01 de abril de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Ángel San Martín

El Corinnavirus se lleva por delante a Juan Carlos

El Rey emérito.
El Rey emérito.

Casi una semana después del melífluo discurso del Rey, todo sigue igual o parecido. La batalla legal aún no se ha iniciado, pero el viejo Rey vela ya sus armas para un largo y farragoso proceso judicial. Su antigua condición de inviolable ya no le protege. Repudiado por su propio hijo, Juan Carlos vive un presente muy triste y se prepara para un futuro muy incierto. 

A nadie extraña ya el envejecimiento prematuro de Felipe VI. El Rey pivot ha dejado de ser escolta de su padre. Le acaba de despojar del sueldo, del prestigio y de la dignidad. El pasado 15 de Marzo, con nocturnidad y energía, la Casa Real extendió el certificado de defunción de la propia Familia Real. Felipe ha renunciado a la herencia de su padre, pero no a toda, conserva la Corona.

Juan Carlos que desde 2014 no es ni Rey ni emérito, ha cobrado propinas descomunales. Una suerte de bote mastodóntico por los servicios prestados en Arabia Saudí. Quiso compartirlo con su penúltima amante Corinna Larsen, pero ella le inoculó el “Corinnavirus”. Se trata de una grave enfermedad institucional que Juan Carlos contrajo a una edad muy tardía, coincidiendo con una de sus muchas excursiones amatorias. El ex Rey quiso vacunarse contra el Corinnavirus pagándole 65 millones de euros extraviados en el berenjenal de una de sus fundaciones.

Juan Carlos I y Felipe VI.

Un fiscal de Ginebra, Yves Bertossa, le marca como sólo se marca a Messi, hombre a hombre, comisión a comisión, con puntualidad suiza. Y promete no soltar la pieza hasta conducirla ante los tribunales. Juan Carlos, octogenario con aspecto de octogenario, podría invocar de nuevo la irónica máxima del periodista Miguel Ángel Aguilar: “aprendí mucho Derecho, siempre sentado en el banquillo”.

Juan Balansó dejó escrito en 1992 un libro imprescindible titulado “La Familia Real y la Familia Irreal”. Borbones a borbotones. Se refería a la dinastía de la que Juan Carlos representa ya la irrealidad. Comisionista real como la vida misma. Cuando le coronaron en 1975 no existían ni el fatal coronavirus ni el fatídico Corinnavirus y los periódicos madrileños le bautizaron Juan Carlos I El Decente. Hoy compiten por revelar sus indecencias.

Juan Carlos mató accidentalmente de un disparo de pistola a su hermano Alfonso en 1956. Y en 2012 se disparó involuntariamente un tiro en el pie al tiempo que mataba elefantes a rifle en Botsuana. Le acompañaba por última vez Corinna. Desde entonces, la Monarquía cojea del mismo pie, el de la corrupción. El domingo pasado, Juan Carlos se convirtió en pieza de caza mayor por su tenaz empeño en tentar a la única bala de su adictiva ruleta rusa. Su hijo menor, Felipe, se ha hecho mayor quitándole el salario y dándole sobradas razones para abandonar España. La Monarquía barbicana de Felipe es tan resultona que no necesita de monárquicos. Se basta con la creciente legión de felipistas, que no leticistas, para sostener un régimen anciano rejuvenecido por el mismo bisturí que ha operado repetidamente a Letizia.

Lo demostró de nuevo, con nocturnidad y energía, en su discurso del pasado miércoles. Todos los mensajes, previsibles y ramplones, en torno al coronavirus. Ni una línea sobre la primera víctima del Corinnavirus, su propio padre. Real como la vida misma.

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