16 de agosto de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Dime con quién andas...

Pedro Sánchez en la Cámara Baja.
Pedro Sánchez en la Cámara Baja.

Cuando necesitamos buscar una explicación congruente para intentar entender determinados comportamientos, hasta los más despreciables, solemos rebuscar en el baúl colectivo del refranero, auténtico tesoro de la sabiduría popular, al que han recurrido nuestros mayores desde siempre. Como estamos constatando, ante una evidente falta de cultural general, serán muchos los jóvenes incapaces de relacionar conductas con el acervo cultural hispano, del que deberíamos seguir aprendiendo, porque muchos de nuestros abuelos, que fueron analfabetos, almacenaban conocimiento a espuertas.

Determinados personajes públicos, algunos muy torpes, no son capaces de ampararse en la costumbre de los sabios. Nuestros ancestros calificaban las conductas con precisión milimétrica. Habrá quienes etiqueten esos modos de explicarse como deleznable contraposición al progresismo denostando todo lo que no entra en sus dictados intransigentes. Algunos descuidados con buena fe, recurriendo al refranero, olvidan las normas emanadas de esa tendencia cool.

A partir de cierta edad, muchos ciudadanos tememos expresarnos ante la mínima posibilidad de ofender sensibilidades interesadas. La censura de los sectarios está imponiéndose con firmeza. Hay quien obedece al dedillo y actúa irradiando el sentimiento de culpa a quienes hablan libremente sin faltar al respeto. La consideración al prójimo se demuestra haciendo, no diciendo. No es correcto asumir un discurso teórico y después actuar del peor modo. Las deficiencias en personalidad, contra lo que se debe luchar con educación familiar y social, supone un regalo para los manipuladores.

En cualquier grupo de amigos suele haber líderes, indolentes y los que obedecen sin rechistar. También, en la clase política es incontestable la capacidad de algunos para dirigir voluntades detentando el poder repartiendo cargos y nóminas. Los cobardes, demasiadas veces, son egoístas; se ponen a disposición de los que mandan para hacer carrera. Los obedientes, además, pueden ser muy peligrosos, porque ejecutan las órdenes de quienes no se manchan las manos ni arriesgan su futuro. Pero los hay que se posicionan de perfil. Aparentan no seguir las normas de los que imponen la disciplina del grupo, pero de boquilla. Cuando son puestos a prueba, sin miramiento alguno, ejecutan la genuflexión adecuada para mostrar su sumisión más asquerosa. No se les puede creer, sencillamente, porque están concentrados en su interés personal.

Los mayores recurrían al refranero para calificar cómo era una persona conociendo con quién se juntaba. Lo hemos comprobado durante las votaciones del Congreso de los Diputados. Una gran manada de indolentes, rodeados de obedientes, han apretado el botón indicado para seguir ocupando ese privilegiado lugar. Se puede comprender ese modo de actuar, entre otras razones, porque hay que pagar hipotecas; el bolsillo es agradecido hasta con los precios de la cafetería, que dan vergüenza ajena. Y los oponentes, esos seres tan dignos que señalan los pecados de quienes detentan el poder, demasiadas veces, tampoco suponen un ejemplo de virtud. Entre esos grupos hay indolentes del diablo y obedientes del dedo flojo para hacer lo que se les ordena sin rechistar.

No debería olvidarse el periodo en el que la pandemia supuso una cortada perfecta para cerrar las Cortes Generales. Muchos parlamentarios, que se quedaron en sus casas fuera de la capital percibieron las dietas, que están previstas para financiar gastos por viajar y residir, periódicamente, en Madrid. Aunque hubo alguien que lo denunció desde el mismo estrado, la gran mayoría estuvieron de acuerdo, callaron y cobraron. No hubo enfrentamiento dialéctico, reproches o críticas enfervorecidas. Ahí se puede aplicar el refranero con acierto, entre otros dichos más soeces. Más aún, si alguien une su futuro a una facción ideológica que no condena el terrorismo despreciando a sus víctimas o legisla un atropello interesado a la historia moderna, quienes se mantengan alineados en ese grupo, como indolentes u obedientes, deberán asumir la reflexión que emana del refrán popular: “Dime con quién andas”.

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