18 de agosto de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

La mascarilla

El comienzo de 2022 puede ser buen momento para repasar el periplo hispano de nuestra mascarilla, que ha dado mucho que hablar, escribir, engañar y engordar bolsillos privilegiados, bien relacionados con quienes manejan presupuestos oficiales. Las hemerotecas permiten recorrer hacia atrás el tiempo y deja desguarnecidos a los mentirosos que, hasta en el peor de los escenarios, sabrá justificar el entuerto con excusas que aceptarán sus acólitos y amiguetes, que comparten tetina en el biberón de las subvenciones.

El 18 de febrero del año 2020, cuando nuestros responsables políticos ignoraban, conscientemente, los avisos de la OMS y expertos epidemiólogos, que advertían sobre el peligro cierto de una pandemia trágica nacida en Oriente, los medios informativos nacionales explicaban cómo fabricaban los chinos mascarillas con bidones de plástico, alarmados por el incremento de los contagios. Hasta limpiaban los billetes de curso legal y se les ponía en cuarentena.

En España, en esas fechas, se estaban organizando y convocando concentraciones y marchas reivindicativas, que tanto rédito otorga a quienes se amamantan del dinero público. Semejante irresponsabilidad consciente, que mató a participantes, salió gratis. Tras el fiasco que infectó marzo, nos dijeron que las mascarillas no eran necesarias, pero la gente empezaba a conocer y tomar medidas, aunque no podía conseguirlas. Otra majadería que salió gratis.

Fue a mediados de abril cuando nuestros mentideros oficiales decidieron instar al uso de esos tapabocas indicando las condiciones correctas para su homologación y eficacia. No tardaron en reconocer su maldad; les salió gratis. Y comenzaron las carreras para conseguir medios de protección de todo tipo; llegamos tarde a los mercados y algunos escogidos por la providencia fueron encargados de dilapidar recursos para comprar dónde hubiera.

Los pillos sacaron ventaja y muchos beneficios a costa de torpes o chorizos dedicados a lo que no debían. El mercado y los timadores marcaban precio y surgía, además, el estraperlo, esa debilidad hispana, que tanto y tan bien hemos sabido practicar desde siempre. La escasez produce rendimientos inconfesables; y salió gratis. Los voceros oficiales hablaban y mentían con un desparpajo indecente, sin mostrar el menos sentido del ridículo avergonzando a una ciudadanía asqueada por tanto desprecio, pero salió gratis. Los expertos concretaban marcas, modelos, prestaciones y modo de colocarlas para mejorar protección.

Mientras se escondían muertos en los registros contables, la tragedia colectiva no se podía disfrazar y nos veíamos afectados seriamente por medidas coercitivas dudosamente legales, que más tarde se confirmó como arbitrarias e ilegales; ha salido gratis. Faltaba de todo, y adolecía de la calidad exigida en cada caso. Las funerarias, desbordadas, trataban de atender una masacre sin paliativos. Los portavoces oficiales mantenían su matraca insultante mientras en los cementerios había que buscar sitio.

El coronavirus, difundido por el mundo, nos arrastraba con más fuerza en cada ola. Además de experimentar tratamientos para evitar la muerte, los investigadores se empeñaban en obtener pronto una vacuna que defendiera a los vivos. Y se lograron varias, que no tardaron en inocularse con la celeridad y eficacia que muchos profesionales supieron hacer. Parecía que la mortandad se controlaba y la esperanza se traducía en una realidad impetuosa. Los torpes del principio parecieron adiestrarse para mejorar el futuro colectivo cercano. No era lo mismo, pero nos pareció recuperar el sentido de nuestra vida para relacionarnos.

Las vacunas resultaron de poca graduación y ha resurgido el terror generalizado, entre intereses difusos. De nuevo, medidas preventivas en diecisiete reinos de taifas. Y cuando los tests son lo normal, recomendados oficialmente, no hay suficientes; y sigue saliendo gratis. Otra vez, las mascarillas son obligatorias al aire libre. Son precisas para tapar la cara dura de esa tropa manoseando libertades y vidas ajenas. Los malos pinochos, esos sinvergüenzas bien acomodados, deben llevar otro diseño alargando sus mascarillas.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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