21 de septiembre de 2019
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Lucio Séneca

Unamuno, la República y los Nacionales

Unamuno regresa a España al caer la Dictadura de Primo de Rivera y tras un exilio forzoso a Fuerteventura y Francia aclamado por el pueblo (el recibimiento en Salamanca fue apoteósico). El 12 de abril de 1931 se presentó a las elecciones generales como candidato con la conjución Republicano-socialista y como Concejal izó la bandera republicana desde el balcón del Ayuntamiento con estas palabras: “Amigos, hoy nace una nueva era y termina una Dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido”. Naturalmente, la República le repuso en el cargo de Rector y hasta llegó a nombrarle “Ciudadano de honor” en 1935.

También se presenta a las elecciones a Cortes Constituyentes del 28 de junio, como independiente en la Conjunción republicano-socialista. Y sale elegido con los máximos votos. Y como Diputado permaneció entre el 12 de julio de 1931 y el 9 de octubre de 1933.

Pero ahí surgieron sus primeras dudas y sus primeras críticas al nuevo Régimen al ver la marcha que iniciaba la República y discrepar del radicalismo que se estaba imponiendo movido por las Izquierdas y principalmente por el PSOE. Tanto que famosísima fue su intervención cuando se discutió el artículo cuarto de la nueva Constitución que hacía referencia al idioma oficial que debía figurar. Fue entonces también cuando defendió a ultranza la unidad de España: “Señores Diputados, cuidado con España, porque si la República desaparece podemos hacer otra, pero si España desaparece no habrá otra”.

Y vino la desilusión, el “no es esto, no es esto” de Ortega, y ya no quiso presentarse de nuevo en las elecciones de 1933. Aquella República dejó de ser su República.

De ahí que no sorprendiera que el 18 de julio de 1936 se pusiera de parte de los sublevados y que aceptase ser concejal con el Gobierno Municipal que constituyó el comandante franquista Francisco del Valle Marín, y con el que izó la bandera bicolor, rojo y gualda, de la nueva España. A los pocos días le diría al periodista y escritor Kazantzakis estas palabras: “En este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a los soldados. Son los únicos que nos devolverán el orden. Saben lo que significa la disciplina y saben cómo imponerla. No, no me he convertido en un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente esencial que el orden sea restaurado. Pero cualquier día me levantaré —pronto— y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario.”

Y al periodista francés Jérôme Tharaud: “Tan pronto como se produjo el movimiento salvador que acaudilla el general Franco, me he unido a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia nacional, ya que se está aquí, en territorio nacional, ventilando una guerra internacional. En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto substrato patológico-corporal. Las inauditas salvaja-das de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología alguna. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. Si el miserable gobierno de Madrid no ha podido, ni ha querido resistir la presión del salvajismo apelado marxista, debemos tener la esperanza de que el gobierno de Burgos tendrá el valor de oponerse a aquellos que quieren establecer otro régimen de terror.”

Naturalmente, cuando estas palabras llegaron al Madrid rojo el Gobierno y Azaña, ya Presidente de la República, reaccionaron cesándole como Rector de la Universidad y retirándole el título de “Ciudadano de honor” que le habían concedido tan sólo un año antes. Claro que Franco también reaccionó rápido y le volvió a nombrar Rector.

¡Ay!, pero aquel hombre “que no se casaba ni con Dios” muy pronto se enfrentó también con Franco y los suyos, al ver lo que estaba sucediendo también en la retaguardia nacional. Sucedió el 12 de octubre con motivo del “Día de la Raza o de la Hispanidad”, cuando le gritó al general Millán Astray al finalizar un explosivo discurso: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

Fue la ruptura con el nuevo Régimen que Franco trataba de imponer, porque tan sólo unos días después Franco lo cesó de nuevo como Rector y además se le condenó a pasar bajo arresto domiciliario en su casa “hasta nueva orden”. Y en su casa vivió desde octubre a diciembre de 1936, “desolado, desesperado y en soledad”.

Aunque todavía tuvo fuerzas para decirle a un amigo poco antes de morir la Noche Vieja y cuando ya la familia esperaba que sonaran las campanadas que darían paso al nuevo año: “La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está, mi pobre España se está desangrando, arruinando, envenenan-do y entonteciendo...”

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