04 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Eduardo Gavín

La noticia iberista del mes

El alcalde de Oporto, Rui Moreira.
El alcalde de Oporto, Rui Moreira.

Leo con deleite malsano la noticia iberista del mes.

El alcalde de Oporto, Rui Moreira -quizá después de comer- lanzó al viento su visión de una península unida. Y hasta la bautizó con un nombre que recuerda más a un caldo de gallina o a una empresa de electricistas que a otra cosa: Iberolux. 

Noticia que recoge alborozada la prensa española, siempre alegre con la idea de la unión ibérica, aunque no sepan ni sepamos exactamente por qué. Excepción hace El País, antes amigo de la idea y ahora entre lo dubio, lo escéptico y lo contrario. Se conoce que incluso a ellos les cuesta el contorsionismo de defender que España no existe y a la vez comprender que hasta Portugal es España. Incluso siendo independiente. Del lado de allá de la frontera invisible son más compactos. No es no.

El iberismo, ese sueño de intelectuales que poco ha calado entre el pueblo peninsular, sigue sin penetrar en el cacumen de la mayor parte de los portugueses, que consideran que España empieza y acaba en el Corte Inglés de Badajoz, porque todo lo que hay detrás es "mau viento e mau casamento" (no faltándoles razón). Sin embargo, los españoles -a los que antes representaba en esto de la Balsa de Piedra saramaguiana tan solo Unamuno y cuatro más-, toman la idea con un fervor inversamente proporcional al conocimiento de la esencia del asunto. Los españoles ahora vamos mucho a Portugal y estamos descubriendo que, levantando el cortinón -o la toalla- del desprecio secular a los vecinos, hay una cultura riquísima y una cocina aún más rica, siendo esto último lo de mayor importancia.

Cuatro instintos básicos

Los españoles, dice el fabuloso columnista Miguel Esteves Cardoso, somos felices porque nos dejamos guiar alternadamente por uno de los cuatro instintos básicos, según lo que nos apremie. Esa falta de represión que nos lleva a usar el aceite con alegría manirrota. Esteves Cardoso nos cree felices. El desconocimiento, verbigracia, es mutuo y difícilmente reparable en menos de una generación.

Al recelo portugués por los "castelhanos" se suman muchos otros factores de difícil salvación. Por ejemplo: Los portugueses votaron en contra de la regionalización que pretendía imitar el modelo español autonómico. Votaron en contra porque intuían que el futuro de semejante idea era el que en este momento asola a la soberanía nacional española. Portugal es Lisboa y el resto es paisaje. Oporto lo lleva mal, pero se aguanta y contenta con su acento cerrrado y su Futebol Clube. A Barcelona eso no le ha bastado.

La ciudad de Lisboa.

Quizá, hermanos españoles, cabría poner orden administrativo en nuestra comunidad de vecinos -que es lo que son los estados modernos- antes de mancomunar. Así piensan ellos. No se vayan a juntar a un país que se desangra por la otra punta del mapa.

Por eso permanecen los portugueses unívocamente irredentos. Porque aman a su patria y su bandera, cantan el himno hasta en los toros, lloran con sus poetas (chorai, chorai...) y defienden su idealización de la historia. O sea, todo lo que no hacemos a este lado de la frontera. Mientras muchos intelectuales lusos abogan por la unión, muchos hintelektuales en Galicia, por ejemplo, se proclaman lusitanistas sin saber que, si Galicia cambiase de metrópoli, sus transferencias, incluso la enseñanza del gallego castrapo, acabarían. 

Pero es que incluso los más antiguos iberistas portugueses, como Almeida Garrett, los conferenciantes del Casino (después Vencidos da Vida), Miguel Torga o Natália Correia, tendrían sus dudas en adherirse a una monarquía que permite derechos forales y que, a la vez, dice desear un regimen cuasisoviético (que es lo que entiende como República un español).

Así las cosas, queda muy lejos el sueño de la razón que sería concretar por fin la España integral, la que ansiaban poseer todos los reyezuelos medievales. El imperio católico con capital en Lisboa, Felicitas Filipensis, se le escapó hace demasiado a Felipe II. 

Mientras en España se puede uno imaginar abrir un ventanal enorme y luminoso hacia el Atlántico, en Portugal todavía miran al Mar da Palha en las mañanas de niebla, esperando el  Quinto Imperio. Además, a algún sitio habrá que huir cuando España vuelva a hacer de España, que intuyo que será más pronto que tarde. 

Menos mal que nos quedará Portugal.

Ainda bem.

 

 

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