19 de noviembre de 2019
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Ángel San Martín

El “drymaestrini” de Alcántara

Cuando Manolo Alcántara cumplió 90 años, sus mejores amigos le sentaron a la mesa para brindar con su venerado “drymartini”. Algunos tragos después, esos viejos lobos de bar rebautizaron la bebida: “drymaestrini”. Honor al venerable maestro, devoto convicto y confeso de esa ginebra fría en copa de cocktail sazonada por unas gotas de Martini seco.

El maestro Manolo Alcántara murió el mismo día que el magistral García Márquez. Ese fatal día menos pensado pareció muy meditado: 17 de abril, Miércoles Santo y víspera de vacaciones. Condena injusta para sus lectores, su escritura dedicada y delicada nunca más acompañaría el café de decenas de miles de seguidores.

Este país más dado al crisantemo que al laurel está sembradode excelentes necrólogos, agudosobituaristas que deleitan con su sintaxis funeraria. Alcántara no escapó a los mejores. Teodoro León Gross escribió: “Nosotros creíamos que eras inmortal, y seguramente lo seas, pero no inmorible. Hay gente que se muere y gente que se nos muere. Tú te nos has muerto”. León Gross tenía el encargo en vida del maestro de realizarle una necrológica como Dios manda. Sin resiembra de adjetivos, adusta literariamente y sentida. No le falló.

Jorge Bustos hizo honor a su apellido y esculpió un soberano obituario. “Si también Alcántara puede morirse no sabemos muy bien qué seguimos haciendo aquí, llenando columnas de papel en el siglo del grafeno y el streaming”.

Y José Luis Garci confesó que “para mí, que no he tenido hermanos, Manolo Alcántara ha sido mi hermano mayor electo. El sábado, cuando me iba a despedir, me miró a los ojos y me dijo: ´Muchas Gracias por haber venido a verme después de muerto´”. 

Manolo se fue sin explicarnos con su causticidad inconfundible el empalagoso mitineo televisivo del lunes y el martes. Y sin glosar con su ironía enciclopédica la cómica llegada a la presidencia de Ucrania del humorista Zelensky. Siempre sospeché que  un error ortográfico de última hora sobre la mismísima pila bautismal propuso Manuel en vez del correspondiente Manual.

Alcántara había pedido, echando mano de César Vallejo, un día para cuando no haya. Ya no lo necesita. Nos ha dejado 27 líneas impecables en cada una de sus casi treinta mil columnas. Deliciosamente escritas a dos dedos (los índices) en su Olivetti Lettera. Toca releer 810.000 renglones. Danos tiempo, Manolo.

@JAngelSanMartin

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