28 de enero de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Eduardo Gavín

El precipicio

El zopenquismo español vive los que son, probablemente, sus más altos momentos. El zopenco hispano ha descubierto que no está solo en el Universo, sino que las pulsiones con las que llena el vacío de su pensamiento son compartidas con una parte no poco importante del mundo civilizado. Ese zopenco español que culpaba de la muerte de Santo Dominguito del Val a los judíos o quemaba las calles madrileñas para que no las empedrasen, ha encontrado un filón de oro con el coronavirus.

Al principio de la pandemia, las voces más sonoras fueron las del simplón español (“Ignorantis hispaniae”), normalmente adscrito a la izquierda arrebañada, y clamaban que esto no era sino una gripe, que era todo alarmismo fascista y entronaban a Simón y sus risitas, negando a su vez la utilidad de cualquier medida de profilaxis, vía mascarilla o confinamiento. Cuando el señor Sánchez proclamó el confinamiento todos, obviamente, accedieron sumisamente y aún hoy muchos de ellos son “expertos” televisivos que proclaman hoy lo contrario de lo de entonces, sin un ápice de vergüenza y sin noción de estarse contradiciendo.

En esa misma época, la derecha, una y trina, pedía a gritos mascarillas (¡profilaxis pa´l pueblo!) y aplaudía a Ayuso cuando cerraba las peluquerías y Sánchez no las recordaba, porque él tiene peluquero particular.

La derecha acusaba a Sánchez de haber confinado tarde, de haber permitido el 8M, los partidos de fútbol y hasta el congreso de Vox en la plaza de toros de Carabanchel. “Si hubiésemos cerrado antes…”, se lamentaban. Y yo con ellos.

Pero hete aquí que Pedro Sánchez, como sus expertos, va cambiando de opinión. Según él porque la ciencia cambia. Casi a diario. Una cosa loca. Y conforme nos va convenciendo de que él siempre ha dicho lo correcto y siempre ha tenido razón, cuando decía digo y ahora al decir Diego, resulta que la derecha, va acompañando el giro como en un tango enloquecido. Y de tanto querer oponerse, el derechista con red social – antes derechista de taberna – resulta que se ha convertido en el calvo besucón del jersey de ochos del 8M.

Así aparece la nueva especie, el Delirantis Conspiranoicus de la derecha española, que lo mismo defiende que la libertad es contagiar, como cree que es un atentado contra la libertad el que te impidan pasar un conejo muerto por una aduana de Canadá. Un ser desorientado que es capaz de negar a la vez la existencia del virus, su virulencia, la efectividad de las vacunas y los muertos que se acumulaban en los palacios de hielo de Madrid y alrededores. Los mismos que exigían que se mostrase esa realidad en los primeros días de esta pandemia. De este modo, han acabado negando, como Sánchez y Simón en 2020, la utilidad de cualquier medida de profilaxis, distancia o confinamiento.

Vemos a mucho plumilla de la prensa seria disertar sobre virus y proteínas spike (spider para los amigos), de diseminación y de virus. Arcadi Espada, siempre hombre adelantado en el camino al precipicio, habla de linfocitos T con la única formación de su notabilísimo discernimiento y sus lecturas de prensa internacional con un inglés que yo presumo macarrónico. Algún tipo que se jacta de ser aficionado al gintonic proclamaba el fin de la pandemia en abril del año pasado. Otros dicen que Omicron es menos virulento. Algunos incluso dicen ahora que esto ya no es coronavirus sino una gripe… No seré yo quien defienda la excelencia de las vacunas administradas.

Aún recuerdo los insultos que recibí cuando ignorantes y delirantes concordaban en que “cualquier vacuna vale” y yo decía que en prevención tenía que primar la prudencia antes que la evidencia. Tampoco sé el beneficio epidemiológico de la vacuna en los niños, aunque tampoco tengo datos ni formación para juzgar. Pero siendo que las vacunas son aparentemente flojas en cuanto a su objetivo, lo cierto es que basta ver los ingresos actuales con los de hace un año, cuando había diez veces menos casos, para entender que algo ha sucedido.

Para ellos, no es la vacuna, único hecho diferencial probado entre el 2020 y ahora, sino porque el tiempo, la Madre Naturaleza o la intervención divina han debilitado al virus. Y preferirían dicen, ahora, muchos después de vacunarse, no haberlo hecho. Como si un náufrago se quejase del menú por la comida del crucero que lo acaba de rescatar.

A mí no me quedan fuerzas para seguir desasnando gente. Además, ni siquiera sé demasiado sobre virus. Algo más sobre biología molecular sí sé, aunque poca gente me lo reconozca, quizá mis antiguos alumnos de dicha asignatura. No se puede argumentar ante quien, con formación más bien literaria, nunca se ha enfrentado a la resolución de un problema teórico y lo que conlleva. No hay discusión posible ante aquellos que no aceptan la evidencia ni aunque se encuentre en la matrícula del camión que los acaba de atropellar. A los que prefieren sus conclusiones personales. No vale la pena discutir lo que es un linfocito T para quien hace un año no sabía que tal cosa existiese.

Queda pues dejarse llevar, observar y protegerse y esperar que mi entorno más cercano se libre de caer en este virus. El que quiera enfermar, que enferme. Y que haga enfermar a cuantos pueda. Después vendrán los llantos y el crujir de dientes en el hospital, ese arrepentimiento que el Convidado de Piedra exige a todo español. Si no, si no enferma, pues lo atribuirá a su suerte o a que tenía razón y esto no era más que un catarrillo. Como él siempre dijo. La demostración de que ser imbécil es como estar muerto. Sufren los demás.

Finalizo. Cabía esperar que una de las dos Españas nos helase el corazón. Pero nunca pensé que, a fuerza de vueltas y cerrilidad, ambas se pusiesen de acuerdo. Solo queda, parafreasando a João Pinto y siguiendo a Espada, mirar al precipicio y tomar la decisión correcta: dar un paso al frente.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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