18 de enero de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Lucio Séneca

La monarquía se está suicidando

Hoy la “Memoria Histórica” me ha llevado a buscar en mi “baúl de los recuerdos” dos pasajes que en las circunstancias que estamos viviendo y ante los peligros que ya está corriendo la Monarquía y el Rey Felipe VI reproduzco para que el que quiera ver vea y el que quiera oír, oiga.

-       Gabriel -le dice Miguel Maura a su hermano, que a la sazón era Ministro de Trabajo y Previsión, un día de 1930- quiero ver al Rey ¿puedes gestionarme una audiencia?.

-       ¿Y eso? ¿para qué?  --le responde el hermano mayor.

-       Para decirle lo que los demás no os atrevéis a decirle, o por ceguera o por cobardía.

-       Miguelito, que te conozco. ¿Qué pasa ahora?.

-       Pues pasa que la Monarquía se está suicidando y que la República ya está en la Casa de Campo … y el Rey ni se entera.

-       Miguel, el Rey sabe lo que tiene que saber -- le contesta el hermano Ministro.

-       Pues muy bien, si el Rey lo sabe y no hace nada allá él... pero, ojo, que vaya preparando las maletas.

-        Hermanito, eres un exagerado. La Monarquía se ha recuperado con la dimisión de Primo de Rivera.

-        ¡Estáis ciegos!, pero ¿no os dais cuenta que el "Comité revolucionario" salido del Pacto de San Sebastián pinta ya más que la Monarquía y el Rey juntos?... 

-        Bueno, está bien, no voy a discutir contigo. ¿Para cuando quieres la audiencia?.

-       ¿Que para cuando? ¡para ya!.

-        Hablaré con SM y ya te diré.

-        Vale, pero dile que voy a despedirme de él.

-        Estás loco.

-       Sí, yo estaré loco, pero vosotros estáis ciegos. Prepara tú también tus maletas, por si acaso.

 Y la "audiencia" se celebró varios días después. Pero, dejemos que sea el propio Miguel Maura el que cuente (“Así cayó Alfonso XIII”) cómo  fue la despedida del Rey.

“Bajaba el Rey diariamente al tiro de pichón, y habían convenido con mi hermano que nos recibiría, a las dos y media de la tarde, unos momentos en sus habitaciones particulares, mientras se cambiaba de ropa para ir a la Casa de Campo. Así se hizo. Un día de mediados de febrero pasamos a su habitación tocador, donde terminaba de vestirse. Estaba Don Alfonso advertido, claro es, por mi hermano del motivo de mi visita, que era oficialmente, el de despedirme de él antes de dar el paso al campo republicano. Sin la menor ceremonia, nos recibió afectuoso. Y después de saludar a mi hermano, se dirigió a mí diciéndome:

-       ¿Qué te trae por aquí?

-       Vengo, Señor –le dije-, a despedirme de Vuestra Majestad.

Hizo como si no comprendiera, y preguntó:

-       ¿A dónde te marchas?

-       Al campo republicano, Señor – le contesté, un tanto molesto ante su actitud de no darse por enterado de algo que ya sabía.

-       ¡Estás loco! – exclamó-. A ver, explícame eso.

Con el menor número de palabras posible, le dije que consideraba, tras la solución de la crisis a la caída de la Dictadura, perdida a la Monarquía; que mi deber era seguir el camino que había anunciado durante mis actuaciones públicas como inevitable, si acontecía lo que acababa de suceder; que no era prudente dejar solas a las izquierdas en el campo republicano, y que mi propósito era defender, dentro de él y desde ahora, los principios conservadores legítimos.

Me oyó atentamente y, al terminar, me dijo textualmente:

-       Todo eso estaría muy bien si fuese cierta la primera premisa. Pero no lo es. Mientras yo viva, la Monarquía no corre ningún peligro –y, volviéndose hacia mi hermano y sonriendo, añadió-: Après moi, le déluge…!

Traté de demostrarle que no era ésa la realidad captada en mis viajes por España, y en el contacto que llevaba establecido desde hacia más de dos años con las gentes de todas las clases sociales en mis conferencias.

-       El ambiente que en todas partes he encontrado –le dije- es hostil, y, en el mejor caso, indiferente a la Monarquía. Mucho me temo, Señor, que antes de dos años se haya acabado la Monarquía en España.

El rey se echó a reír y, tendiéndome la mano, me dijo:

-       Nada de eso. Bueno, no tardarás en convencerte de que estás equivocado y volverás arrepentido.

Y con estas palabras dio por terminada la audiencia. Me retiré solo, porque mi hermano le acompañaba a la Casa de Campo. Trece meses más tarde se cumplió mi vaticinio, y Don Alfonso, siempre, beau joueur, desde su destierro de Fontainebleau escribió una carta a mi hermano Gabriel en la que le encargaba dijera al Ministro de la Gobernación de la República que había acertado y que le enviaba un abrazo”.

            Señores, aunque digan que la Historia no se repite me da la impresión que en este caso puede repetirse… Sobre todo con un Presidente del Gobierno que, por lo que se ve, está dispuesto a vender su alma por mantenerse en el Poder y seguir en la Moncloa, o en el Palacio Real si preciso fuere. Porque está claro que el Rey Felipe VI puede estar ya en el año 1930 de su bisabuelo Alfonso XIII. Tal vez porque ni la Izquierda socialista (PSOE), ni la Izquierda comunista (“PODEMOS”) ni los Independentistas catalanes (ERC, la CUP y demás ralea), ni los independentistas vascos (PNV, BILDU y demás ralea) le han perdonado, ni le van a perdonar, su discurso del 3 de octubre del 2017. Todos ellos, y desde aquel día, tienen claro, o así lo piensan ellos, que con el actual Rey sus ambiciones independentistas y republicanas no tienen nada que hacer… y por eso queman ya su foto y ni le dejan entrar en Barcelona.

            Sin embargo, y tal y como están las cosas a día de hoy (3 de octubre de 2019), hay que estar ciego para no ver lo que se avecina: los independentistas catalanes proclamarán su República y como las cerezas llegarán las demás... y mañana España será republicana. ¿Y qué puede hacer el Rey con la Constitución actual?... No lo sé, doctores tiene la iglesia, pero sí me estoy acordando de lo que un día me dijo Don Torcuato (Fernández Miranda, por supuesto): "Merino, el Rey se ha suicidado, con aceptar lo de las Nacionalidades y las Autonomías, y renunciar a los mínimos derechos que puede tener un Jefe del Estado (y que tuvieron los Presidentes de la República Alcalá Zamora y Azaña), nombrar al Presidente del Gobierno y poder convocar elecciones... Lo pagarán sus herederos" (Junio 1980). ¡Dios, que cerca está ya Cartagena!.     

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