21 de octubre de 2021
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Patio de columnas

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Julio Merino

Las nueve mujeres que fueron diputadas durante la Segunda República

En los 5 años de la II República (la actividad parlamentaria a partir del 18 de julio fue otra cosa muy distinta), entre 1931 y 1936, hubo 3 elecciones generales. Las del 28 de junio de 1931, las del 19 de noviembre de 1933 y las del 16 de febrero de 1936. Más de 1000 diputados en total y, curiosamente solo 9 mujeres: Margarita Nelken, Victoria Kent, Clara Campoamor y Dolores Ibáburri (fueron las 4 que pasaron a la Historia por sus intervenciones), Paquita Bohigas, Matilde de la Torre, Julia Álvarez, Veneranda García Blanco y María Léjarraga.

Por su interés recogemos hoy las pequeñas biografías de estas 9 mujeres, empezando por las más famosas y las que más proyección política tuvieron antes, en y después de la guerra:

Carmen Eulalia Campoamor Rodríguez, conocida como Clara Campoamor (Madrid, 12 de febrero de 1888 -Lausana, 30 de abril de 1972), fue una abogada, escritora, política y defensora de los derechos de la mujer española. Durante la Segunda República Española, creó la Unión Republicana Femenina y fue una de las principales impulsoras del sufragio femenino en España, que se incluyó en la Constitución republicana de 1931 y fue ejercido por primera vez en las elecciones de 1933. A causa de la Guerra Civil tuvo que huir de España y murió exiliada en Suiza

(Madrid, 5 de julio de 1894 – Ciudad de México, 8 de marzo de 1968) fue una escritora, crítica de arte y relevante política española. Obtuvo como miembro del PSOE un escaño de diputada en las tres elecciones generales de la Segunda República, sin embargo a finales de 1936, una vez iniciada la guerra civil, se afilió al PCE, formación de la que sería expulsada seis años más tarde. Tras el fin de la contienda, se exilió en México, donde falleció.

 (Málaga, 6 de marzo de 1898-Nueva York, 26 de septiembre de 1987) fue una abogada y política republicana española. Fue la primera mujer en colegiarse en el Colegio de Abogados de Madrid, en 1925, y la segunda española, tras Ascensión Chirivella Marín (que se colegió en Valencia en 1922), durante la dictadura de Primo de Rivera, y la primera mujer del mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar.

Llamada Pasionaria (Gallarta, 9 de diciembre de 1895-Madrid, 12 de noviembre de 1989), fue una política española. Miembro del Partido Comunista de España desde su fundación, fue elegida diputada en las elecciones de febrero de 1936, las últimas celebradas durante la Segunda República. Se exilió en la Unión Soviética al finalizar la Guerra Civil, y fue designada secretaria general de su partido a la muerte de José Díaz en 1942, cargo que desempeñó hasta 1960, cuando fue sucedida por Santiago Carrillo. En ese año pasó a ocupar la presidencia del PCE hasta su fallecimiento en 1989. Regresó a España tras el fin de la dictadura franquista y volvió a ejercer de diputada en la Legislatura Constituyente de España entre 1977 y 1979. Se considera que unió la lucha por los derechos de las mujeres a su acción política.

(1893-1973) fue la primera mujer de un partido de derechas, la CEDA, elegida para el Congreso. Nació en Barcelona, pero tras estudiar magisterio y leyes y estudiar una temporada en el extranjero, regresó y se trasladó a León como inspectora de Educación en 1928. En 1933, Bohigas es elegida por la provincia de León con casi 72.000 votos. Los primeros pasos de Bohigas en la política los dio en Acción Femenina Leonesa, del que se hizo presidenta en 1931. De marcada ideología católica, criticó duramente las escuelas laicas, y de hecho llegó a presentar una proposición de ley para suprimirlas en 1936, aunque fracasó. Cuando estalla la Guerra Civil, la barcelonesa ya no es diputada, y se enfrenta a la Guardia Civil por la ocupación de una escuela femenina en León. Tras esto, sería trasladada a Sevilla, donde viviría hasta su muerte en 1973. Bohigas se integró en la Sección Femenina y también escribió para esta organización, publicando artículos como Hogar y Qué profesión elegir: Guía de profesiones femeninas. Recibió la Y de plata de la Sección Femenina y la Cruz de Alfonso X el Sabio.

