08 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Juan Pérez de Mungía

Ya éramos viejos

Un mayor.
Un mayor.

El sorpasso a una segunda adolescencia de un cerebro joven en una carcasa gastada deja secuelas a mi alrededor. Son muchos los que me miran ahora con ojos de cierto rechazo, ¿será por mi piel arrugada? ¿Por las canas?, ¡que simpleza!. ¿Les quito yo algo viviendo cuando lo entregué todo por los que así me miran?. No acierto a pensar el motivo, porque todos llegarán a viejos salvo aquellos jóvenes sobradamente suicidas que viven sin aceptar que el riesgo es perder la vejez. Y la madurez. ¿Por qué asusta el envejecimiento a todos esos pederastas de sí mismos?

¿A qué edad se es viejo? ¿Cuando se acepta que no volverán los años fogosos?, y ¿que importa todo cuando la necedad sustituye la experiencia? Ahora se todo lo que no quise saber de adolescente, ni siquiera de joven, menos de adulto. Es el negacionismo vital que celebra el cuerpo joven sobre un cerebro poco amueblado y rechaza un pensamiento lleno de adornos porque no le acompaña la casa donde vive. El negacionismo de ese joven que se cree inmortal abandonando su vida a la droga o a la epidemia. 

Si hubiéramos sido cautos, habríamos sido brillantes. Cuanto cuesta tallar la piedra del destino para que las aristas ofrezcan esa irisación del conocimiento. Estoy perplejo porque soy viejo, tremendamente viejo, y, sin embargo, creo contar con esa razonable pericia para resolver cuestiones simples y mundanas. Así es. Ahora pongo un enchufe como ese joven que unta mantequilla sobre el pan. ¡Que tonterías pienso! Es la antigüedad de mis reflexiones las que hablan de esa destreza que tengo para solucionar, lo irresoluble resoluble, eso que un joven cree depende de otro. Pues no. Ni siquiera de viejo he perdido el ánimo de resolver mis problemas, y no consiento que quieran comprar mi silencio, dándome pan. Limosna del Estado así se llama.

Un mayor en un pueblo de España.

Ahora, siendo obsoleto, soy capaz de dar sentido a todas esas rutinas diarias que me permiten sobrevivir después de tomarme la tensión, medir la glucosa, medir la oxigenación de la sangre. A veces no sé si me asfixia la miseria, o me asfixian quienes me la causan. Suenan los huesos como si estuvieran encerrados en una casa de mil puertas, que se abren y rebuznan con su crujir. Fuera el sol sale, cierto, seguro, apenas unas nubes cruzan el firmamento como una navaja sobre un ojo de cristal.

Antes se luchaba por sobrevivir, ahora solo por vivir, por llegar después del sueño de cada noche a abrir los ojos y separar esa legaña que esconde la realidad. Nadie sospecha, cuando duerme, su edad, su capacidad para verse joven con esos recuerdos que tañen el solfeo del viejo. Las batallas del abuelo. Dormir es un alivio para los que rechazan soñar viviendo. La sociedad se ha convertido en una pesadilla. Mejor no salir, esconderse de los demás, del sol.

Los viejos somos caros porque solo pensamos, pensar es oneroso para aquellos que mueven la economía, ser viejo es un despilfarro, una lacra económica. A veces pienso en la seguridad que proporciona pensar. Una falsa apariencia de seguridad cargada de razones que otros desprecian, que rechazan porque asocian decrepitud a falta de empuje, a una rancia posición política, a un conservadurismo que resta oportunidades a todos aquellos que quieren solo vivir, como si vivir fuera el antónimo de trabajar. Así lo quieren hacer los que se erigen en redentores y quieren nuestra extinción.

Los viejos no se confunden con los jóvenes, son identificables, incluso por su voz al teléfono, ya más grave y no por el tono sino por la manera de decir, de hablar, de ser. Se me hace un nudo en la garganta para seguir hilando la cuerda de mis palabras, una soga que ahorca, aprieta por esa sensación de una vida que se va. 

¡Veni, vidi, vici! Recordaba Suetonio, al César lo que es del César y a Dios mi cuerpo encomiendo. Un cuerpo lleno de pecados, de petulante ansiedad por atropellar el destino. Cuando se es joven se arriesgan las herramientas que sirven para construir el futuro y cuando el futuro llega ya no quedan herramientas, solo sortilegios, así es, formas artesanales de las frases, de la única herramienta que nos queda, la voz y tras la voz la palabra. 

Somos el estorbo para los otros, para los que como Pompeyo buscan arrasar el imperio de la senectud, del senado del país, de ese país de nubes y alcohol que nos vio nacer y hoy nos entierra sin más, entre el silencio de los sepultureros, no hay familia, amigos, ni presentes, si acaso solo existe ese tiempo infinito que se inscribe en un registro civil. Una línea, un nombre, un viejo que dejó de serlo, que era viejo. Como el príncipe de Salina, un hombre, el trayecto entre la leche y la mierda. 

Y me pregunto por qué un gobierno me ha condenado a muerte. Estamos a merced del gulag de las residencias donde nos almacenan como próximos cadáveres. Un viejo menos, un voto más. Me pregunto por qué el valor que dan a la vida estos falsos personajes consiste en considerar solo la productividad electoral, la de una fábrica de simulación democrática, y me pregunto por qué nos condenan con pensiones de hambre, por qué nos roban lo que añadimos a la riqueza de todos, lo que cotizamos. Somos viejos de usar y tirar. ¿Por qué se compensan a sí mismos con prebendas mientras nos niegan los últimos días de nuestra vida? O soy conservador o es que amo a los altruistas.

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