05 de febrero de 2023
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Bruno da Silva

El caso Cursach: El fiscal Herranz se merece un Oscar

/ Bartolomé 'Tolo' Cursach.

Tiene razón el lloroso fiscal Tomás Herranz cuando en el alegato final del caso Cursach, digno de un cortometraje de Hollywood, decía que el juicio había sido un fracaso. Pero ha sido un fracaso, sobre todo, para las víctimas, que se han sentido desprotegidas y atacadas en un juicio cuyo resultado desde el minuto uno de su inicio ya se conocía. Bartolomé Cursach, su hombre de confianza, Bartolomé Sbert y el resto de policías locales señalados por multitud de testigos, saldrían limpios de cualquier sombra de sospecha.

El juicio del caso Cursach pasará a la historia, no por la absolución que ya se preveía desde el principio, sino porque ha demostrado una vez más que si un acusado tiene dinero, y es evidente que el empresario de la noche sí lo tiene, es más fácil defenderte frente a un delito. Es un juicio que, en terminología futbolística, los abogados defensores se han enfrentado a una defensa, representada por los fiscales, fuera de forma y sin portero. Y, así, en cualquier disparo a puerta la pelota siempre entra en la portería.

Cada vez está más claro que los actores principales de este cortometraje han utilizado este juicio para constituir una prueba de cara al próximo al que tendrán que enfrentarse el juez Penalva, el fiscal Subirán y los policías del grupo de blanqueo. El fiscal de Madrid está convencido de que en la instrucción del caso Cursach, y por supuesto de la corrupción en la Policía Local de Palma, se han cometido graves delitos y no se ha respetado jamás la presunción de inocencia.

Y para ello han contado con la necesaria colaboración de dos inspectores de Policía, conocidos como “Los Juanes”, que han utilizado esta contrainvestigación, plagada de errores, elocubraciones y falsedades, para ascender. Ya han conseguido lo que buscaban, que no era otra cosa que situarse en los puestos de poder de la Jefatura de Policía. Pero la fiscalía se olvida de un detalle muy importante: la actuación de Subirán y Penalva ya ha sido analizada por el que posiblemente sea el mejor juez que ha tenido nunca Baleares, que no es otro que el presidente del Tribunal Superior, Carlos Gómez.

Un juez no apreció delito grave en la actuación de los instructores y no en vano dictó el sobreseimiento libre, decisión casi insólita en un caso, porque entendió que todas las pruebas que presentaba la Policía no era más que especulaciones sin ninguna base. En qué cabeza cabe que un juez de instrucción, un veterano fiscal y cuatro policías, de pronto y sin ningún beneficio a cambio, creen ni más ni menos una organización criminal para perseguir a Cursach.

Los únicos que se lo han creído han sido “Los Juanes”, convenientemente premiados como actores secundarios en esta película mal guiada con esta cascada de especulaciones e interpretaciones maliciosas que realizan en sus informes. En qué país, salvo España, dos policías que convencieron a un juez para que cometiera una infracción constitucional, la más grave que se puede cometer por un funcionario como es la intervención de los teléfonos móviles de dos periodistas, al final se les premia, permitiéndoles continuar con una investigación y, sobre todo, con un ascenso. En un país mínimamente democrático estos dos inspectores estarían apartados de la Policía.

Visto lo visto, y sobre todo conociendo la persecución que han venido sufriendo Penalva y Subirán en los últimos años, no es extraño que muchos testigos hayan rectificado las declaraciones que en su momento realizaron en la fase de instrucción. Y es que muchos de ellos tienen miedo. Sostener las acusaciones que manifestaron no les puede acarrear en estos momentos más que problemas y ataques de la fiscalía, como ha quedado claro con alguno de ellos al que no han creído, a pesar de que han presentado, aún con reticencias, datos muy graves contra los acusados. Y es que ya ha pasado muchos años desde que sufrieron el acoso policial y empresarial.

La mayoría ya se ha repuesto y ha decidido mirar hacia adelante y olvidarse del caso, aunque no se hayan sentido arropados por la Justicia. Y es que tampoco cabe en ningún espacio inteligente que un fiscal y un juez, hasta la fecha con una hoja de servicios intachable, de pronto se pongan a coaccionar y a amenazar a los testigos que fundamentan su acusación. Si fuera así, como ahora creen los fiscales Herranz y Carrau, para qué se coaccionó, qué beneficio personal obtenían Subirán y Penalva. La respuesta es muy evidente: no conseguían nada. Un juez y un fiscal, con un historial laboral ejemplar, no pasan de un día para otro a convertirse en delincuentes, por mucho que Herranz y Carrau así lo piensen.

Y hablando de Carrau no hay que olvidar que fue él quien pidió personalmente el ingreso en prisión de Cursach y de Sbert. Y también fue él, quien conocía a fondo el caso y las pruebas que había, quien defendió ante la Audiencia que el empresario de la noche y su ejecutivo permanecieran en prisión. ¿En qué momento estaba equivocado Carrau, antes o ahora? Y si cree que se cometieron graves delitos durante la instrucción, ¿no ha valorado que también habría sido cómplice de estos delitos? Carrau sí que tenía motivos para ponerse a llorar y no Herranz.

El juicio, además del lamentable espectáculo de un fiscal quebrado por la emoción, deja otros mensajes muchos más peligrosos. ¿A partir de ahora qué ciudadano se atreverá a denunciar la corrupción ante fiscales que actúan más como abogados defensores que como servidores públicos? La respuesta es evidente: aguantar, mirar hacia otro lado y confiar en que el tiempo mejore las cosas. Las cloacas de Baleares cada vez huelen más fuerte.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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