(1884-1946) fue escritora, pedagoga y periodista además de diputada y política socialista. Nacida en Cabezón de la Sal (Cantabria), fundó en los años veinte una escuela en la localidad. Ingresó en el PSOE en 1931, y fue elegida diputada por Oviedo en las elecciones de 1933 con casi 85.000 votos. De la Torre repetiría en 1936 con más de 170.000 votos. Durante su período en el Congreso participó en varias comisiones: la de Marina, Hacienda y Economía, siendo suplente en otras tres. 

Tras la revolución de 1934, la cántabra tomó parte en defensa de los detenidos, y tras la Guerra Civil marchó al exilio en México. En 1946 fue expulsada del PSOE junto a los socialistas aliados de Negrín, y moriría ese mismo año, en el exilio. Además de su actividad política, De la Torre escribió varios ensayos, el primero de ellos Jardín de damas curiosas: epistolario sobre el feminismo, y ya en el exilio escribió Mares en la sombra, su visión personal sobre el conflicto español. La socialista también colaboró en varios periódicos, como El Socialista y La Región.

(1903-1948), fue también maestra, nacida en Villafranca (Navarra). Ejerció en Navarra y Vizcaya, y desde 1934 como directora de colegio en Madrid. Además, tras concluir la carrera de Derecho, actuó como asesora legal de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra. En 1933 fue candidata del PSOE en la provincia de Navarra y Guipúzcoa, sin resultar elegida, y ya en las elecciones de 1936 fue elegida por la provincia de Madrid con casi 100.000 votos. Álvarez formó parte de varias comisiones, y fue miembro suplente de la Diputación Permanente de las Cortes en 1938. 

La navarra fue la primera mujer en España en ocupar el cargo de gobernadora civil de Ciudad Real, entre el 13 de julio de 1937 y el 28 de marzo de 1938. Tras la Guerra Civil, Álvarez tuvo que exiliarse en Francia y en 1947 marchó a México, donde abrió un despacho de abogados y dirigió una revista. Murió en México al año siguiente, y la prensa ciudadrealeña de la época recogía el hecho así: "Nuestra provincia aparte de tener la desdicha de haber estado sometida al yugo rojo, tuvo la desgracia de tener una gobernadora marxista. Pues bien, Julia Álvarez Resano ha fallecido en México".

(1893-1992) nació en el seno de una familia asturiana de maestros, profesión que ella también ejerció. Entre 1918 y 1927 estuvo viviendo en Cuba y, a su regreso a España, se afilia a FETE, el sindicato de maestros de UGT, en 1930 participa en la creación del Círculo Republicano de Llanes (Asturias), y ya en 1931 se afilia al PSOE. Será dos años más tarde cuando es elegida para el Congreso por Oviedo con más de 80.000 votos. De sus inicios en la política, según recoge Benjamín Rivaya, Manzano comentaba que las mujeres que se cruzaban con ella en la calle "se santiguaban porque pensaban que, siendo socialista, llevaba el demonio dentro".

No ha quedado registrada ninguna intervención de Manzano en el pleno ni en comisión, cosa habitual en muchos diputados, aunque hay constancia de que el Tribunal Supremo solicitó al Congreso juzgarla por un artículo periodístico que escribió, cosa que rechazó el Congreso. La diputada no sería reelegida en el 36. Tras la revolución de octubre del 34 en Asturias, Manzano fue detenida, aunque nunca estuvo claro si participó en los hechos, ya que después fue liberada, e intercedió ante el Gobierno para que no se ejecutara a Ramón González Peña, diputado asturiano que lideró la revolución.

