18 de septiembre de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Paco de Domingo

¿Un olivo sin mochuelo?

En nuestro entorno más próximo el fuego es, junto con el hombre, el principal agente devastador de la masa arbórea, llevándose por delante un buen número de ejemplares de la chamuscada piel de toro, sin hacer distingos entre españoles ilusos y portugueses al uso, castigando nuestros montes severamente cada año para satisfacción de pirómanos y nostálgicos accionistas de Fosforera Española.

No obstante, reconforta conocer que gracias a la sesuda labor desarrollada por determinados científicos, amantes de la madre naturaleza en este caso, se ha podido determinar la edad aproximada de un olivo en el vecino país lusitano, y la conclusión a la que se ha llegado es que goza de unos reposados y saludables tres mil trescientos cincuenta años de edad a contar junto con los que le resten por mantener el tronco de su existencia en pie, con el de que su catalogador apunta que “teóricamente podría ser eterno”.

Dispone de algo más de tres metros de altura, y su cintura alcanza los once (agujero arriba agujero abajo en su dilatada correa), todo un coloso de la longevidad que habrá tenido la oportunidad de, como algunos egregios personajes pasados y presentes, proyectar su reconfortante sombra para disfrute de lugareños y transeúntes, un centinela de la historia anclado en su atalaya de notario de la botánica protocolizando la contemplación de numerosas conquistas e invasiones protagonizadas por el hombre y vociferadas por sus pagos.

El estudio no hace mención a si da cobijo, en calidad de inquilino, a mochuelo alguno en lo alto de su copa; probablemente, y si así fuere, cabría la posibilidad de que hubieran anidado decenas de generaciones provenientes de un mismo tronco familiar de rapaces nictófilas afincadas como fieles y veteranas okupas del Olivo del Mouchao.

Cómo olvidar aquel machadiano “olmo viejo hendido por el rayo y en su mitad podrido”; el ´gerardiano´ “enhiesto surtidor de sombra y sueño” o los cipreses que tomaron la decisión de desterrar el ateísmo para así creer ´gironellamente´ en Dios, cada uno con su propio silencioso brillo dotado del ruido de la letra para sacarlos del anonimato y hacerlos así partícipes del conocimiento popular.

No ha sido la literatura la que ha rescatado la presencia del provecto árbol, sino el cariño y la dedicación de quienes aman la naturaleza desde ciertos ángulos fechando la edad de estos seres vivos que se abren camino hacia lo alto para seguir adelante sin dar un paso atrás en el tiempo, su mejor aliado hasta la fecha en la carrera por la permanencia.

¡Quién iba a decirnos que la milenaria bíblica figura de Matusalén llegaría a verse oscurecida en el libro Guinness de la evolución por un árbol ibérico, desplazándolo del primer puesto en el ranking de supervivencia y sin opciones de recuperar su envidiable anterior posición en el escalafón!

Doña Flora, que no es la rellena vecina cotilla del rellano del quinto, aflora con fuerza, y sin moverse de su sitio se enraíza en  el calendario.

Paco de Domingo

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