07 de julio de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Juan Manuel Medina

Cosas de niños

Que un chaval de quince años, arropado por su madre, mienta reiteradamente en relación a su participación en el asesinato y posterior ocultación del cadáver de una chica de diecisiete años, son cosas de críos… aunque trece años después, su madre y él hayan sido juzgados por falso testimonio, exiguo consuelo para unos padres que aun hoy continúan peleando por saber dónde descansan los restos mortales de su hija.

Que un grupo de chicos, entre quince y diecisiete años, queden con dos niñas de doce y trece años para mantener sexo en grupo, ya se trate de relaciones consentidas o de una agresión sexual en manada, pues mire usted, al fin y al cabo, son cosas de críos…

Que imberbes disfrazados de pandilleros centroamericanos maten y mueran a machetazos con demasiada frecuencia en las calle de Madrid, pues, ya se sabe, son cosas de la edad.

Y es que es lo que hay…”son jóvenes…se dejan llevar por las malas influencias…la culpa la tienen sus amigos, la pornografía… el futuro laboral está muy negro… aquellas niñas sabían a lo que iban, no vinieron a jugar al parchís…a mi hijo le provocaron…mi hijo es un niño muy bueno…etc., etc.”. Manidas justificaciones de ciertos progenitores que intentan justificar lo injustificable y que cada vez se escuchan con más frecuencia.

Que los padres no son responsables de las acciones de sus hijos lo tengo muy claro, salvo en lo que a la responsabilidad civil de los menores de edad respecta y porque así se estableció en su día con el propósito de que los cachorros de ETA dejaran de quemar cajeros automáticos, mobiliario urbano y autobuses. Ni pueden responder de sus acciones ni tan siquiera, en la mayoría de los casos, tienen responsabilidad alguna al respecto de sus delitos en lo que a educación y modelos de conducta se refiere. El verdadero problema comienza cuando algunos progenitores, por un afán sobreprotector mal entendido, terminan por justificar los actos delictivos de sus retoños. Es en ese momento cuando comienza el proceso de creación del futuro monstruo, cuando los padres se convierten en doctores Frankenstein, sin ser conscientes de que más pronto que tarde su criatura terminará acabando también con ellos, tal y como sucede en la obra de Mary Shelley.

No acierto a definir si era asco, vergüenza ajena o esperpento lo que me produjeron las escenas presenciadas la pasada semana, cuando los familiares de un grupo de menores, acusados de agredir sexualmente a dos niñas menores de catorce años, celebraban a las puertas de los Juzgados de Menores de Valencia la puesta en libertad con medidas cautelares de su vástagos. Si no fuera porque era conocedor del contexto, hubiera pensado que esos padres festejaban el ascenso a primera regional del equipo de futbol de sus hijos, o la concesión del Premio Nacional a la Excelencia Académica… pero no era así. Con independencia de los motivos que sostuvieran la polémica resolución judicial, poniendo por delante la presunción de inocencia de esos menores, y dejando por sentado que tan fatídico resulta una víctima sin resarcimiento como un inocente castigado, lo cierto es que, cuando menos, esos chicos, que no superaban los diecisiete años, se encontraban allí por haber mantenido relaciones sexuales en grupo con dos niñas menores de catorce años, ya fuera de forma consentida o mediando violencia e intimidación para ello, eso ya lo determinará convenientemente la Justicia…espero. Yo me imagino la cara y reacción de mis padres si yo, con diecitantos años, me hubiera visto en esa situación, injustamente o no.

Tampoco acierto a imaginar que tendría en la cabeza la madre de ese al que le llaman “El Cuco” el día que su hijo le relató lo sucedido en aquella vivienda de la calle León XIII de Sevilla. Tal vez, si en lugar de prestarse a mentir y cooperar en la coartada de su hijo le hubiera explicado que la base de la madurez, entre otras cosas, está en la asunción de la culpa, y que ningún castigo al que pudiera enfrentarse seria comparable con el sufrimiento que a aquellos otros padres se les estaba infligiendo, y que dura a día de hoy, quizás, y solo quizás, ese al que le llaman “El Cuco”, pese a lo grave de lo acontecido, algún día podría caminar por la calle con la cabeza prácticamente alta, y no mirando de por vida al suelo como sucedería en el Juzgado el pasado día al dirigirse a él la madre de Marta del Castillo.

La Ley del Menor no funciona plenamente, como tampoco funciona perfectamente  la Ley de Violencia de Genero ni la totalidad de la Administración de Justicia en general. Todo sistema jurídico y administrativo es imperfecto, jamás podrá satisfacer plenamente las demandas de los administrados, y eso es algo que debemos asumir para evitarnos, en la medida de lo posible, frustraciones y accesos de ira. Pero lo que realmente no funciona en nuestra sociedad es la educación de nuestros menores, y no me refiero a la académica, que también hace aguas, sino a eso que se conoce como inculcación de valores, de principios, de  moralidad, de respeto… en definitiva, de lo que está bien y de lo que está mal, al margen de absurdos y perniciosos relativismos envenenados de posicionamientos políticos del signo que sean.

Al menor inocente se le defiende a capa y a espada, como a cualquier otro ciudadano que se enfrente injustamente a la apisonadora de la Justicia. Pero al menor reconocidamente culpable se le educa, se le enseña a asumir las consecuencias de sus actos, se le intenta evitar la reiteración en conductas que le supondrán nefastas consecuencias en su trayectoria vital, sin perjuicio de que se cumpla escrupulosamente para con él la legalidad, encarnada en los principios de proporcionalidad y equidad… eso al menos nos enseñaban hace ya algunos años a los abogados aspirantes al Turno de Oficio de Menores … todo lo que no sea así, seguirá siendo “cosas de niños”.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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