03 de marzo de 2021
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Sergio Martín Guardado

El binomio del 78: Constitución y democracia

/ Constitución

Llega el aniversario de nuestra Carta Magna, que sigue viva a pesar de sufrir tantas afrentas durante estos últimos años. Esa Constitución, la del 78, no fue como otras que quedaron en agua de borrajas, al cambiarse periódicamente al son de los acordes de pucherazos y caciques.

Allí no hubo caciques, hubo un pueblo que ansiaba ser libre y personas decididas a dotarnos de las bases axiológicas que nutren la razón de ser de la democracia: la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Nunca había sido España mayor expresión democrática: llegaba por fin el respeto a la lucha política del diferente, la paz social entre obreros y patronos, las fuerzas armadas al servicio del régimen constitucional, la separación de poderes y el imperio de la ley como expresión de la democracia participativa y no solo representativa. Y todo respaldado por un pueblo, que resumía la creación jurídica, en una palabra: democracia.

Era la Constitución y era la democracia, a la par. ¿Lo es ahora? El consenso inquebrantable de las cláusulas de blindaje constitucional que merman las posibilidades de voladura de la estructura político-constitucional no ha servido sin embargo para empezar a plantearnos ciertas necesidades de reforma que traten de aquejar ciertas maniobras para romper la conjunción constitución-democracia. De hecho, por ello la primacía constitucional está en juego.

 

La política hoy pone al servicio de sus necesidades de mercado electoral interesadas interpretaciones de la Constitución que cualquier jurista puede refutar, pero que hace que el ciudadano de a pie no conciba ya al texto constitucional como Norma Fundamental, gracias a los políticos. Estos son algunos ejemplos: el Gobierno se concibe ya como poder supremo, el Parlamento deja de valer como expresión más soberana del poder popular, se gobierna a golpe de decretazo y las leyes no se consensuan en ningún caso.

Se saltan la ley para hacer normas, despreciando la lógica de la jerarquía normativa que repele los quebrantos contra la misma constitución que la proclama. Se confunde interesadamente el papel de las instituciones y se sirven de ellas, derrochando todo trabajo de consenso cosechado en años precedentes. Los bloques frente al acuerdo. Y hasta aquí todo iría bien, siempre y cuando tuviésemos un poder judicial fuerte e independiente. Los políticos vienen y van.

Parece ser este el último baluarte de la Constitución enteramente vivo, la garantía de control del poder judicial sobre el ejecutivo. Y este parece ser el último reducto y blanco de diana del populismo más exacerbado que concibe en sus peculiares dos formas de gobernar en el conmigo o contra mí.

¡Ojo con los jueces! Son su próximo blanco y ahí acabaría la Constitución, la democracia, el sistema. Hoy pretenden trasladar la idea de que el poder judicial no representa al pueblo, ¿les suena a Waterloo? Pretenden bloquear nombramientos, hacer inoperativa la justicia y reformar la ley penal para ganar votos y apoyos, porque los jueces no les representan, ¿no lo han oído nunca?… ¿Pretenden acabar, como dicen, con la democracia?

No creo que tengan planes tan al filo de lo imposible, pero, sin embargo, si los políticos aquejan con sus acciones la independencia de la justicia, algo puede salir mal. Pero sí, están huyendo de la Constitución deslegitimando al poder judicial. He aquí un peligro, el mayor de todos: la Justicia paró el último de los caballos de batalla contra el régimen constitucional que se pretendió vislumbrar en el proceso independentista catalán. ¿Quiénes son de fiar? Y, por tanto, ¿quién nos representa? ¿Qué nos quedará entonces? ¡Puede romperse el camino emprendido en el 78!

Del consenso constituyente, al consenso en cuestiones de estado, no queda nada. Ese marketing político se lo está llevando todo por delante, no permitan que nos roben también la Constitución polarizándonos como han hecho hoy adueñándose y tirándose a la cabeza la mayor obra que se dieron para sí los españoles. ¡No se lo permitamos! Salvaguardemos la Constitución y vivamos en el respeto cotidiano de ser y dejar ser diferente, sólo así superaremos un relato peligroso para la convivencia democrática. La Constitución no es suya, es nuestra. Cada ciudadano debe hoy tener memoria, conocer la Constitución que no es un texto más sino la expresión del pacto social en pro de la democracia. Vivir en democracia es respetar al otro, compartir espacios de vivencias en las distintas facetas de la vida.

Es real, se puede percibir: lo que cambió a España y cambió a los españoles porque nos abrazamos fue el 78. El respeto al diferente, la igualdad en la diferencia y la libertad de conformar la propia vida no es quebrantable por el quehacer político y he ahí la mayor de las razones que nos han de hacer defenderla. No es de unos ni de otros, es de todos y sería bueno empezar por darla a conocer.

La hazaña y los que la hicieron, la música y la letra. Con esta Constitución, el jefe del Estado en tanto símbolo de unidad y permanencia del proyecto constitucional salvó la democracia poniendo fin a la Transición; con esta Constitución, vencimos a ETA desde el consenso político; con esta Constitución, entramos en Europa ganando un mayor espacio de libertad y prosperidad; con esta Constitución, nacimos LIBRES e IGUALES. Esta Constitución nos dará el futuro, que no arrebaten la letra ni el espíritu de los españoles del 78. ¡Es responsabilidad de todos! Son los valores de todos.

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