26 de noviembre de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Retroceso

/ Familias en riesgo de exclusión social.

Cada uno habla de cualquier asunto según le vaya en la experiencia. Hay ciudadanos hartos de lo que se denomina progresismo. Muchos sabios, a los que deberíamos escuchar y seguir, tendrían reparos en calificar como progreso lo que en estos tiempos nos está tocando vivir y sufrir. Para los desencantados, que están aguantando lo peor, se trata de un término vacío y falsificado, como esa propaganda infecta en la que nos están involucrando grupos de presión y poder en sus técnicas de adoctrinamiento y control ideológico.

Los afectados por tanta monserga sin fuste deben sortear esa enorme presión social mientras intentan desarrollar sus actividades como lo han hecho tradicionalmente, avanzando y transformando una sociedad, pero de verdad, con aportaciones benefactoras que faciliten el progreso social. De lo que no hay duda es que, según opinión bastante generalizada, los que están medrando, y mucho, son los progresistas de pacotilla, que acaparan influencia política, nóminas y beneficios impresionantes para colocarse en los mejores lugares de la casta social. Hay referentes políticos enriqueciéndose del modo más obsceno sin haber concurrido a una selección que midiera capacidad y mérito cobijándose en los colegas de la banda y repartiéndose presupuestos con esmero y dedicación.

También, no se puede esconder, habrá quienes se unan a la deriva política para sacar rendimiento sin cuestionar ninguna incompetencia o decisión oficial abriendo con generosidad sus cuentas bancarias para mantenerse en el lugar de privilegio que les otorgará fuerza y poder. En estos desvaríos sociales hay mercenarios de la palabra entregados al productivo ejercicio de la mendicidad moral. No hay que rebuscar demasiado para encontrar muchas razones con las que reconocer que estamos en evidente retroceso económico y social. El progresismo falaz no hace más que dañar resortes sociales, perfectamente contrastados por la cruda realidad, que tiene mucho que ver con las posibilidades. Cambiar por imperativo sectario no conduce más que al recorte de libertades, que es gravemente preocupante.

Nunca como ahora, al menos desde los años ochenta, para algunos, ha existido tanta presión sobre los que no opinan con arreglo a las normas que dicta el poder, empeñado en reformar, precipitadamente, si rigor o solvencia ética y moral. Cuando el coste de la vida se dispara en términos descomunales no podemos insistir que progresamos. Restringir contenidos esenciales en los planes de estudios no es más que retroceder, porque suavizar el esfuerzo, el trabajo, las capacidades y méritos es absolutamente retrógrado.

El fracaso escolar no se combate con fracaso social timando a la inteligencia. Solapar creencias religiosas tradicionales faltando al respeto y ofendiendo a las instituciones que las representan no es progresar. Provocar una subida de precios desproporcionada de alimentos no es más que retroceder, como tener que pensarse mucho cuándo y cómo hay que encender una luz o electrodoméstico, echar combustible o tratar de calentarse. No se progresa soportando el coste imparable de todo tipo de materias primas o productos, que hasta no hace demasiado tiempo tenían precios asumidos y tolerables. No es más que volver hacia atrás el comprobar cómo se desactiva desde los poderes públicos la capacidad analítica de los estudiantes sustituyendo una formación consolidada con una infumable propaganda, inyectada de sectarismo.

No se deben aceptar soflamas de torpes analfabetos dirigiendo el modo de hablar y escribir. No hay progreso cuando se trata de imponer normas injustas con la coartada de la urgente necesidad. Tampoco es progresar ese incesante desapego de los servicios públicos alejándose de la necesaria atención a ciudadanos excusándose en pandemias, guerras o cuentos. No se pueden entender cómo progresismo impedir a los más indefensos tener acceso sencillo a instituciones oficiales o empresas imponiendo elementos técnicos complicados o citas cibernética imposibles. Los médicos están cada día más lejos en el espacio y tiempo, incluso en la sanidad privada. Y el colmo de un retroceso insultante es exigir a las víctimas de un delito que pidan cita previa para denunciar un robo

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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