07 de agosto de 2020
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

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Eduardo Gavín

Vuelta el virus al trigo

Fernando Simón, portavoz del Gobierno en el caso del Coronavirus.
Fernando Simón, portavoz del Gobierno en el caso del Coronavirus.
A riesgo de aburrir, la verdad obliga. La información sobre el coronavirus sigue llena de ruido, vacía de enjundia y envuelta en el tono, entre sobrado y paternalista, que usó el corresponsal Milá el otro día. Se ha extendido, en muchos medios, en especial de izquierda, un discurso enloquecido que llega a plasmar que "lo aterrador no es el coronavirus (?) sino lo fácil que es llevar a la población al pánico y de ahí a la xenofobia y de ahí a la ultraderecha".
 
Coincido en que el virus no es "aterrador", por lo que se sabe hasta ahora. Pero eso no significa que no haya que preocuparse, cuidar los hábitos personales y crear sistemas de contención públicos. Y ahí radica parte del problema. El gobierno, los gobiernos, los 17 autonómicos, han actuado poco, tarde y mal. No hay un teléfono nacional dedicado a la notificación de casos. No hay entradas diferenciadas en urgencias. No se ha pedido que se llame a urgencias, en lugar de ir al hospital, hasta que no hemos tenido unos cuantos casos patrios. 
 
Todas estas excentricidades las tomo de las recomendaciones del Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos o del Servicio Nacional de Salud (NHS) británico o del protocolo para alertas epidémicas de Portugal. Todas estas medidas, además de una buena información al público, lejos de alarmar, alertan. Pero la alarma tiene un cierto regustillo caótico que viene bien a los políticos para tapar su gestión inexistente y eclipsar sus marrullerías delcinianas o junquerianas. 

Mascarillas en los aeropuertos.

 
Así, creo yo, se empieza a entender por qué El País insiste en llamar al orden en sus artículos de pago mientras en la parte públca amarillea en grandes titulares que pasan a segundo plano la excarcelación del golpista Junqueras. 
 
Y el caso es que ha calado. El mensaje de que el virus no es nada (que febril la mirada...) se ha extendido entre la horizontal verborrea ciudadana, llamando histéricos a los de la OMS, al gobierno chino, a las empresas que suspenden reuniones o incluso a las farmacéuticas que mandan a sus trabajadores al ordenador de casa.
 
Y vemos cómo la población más bulliciosa, que se queja siempre de que el poder le oculta cosas, de que no le representa y de que no la considera, pide que la desinformen, que no le digan que tome medidas, que eso llama al miedo. Y vemos también cómo esa misma gente, que se admiraba de ver a los chinos poner en pie dos hospitales (de barracones prefabricados) en quince días, querer que aquí no se tomen medidas que lleven al pánico y al fascismo.
 
El pánico y el fascismo comparten una unidad de destino en lo español: que hace años que nadie ha visto ni lo uno ni lo otro. En las peores situaciones de los últimos años ha podido haber ciertas reacciones histéricas (que han beneficiado siempre a la izquierda, por cierto) y poco o ningún pánico o fascismo. Y ahora sucede lo mismo. 
 
Ante la falta de información, todos nos ponemos algo nerviosos y quizá hayan acudido en masa a las farmacias a por geles y máscaras. Las farmacias, que tampoco han sido capaces de cubrir esa demanda, insisten ahora en lo innecesario de las máscaras futuras, no de las pasadas ya vendidas.
 
Pero la verdad es que no hay pánico. Nadie en la calle lleva una máscara. Ni siquiera se sube un poco la bufanda. Los bares siguen llenos, los restaurantes también. En los trenes no hay billetes y las ferias siguen su habitual desarrollo. Ni rastro del pánico del señor Milá o del fascismo del señor Gallego. Ayer, eso sí, vi a una camarera estornudarse en la flexura del codo. Algo es algo.
 

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