15 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

Patio de columnas

Juan Pérez de Mungía

El virus

Un preso encerrado.
Un preso encerrado.

Hoy ha muerto mi padre, o tal vez fue ayer. Este pensamiento, descubrí que no era fruto de la literatura, al contrario, la realidad se convertía en una perenne sensación de soledad, de absoluta soledad. Tras la puerta se escucha el sonido del cacharreo de la cocina. El sonido de otros me rescata del confinamiento. Es verdad que la electrónica me sitúa en el calendario, pero tambien en mi destino. He recibido un mensaje en el teléfono, un pésame, miro la fecha, su fecha, la del mensaje. No sé si es la mía.

Al principio, al comienzo de mi estado, era el cuerpo el sujeto pasivo de un cansancio que no me pertenece, siempre fui muy activo, muy trabajador, ya en la oficina decían si era adicto y mi mujer me recriminaba el frenético movimiento en casa, “No paras quieto, siéntate ya un rato”. Tanto he cambiado que mi mujer no me reconocería ahora, tan viejo y descuidado, tan blanco el pelo y tan arañadas las manos por las arrugas. Entorno la vista, veo las manos posadas sobre el reposabrazos del sillón, otra vez el cuerpo, resistiendo, resentido.

Ayer, quizás ayer fue cuando mi padre me envió una grabación, de su voz, de su garganta ronca. He probado a reproducirla hoy ya, varias veces, sus palabras siguen ahí, en el aire vibrando sonoramente, esas mismas palabras que siempre me había dicho cuando el tumbado en el sillón era él, este mismo sillón con orejas, suyo y ahora mio.

“Juan, acuérdate de lo que dijo tu abuelo...”, esa cita sustituía los puntos suspensivos, el abuelo, mi padre, yo, esa cadena humana que une la genética, las palabras, la voz. Otra vez, el eje literario de la vida se presentaba difuminado en mi memoria, la misma voz de Kurtz, “...es el horror, es el horror”. Kurtz era la voz, como mi padre lo era también, ahora que no está.

Ayer fue ahora. Que raras son estas circunstancias en las cuales el tiempo aflora y discurre con sucesivos “ahoras”. ¿Tan efímeros somos?, ¿tan mínimos?. Existe algo centesimal quizás el tiempo necesario para pensar que sigo vivo, tan vivo como muerto y solo el pensamiento me rescata, me devuelve a ser capaz de abrir los ojos, como en un sueño y descubrir las sombras oscuras de la noche, esas mismas y pronunciadas oscuridades que se han llevado a mi padre, en silencio, solo roto por el ronco respirar, ya sin voz ronca. Hoy fue ayer.

Aún le imagino, a mi padre comiendo, mojando el pan en la salsa, rebañando la cacerola, pienso en su buen “yantar”, diría un castellano viejo, cuando el gusto lo tenía bien instalado, pero fue el olfato primero y casi al tiempo el gusto el que perdió, no me pareció comprensible que le pasara eso, que perdiera dos sentidos de los cinco, tres o cuatro mejor dicho, pues poco o nada veía, poco o nada escuchaba.

        Portada de El Almuerzo Desnudo.

A mi padre había que gritarle al oído “¿quieres más?” La voz respondía y yo respondía “¿que si quieres más?”. Asentía y el cazo volvía al puchero y del puchero al cazo y al plato. Mi padre tenía gusto, pero perderlo ya era raro, tenía olfato, pero perderlo ya era raro. No le di importancia, pensé que las pastillas le habían dejado así. Tantas pastillas tenían que pasarle factura, pensé para mi mismo.

Ayer, hoy, ahora, todo el tiempo mezclado como en un guiso, hecho de restos que por ser pasados, ya no saben, ni huelen a nada. Es la nada, la nada circunda todo. Antes la calle sonaba, antes las motos pasaban, sonoras, los coches “bocinaban”, el ascensor subía al chirriar, chirriaba al bajar, ahora nada, ni siquiera la puerta del vecino al cerrar, solo queda la cocina, al otro lado de la frontera de mi sala, donde preparan algo para comer, mi cena. 

La cena desnuda, como el almuerzo desnudo de Burroughs, ese título literario que el autor indicó que se lo había propuesto Jack Kerouac "Almuerzo desnudo: un instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores". Ese instante, y yo en pijama, esperando la cena y mis drogas, la famacopea que produce aún tiempo de mi vida, en mi cuerpo. Me queda la mente, me queda mi yo, aún ahora, aún siendo un extranjero de mi mismo viviendo en otro cuerpo.

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