19 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Juan Pérez de Mungía

Arrodíllate, el ISIS sacará la katana

De los dos frentes de ataque que desarrolla la izquierda autoritaria a las instituciones y a la cultura no pueden ignorarse los que se dirigen a esta última. La cultura es básicamente un sistema de símbolos que expresan la construcción social de la realidad que se imponen a los individuos y determinan su conducta por medio de un aprendizaje social espontáneo que no requiere ningún tipo de entrenamiento. La cultura expresa el acerbo del que dispone un individuo en tanto perteneciente a una comunidad para afrontar los riesgos que afronta fuera del orden social. Los hábitos sociales, las costumbres se decantan históricamente e integran para la cultura occidental los valores de la individualidad, su expresión en libertad y en convivencia social. Son bienes intangibles que forman parte del capital social, un capital de confianza que determina a los individuos mantener expectativas sobre la conducta de otros y que se expresa en una confianza espontánea. Frente a esta confianza legítima, frente a la buena fe, se alza la práctica del terrorismo. El terrorista es fundamentalmente un actor que amparado en la confianza social destruye la convivencia que sostiene el orden social. Pues bien, la izquierda autoritaria viene sosteniendo una sorda batalla para subvertir ese orden con una propaganda insidiosa que promueve la despersonalización, que destruye al individuo y amenaza la libertad, como corresponde a su designio autoritario.

 

La despersonalización se expresa en que la víctima abrace a su verdugo, que la emoción de un individuo lejos de expresarse en relación con los que mantiene un vínculo, se exprese con quien ningún vínculo mantiene, que defiende a los asesinos, violadores y pederastas, que defiende a los animales como un fin y a otros seres humanos como un medio para alcanzar sus objetivos, quien defiende una política identitaria que borra el individuo en el seno de una tribu. Los movimientos animalistas, la ideología de género, el movimiento LGTBIQ+, la superchería del movimiento Me Too, el movimiento Black Lives Matter identifica a los individuos por su pertenencia a una tribu social donde no es posible ninguna discrepancia con la tribu tal como la interpreta la izquierda irredenta y autoritaria, como si pensar por sí mismo fuera contradictoria con la defensa de los derechos del ciudadano. Extinguida la lucha de clases queda el remedio universal de las políticas identitarias. Cualquier individuo que actúa como miembro de una tribu es inimputable y se encuentra a priori exonerado del asesinato. La conducta del terrorista es de este tipo, pertenezca a la secta de Puigdemont, a la secta podemita, o a alguno de los movimientos que abogan por la muerte de Europa y la civilización occidental que el pasado se enfrentó a cualquier forma de totalitarismo.

 

La mafia sociopodemita se ha conjurado para destruir la cultura occidental que valora al individuo por encima de cualquier adscripción social precisamente como condición de existencia de la sociedad. Así se trata de borrar la realidad de la mujer, de feminizar al hombre como un antídoto único con su natural condición de verdugo, de substituir el sexo por el género, de presentar como opcional el sexo biológico, generando sujetos estériles y dependientes, de substituir la reivindicación social por la conducta graciable del Estado. Quien busca por sí mismo está a priori condenado por esta izquierda canalla y fascista que propaga a través de sus portavoces a machamartillo las conductas que querrían ver en sus congéneres en tanto sometidos a un poder abstracto y unilateral. Todo vale bajo el artificio de una comunidad inexistente, estéril y egocéntrica donde la tecnología del deseo reduce al sujeto a un actor pasivo sin posibilidad de desarrollarse por sí mismo. Lloramos a los muertos porque no pueden llorar por sí mismos. Pero sus deudores no quieren llorarlos, quieren justicia.

 

Es en este contexto en el que se silencia y exculpa a los miembros de la tribu, a cuantos cometen delitos aberrantes o muestran la indiferencia fascista que ignora a los otros. Los inmigrantes, las hembras podemitas, los okupas, requieren el mismo trato cualquiera sea la circunstancia, la protección se expresa en el silencio de las noticias, o en su escandalosa subida a los altares en las redes sociales. Como si lo que debe esperarse de un ser humano, se convirtiera en un acto heroico porque el héroe es inmigrante. Siempre se borran las diferencias. Es en ese contexto en el que penetra el islamismo insidioso de la dawa. Dawa representa el misionarismo yihadista. Los miembros extremistas del islamismo predican la conversión de los infieles bajo amenaza, una

colosal coacción social que pone a su merced a todos los individuos vulnerables, solitarios y descontentos. La fe es pública, practicada en las calles, no una confesión privada ejercida por seres humanos libres. El islamismo se impuso por el control militar, y la ley islámica castiga la apostasía con la muerte. Mahoma ocupó históricamente el ámbito de influencia del arrianismo. “Dios no engendra, ni es engendrado” (Corán 112). Cualquier individuo nace musulman, no hay conversión sino retorno a la fe. Y la fe es coactiva.

 

La izquierda sociata y podemita, totalitaria, silencia el progresivo dominio islamista abanderando las críticas a la fobia islámica. Ignora conscientemente en que medida los profesionales de los países islámicos prefieren mujeres analfabetas en el matrimonio al igual que muchos hombres con cualificaciones profesionales se sienten amenazados por mujeres libres. El autoexterminio occidental es el alfoz en el que se levanta el edificio islamista en esa bomba de relojería que representa la reproducción extensiva y el dominio del varón bajo protección tribal. Ya estamos viendo su impacto. La religión islámica quiere convertirse en el único refugio heterosexual blindado por la irresponsabilidad social de quien batalla por destruir nuestra cultura. Y no hay nada que indique que el creyente islámico pertenece a esa clase de seres humanos dotados de conciencia personal, capaz de contricción. Se ignora que el individualismo no es una condición natural propia de cualquier cultura humana, sólo es un valor propio de la cultura occidental, la razón de su éxito y la razón de la libertad. Ahora la política identitaria será reconocida en la tribu que emerge. Los sodomitas castigados, y los transexuales encumbrados, y las mujeres sometidas.

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