20 de agosto de 2019
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

Patio de columnas

Gabriel Araceli

Memoria histórica ante la muerte de Antonio Machado (II)

Con motivo del 80 aniversario de su muerte se ha hablado mucho de Antonio Machado y poco de su hermano Manuel. Pero no hay que olvidar que Manuel Machado fue otro de los grandes poetas españoles del siglo XX. Decía en mi artículo anterior que más que a sus obras me iba a referir a su vida política. Porque curiosamente uno (Antonio) murió en el exilio como partidario de la República y el otro (Manuel) vivió en la España Nacional desde el comienzo de la Guerra Civil hasta su muerte acaecida en 1947. Es verdad que Manuel el año 1931 defendió tanto o más que su hermano Antonio a la República. Llegó incluso a escribir un himno para el nuevo régimen con música del maestro Óscar Esplá, cuyos primeros versos decían: "Es el sol de una mañana/ de gloria y vida, paz y amor./ Libertad florece y grana/ en el milagro de su ardor./ ¡Libertad!/ España brilla a tu fulgor,/ como una rosa de Verdad", y en 1933 llegó incluso a firmar en la lista de intelectuales que fundaron la "Asociación de Amigos de la Unión Soviética".

Sin embargo, la revolución de Asturias, el radicalismo del socialismo español y la defensa a ultranza de los comunistas de la Dictadura del Proletariado le fueron llevando a una situación más moderada y de derechas. En el madrileño "La Libertad" fijó su ideología: "El mundo se debate hoy —lejos de toda libertad— entre dos dictaduras: la capitalista y la colectivista, la burguesa y la proletaria, entre el fascismo y el comunismo. Ambas son igualmente enemigas de la individualidad(...). Ambas son para mí igualmente detestables"... y más a raiz del asesinato de Calvo Sotelo. Según Marañón, Manuel y su hermano Antonio discutieron una tarde en la tertulia de "El Comercial" sobre el peligro de una guerra civil y la posibilidad de abandonar España "hasta que se maten esos locos". Pocos días después Manuel y su mujer, Eulalia Cáceres Sierra, viajaron hasta Burgos para visitar y despedirse de una pariente de la mujer que era religiosa de la orden de las Esclavas del Sagrado Corazón y allí le cogió el Alzamiento del 18 de julio. Los dos hermanos no volvieron a verse en vida. En 1939, al enterarse de la muerte de su hermano Antonio en Francia, no lo dudó y con la ayuda de Don Ramón Serrano Suñer, ya Ministro de Franco, pudo desplazarse en coche oficial hasta Colliure, allí se enteró de la muerte de su madre, y pudo conversar con su otro hermano José. Tras permanecer 3 días en Francia volvió a Burgos y poco después a Madrid donde fue nombrado Director de la Hemeroteca Nacional.

También pasó a la Historia el hecho curioso de los sonetos que escribieron Antonio cantando al comunista general Líster y Manuel a José Antonio Primo de Rivera. El primero ya lo reproducía en el artículo anterior y hoy reproduzco el de Manuel:  

ORACIÓN A JOSÉ ANTONIO
José Antonio, maestro. ¿En qué lucero,
en qué sol, en qué estrella peregrina
montas la guardia? Cuando a la divina
bóveda miro, tu respuesta espero.
Toda belleza fue tú vida clara.
Sublime entendimiento, ánimo fuerte,
y en pleno ardor triunfal, temprana muerte
Porque la juventud no te faltara.
Háblanos tu… de tu perfecta gloria.
Hoy nos enturbia la lección, el llanto;
más ya el sagrado nimbo te acompaña
,y, en la portada de su nueva historia,
la Patria inscribe ya tu nombre santo…
¡José Antonio! ¡Presente! ¡Arriba España!

Este soneto formaba parte de la antología "Corona de sonetos en honor a José Antonio Primo de Rivera", que se publicó durante la Guerra Civil y en la que aparecían también: Antonio Tovar, Ignacio Agustí, José Marta Alfaro, Manuel Augusto, Álvaro Cunqueiro, Gerardo Diego, Manuel Diez Crespo, Carlos Foyaca, Román Jiménez de Castro, Pedro Laín Entralgo, Eduardo Llosent y Marañón, Manuel Machado, Eduardo Marquina, Eugenio Montes, Alfonso Moreno, Eugenio Lyors, Leopoldo Panero, José María Pemán, Fray Justo Pérez de Urbel, P. Pérez Clotet, Dionisio Ridruejo, Félix Ros, Luis Rosales, Juan Sierra, Adriano del Valle y Luis Felipe Vivanco.


Me place reproducir también los sonetos de Gerardo Diego, Pedro Laín Entralgo, Luis Rosales y Dionisio Ridruejo:

SONETO A JOSÉ ANTONIO
ESE muro de cal, lindo espejo
en que araña su luz la madrugada,
de infame gloria y muerte blasonada
coagula y alucina alba y reflejo.
Para siempre jamás. La suerte echada.
El grito de la boca en flor rasgada
-en el cielo, un relámpago de espada –
y, opaco, en tierra, el tumbo. Después, nada.
Y ahora es el reino de las alas. Huele
a raíces y a flores. Y el decirme,
decirte con tu sangre lo que sellas.
Por ti, porque en el aire el nebli vuele,
España, España, España está en pie, firme,
arma al brazo y en lo alto las estrellas.
GERARDO DIEGO

SONETO A LA MANERA DE QUEVEDO EN HONOR
Y MEMORIA DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE
RIVERA.
LA gravedad profunda de la muerte
era, para tu sangre, vencimiento,
para tu juventud, desasimiento
de hacer arquitectura el polvo inerte.
Vino luego el dolor de recogerte
en tierra que cumplió tu mandamiento.
¡Tu voz, que dio contorno al sentimiento,
se dobla ante el mandato de la suerte!
Pero España clamó, desarbolada,
por convertir en fuerza su impotencia
y unir el pensamiento con la espada.
Y por hacer más corto su camino,
cambiaste por la gloria la existencia
y Dios elevó a norma tu destino.
PEDRO LAÍN ENTRALGO

SONETO A JOSÉ ANTONIO, QUE DESCUBRIÓ,
EXPRESÓ Y DEFENDIÓ LA VERDAD DE ESPAÑA.
MURIÓ POR ELLA.
TU amaste el ser de España misionera
frente al peligro y por la luz unida,
el ser de la evidencia enaltecida
del mar latino en la ribera entera;
tú la verdad de España duradera
de la esperanza y del dolor nacida,
verdad de salvación al tiempo asida,
verdad que hace el destino verdadera;
tú la unidad que salva del pecado,
la unidad que nos logra y nos descubre
en los ojos de Dios como alabanza;
¡ya no tienes la vida que has salvado!,
la tierra te defiende y no te cubre
como el vivir defiende la esperanza.
LUIS ROSALES

SONETO EN LAS HONRAS A JOSÉ ANTONIO
EL rastro de la Patria, fugitivo
en el aire sin sales ni aventura,
fue arrebatado, en fuego, por la altura
de su ágil corazón libre y cautivo.
De la costra del polvo primitivo
alzó la vena de su sangre pura
trenzando con el verbo su atadura
de historia y esperanza, en pulso vivo.
Enamoró la luz de las espadas,
armó las almas, sin albergue, frías,
volvió sed a las aguas olvidadas.
dio a la espiga y a la estrella,
y, por salvar la tierra con sus días,
murió rindiendo su hermosura en ella.
DIONISIO RIDRUEJO

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