de obtener la meta propuesta, y ello con independencia del resultado obtenido. 

El estudio del Derecho y la reflexión jurídica, era otra virtud del abogado Perera. El polvo de las bibliotecas jurídicas que ingería constantemente le era algo más que familiar. También, el oficio de la profesión, desde el exquisito respeto a jueces, fiscales, funcionarios y a compañeros, lo llevaba en sus venas. Cuando se ponía la toga, dotaba de contenido técnico a sus virtudes. En sala hacía gala de estas habilidades en la defensa de los intereses encomendados.  

El sacrificio también le caracterizó durante su vida profesional. Era de los pocos abogados que he conocido y conozco que sacrificaba horas de familia y de ocio por sus clientes. Nació jurista (también fue magistrado) y se entregó abnegadamente a su vocación de abogado. Su vida fue la abogacía y su familia.

Rafael era el abogado completo. En la sala de espera de su despacho aguardaban su alivio profesional personas que le encomendaban todo tipo de problemas: civiles, mercantiles, laborales, administrativos, penales, etc.

Rafael, en el día a día de su vida, fue una excelente persona. Su afabilidad, generosidad, simpatía y educación era una constante en sus relaciones personales y profesionales. No recuerdo ni un mal gesto, ni una mala palabra suya, ni siquiera cuando la adversidad se hacía presente. La combatía con firmeza personal y profesional, y con la sonrisa en la boca.

Sus profundas convicciones religiosas, tal vez le llevaron, en palabras de esa biblia llamada el Alma de la Toga a entender la abogacía, no como una carrera ni oficio, sino como un ministerio, como un sacerdocio de entrega al ser humano que requería de sus servicios.

Hoy, muchos jóvenes que se inician en la profesión suelen pedir recomendación bibliográfica sobre libros para “ser buenos abogados”. Ese libro escrito no existe, pero sí uno de sus protagonistas: don Rafael Perera Mezquida, quien durante 93 años ha enseñado y ennoblecido el oficio de la abogacía.

Todas las navidades nos escribíamos y hablábamos. La última no. Algo presentí. Ya no celebraremos esa comida pendiente, agendada en nuestra última conversación. Seguiré celebrando en vida, contigo, estés donde estés, todo lo que nos regalaste.

Mi abrazo a tu familia y especialmente a tu hijo Salvador, a quien conozco, y quien tiene la responsabilidad de mantener vivo tu legado. Descansa en paz, querido Rafael.

Manuel Ollé Sesé, abogado y Profesor de Derecho penal de la Universidad Complutense de Madrid.

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