(1874-1974) nació en La Rioja y murió en el exilio argentino. También es conocida como María Martínez Sierra, seudónimo que utilizó en su obra literaria. Integró la corriente feminista antes y durante la República, y de hecho escribió La mujer ante la República. Uno de los aspectos más controvertidos de la vida de la riojana es su matrimonio con Gregorio Martínez Sierra y las obras que, según ha explicado la biógrafa Antonina Rodrigo, ella escribió para que firmara él, que después la abandonaría por una actriz que interpretaba sus obras.

 

En 1933, fue elegida diputada por Granada con más de 90.000 votos, perteneciendo al PSOE, y ejerció hasta enero de 1936. Con el estallido de la Guerra Civil, Lejárraga se marchó a la costa azul francesa, y después viajaría a México, donde continuaría su labor literaria firmando con su seudónimo, tratando quizá de recuperar el reconocimiento que años atrás había recibido su marido por lo que ella había escrito. Entre su obra destaca la célebre Canción de cuna (1911), que ha sido llevada al cine en varias ocasiones, y los libretos para El amor brujo, de Manuel de Falla, y Margot, de Joaquín Turina.

(Estas biografías las he podido recoger de internet y de un informe que publicó hace unos años  José Carlos Huertas)

Datos curiosos

Muchas cosas se podrían añadir a la biografía de estas mujeres, que naturalmente por su condición de mujer ya fueron noticia en un mundo de hombres… y sobre todo en la política española, donde durante muchos años se estuvo destacando el hecho de que una mujer, en este caso la anarquista Federica Montseny llegara a ser Ministra del Gobierno.

Pero de entre ellas tuvieron más protagonismo Clara Campoamor  y Victoria Kent, por la polémica y los debates surgidos en torno al voto femenino. La mujer no pudo votar en las primeras elecciones de la República, porque curiosamente podían ser elegidas (y algunas lo fueron, Margarita Nelken, Victora Kent y Clara Campoamor) pero no votar. Fue un debate que provocó grandes polémicas incluso a nivel de calle y a nivel nacional. Una vez más España se dividió a favor y en contra.

La Izquierda, en este caso representada por la socialista Victoria Kent, no quería que la mujer votase porque se suponía que estaba muy influenciada por la Iglesia y votaría siempre a favor de la Derecha. Por contra el Partido Radical Socialista y los Partidos de Derecha, representados por la también diputada Clara Campoamor, defenderían la postura contraria: el Sí para el voto femenino. El debate final se celebró el 1 de octubre y fue un acontecimiento político y social y fue considerada vencedora Clara Campoamor, porque el artículo 34 que posibilitaba para el futuro el sufragio femenino se logró con 161 a favor y 121 en contra.

Destacamos algunos párrafos de aquel famoso discurso que hizo que se inclinara la mayoría del Congreso a su favor:

“Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en  alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que,  forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.  

Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Qué cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban  en mayor número que los hombres?

¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República  se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la  República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no  está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede  decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para  demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la  República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?

Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad,  afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.”

Y sería absurdo hablar de las mujeres de la República sin citar a la más famosa de todas ellas: Dolores Ibáburri, la Pasionaria. La mujer del “¡No pasarán”! que casi logró que España se hiciera comunista. La mujer que, entre tantos hombres, incluso llegó a dominar el PCE, del que llegó a ser Presidenta, con el beneplácito del propio Lenin primero y más tarde Stalin. De “La Pasionaria” se podría destacar alguno de sus incendiarios discursos en las Cortes, pero fue una frase suya la que sin embargo, quedó unida a la tragedia de España y al asesinato de Calvo Sotelo: “Este hombre ha pronunciado su último Discurso en las Cotes” (a los pocos días, ciertamente, caería asesinado el líder de la Derecha española, don José Calvo Sotelo).

Y también hay que recordar, a María de la O Lejárraga, gran escritora, que hizo famoso a su marido, Gregorio Martínez Sierra, actuando de “negro”… hasta que se divorció y ya en el exilio recuperó su autoría literaria. 

Actuación de Clara Campoamor:

Julio MERINO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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