21 de octubre de 2021
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Eduardo Gavín

El efecto Rociíto

Rocío Carrasco.
Rocío Carrasco.

"Allá van leyes, do quieren reyes" dicen que es el más antiguo de los refranes castellanos. Hasta ahí dentro la llevamos. Un japonés nunca dice un "no" taxativo, pues en la era Tokugawa, una impertinencia así podía conllevar la decapitación de un katanazo. Así que ahora, cuando un japonés tiene que decir que no, le entra una desazón risueña, una ansiedad cabizbaja que para qué. Aunque no lleves ni una victorinox en el bolsillo.

El español tiene esa misma desazón cuando alguien intenta hacerle ver que existe un sistema de vigilancia entre los poderes de la sociedad, esos que deberían estar separando y no almorzando juntos en algún punto entre la calle de Zorrilla y la plaza de la Villa de París. 

Ayer vivimos un ejemplo de lo que hace la unión de los poderes. No de todos, que no hace falta, sino de dos o tres. Uno y trino, el mundo de la prensa (del corazón, en este caso), se hace todopoderoso en la forma humana de Jorge Javier Vázquez que, rodeado de sus odaliscas intelectuales, hizo de cerebro y voz del ejecutivo y del legislativo anulando de manera sumaria todas las sentencias preliminares del caso Carrasco vs Flores. Rocío Carrasco, Rociíto, apareció anoche ante los televidentes con una música cursilísima y en fondo blanco virginal, diciendo que todo lo que parece, no es. Menos lo que parece de su marido, Antonio David Flores, que sí lo es. Todo ello rociado de llanto, sollozos, hipos, broncoespasmos y todos aquellos recursos interpretativos del mal actor. Puede que ella fuese sincera, pero en un casting serio no dura ni un "siguiente". Ser sincero y estar triste no equivale a tener directamente la razón. Incluso estar en posesión de la verdad no te da la razón ni la libertad de imponerte. Tener la razón es un asunto más complejo, pues la razón es el desarrollo del pensamiento, hilando los datos que conoces, filtrado por tus sesgos personales. Por eso la verdad, además de verbalizarla, hay que demostrarla. En especial si los jueces ya se han pronunciado en sentido contrario. Del mismo modo que Antonio David Flores no habría de ser tomado en cuenta si apareciese ahora negando aquel asunto de la multa que se embolsó, no tiene sentido lo visto anoche, salvo por puro entretenimiento.

Rocío Carrasco, durante el programa de ayer.

Y eso nos parecía al principio. Una escenización ridícula de 20 años de prensa rosa de segunda B. Un motivo más para echar la noche del domingo, la de la pena negra de las vísperas de lunes. Y entre risas y comentarios de redes sociales, todo se interrumpe y aparece el Sanedrín del Caifás betulense junto a sus sacerdotisas y Euprepio Padula. Allí, sin habeas corpus, sin abogado defensor,  sin derecho a réplica y sin otras pruebas que un testimonio, se acusó, juzgó y sentenció a Antonio David Flores de torturador, manipulador, corrupto y quién sabe cuántas cosas más. Con un agravante: La connivencia y apoyo que el ex-guardia civil ha recibido en estas dos últimas décadas de la Justicia, el Sistema, de unos servicios sociales  "no preparados" (sic) para entender este tipo de casos, del heteropatriarcado, del capitalismo y de (imagino yo) el consumo de carne animal. No dudando yo del buen criterio y ecuanimidad de semejante tribunal, que unía al cinturón rojo de Barcelona con la más noble nobleza galaica y el dandismo italiano, sí que pienso que esta última enmienda a la totalidad es algo que sobrepasa las atribuciones de este jurado populachero.

Andaba yo quejándome de esto en el salón cuando el propio Jorge Javier leyó en voz alta un tuit de la ministra de Igualdad apoyando a la declarante. A partir de ahí, Twitter se convirtió en una cascada de apoyos a Rocío y de ataques a Antonio David y por ende, a la judicatura, el heteropatriarcado, el capitalismo y los ganaderos de bravo (creo).

He aquí cuando yo ya dejé de pensar mal y empecé a pensar en lo evidente. Que estábamos ante otra más de las maniobras de propaganda política de este gobierno, sección izquierda, para obligarnos al trágala ideológico habitual, la píldora del perrito envuelta en una salchicha llorosa. Ministros, diputados, cowgirls de la política, tuiteando fuerte y mezclando churras con merinas, no por despiste, sino porque conviene a la agenda. Mientras, la oposición, en fuera de juego permanente, tuiteaba sobre los escándalos de ayer, de lo que fuera que ya había pasado y dejado su poso. Nada de todo esto me pareció casual, espontáneo o desordenado. Todo parecía seguir un guión que no por cutre era menos eficaz. Millones de españoles llevados por el cuento de la lágrima hacia la Nueva Normalidad, donde basta que a uno le señalen para ser sentenciado. Corrijo: Basta que ELLOS le señalen a uno para ser sentenciado. No todo el mundo puede señalar, no todos pueden ser señalados. Me gustaría saber qué sucedería con un simple cambio de personajes. Que Antonio David fuese Pablo Iglesias y Rociíto fuese Tania Sánchez. 

Rociíto fue ayer el McGuffin de los planes antidemocráticos más siniestros y a la vez, una demostración de lo que puede hacer alguien con el respaldo del poder no vigilado. Basta simplemente con caer en gracia a los elegidos de la sociedad o simplemente, ser el Pisuerga que pasa por Valladolid. El todo vale y todo sirve para que la realidad encaje en mi discurso. Que la sociedad piense que está en mi mano la solución a todos los males que asolan a a la humanidad desde sus albores. Que si me otorgan el poder necesario, aquel que Pablo lamenta no haber encontrado en una triste vicepresidencia de una democracia, los villanos tendrán su merecido. Acabará la pobreza, la corrupción, el abuso, los malvados. Basta con quitar a esos jueces machirulos, aunque sean mayoritariamente juezas. Basta quitar a ese jefe de Estado neutral, que tanto daño hace. Basta con limitar las visitas al parlamento de cartón-piedra. Basta con cambiar los usos y costumbres y adoptar lo que ellos digan. El Reino de Dios en la Tierra. El "vivan las caenas" pero marcando bien la d, que nadie piense que somos castizos.

Ayer vimos que, como decía al empezar, allá van leyes do quieren reyes. O mejor dicho, do quieren elles (con e) 

Ayer vimos que el pueblo español tiene tan dentro esa idea y tan fuera la idea cercana de lo que es democrático que está dispuesto a aplaudir su propio fusilamiento. 

Ayer vimos lo que va a pasar mañana.

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