01 de agosto de 2021
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Galgos o podencos

Colas para votar el pasado 4 M.
Colas para votar el pasado 4 M.

Merece la pena echar un vistazo hacia la segunda mitad del siglo XVIII para encontrar una fábula de Tomás de Iriarte, que cobra especial actualidad. El autor reflejó un problema pertinaz en nuestra historia. Cuando una remesa de egoístas empedernidos, alistados en grupos de influencia, se instala en el poder y se empeña en minimizar al contendiente, los problemas reales de la ciudadanía van quedando en un segundo plano. Las reglas que definen lo que conocemos como sentido común y el respeto a los intereses que conforman el bienestar social se solapan entre disputas ideológicas, enfrentamientos sectarios para decidir el futuro según los esquemas políticos que se impongan.

La fábula dice: "Por entre unas matas, seguido de perros, no diré corría, volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero y le dijo: «Tente, amigo, ¿qué es esto?» «¿Qué ha de ser?», responde: «Sin aliento llego...; dos pícaros galgos me vienen siguiendo». «Sí», replica el otro, «por allí los veo, pero no son galgos». «¿Pues qué son?» «Podencos.» «¿Qué? ¿Podencos dices? Sí, como mi abuelo. Galgos y muy galgos; bien vistos los tengo.» «Son podencos, vaya, que no entiendes de eso.» «Son galgos, te digo.» Digo que podencos". En esta disputa llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.

En estos días, mientras nuestros referentes sociales discuten asuntos que creen importantes, la dura realidad y sus graves consecuencias atrapan a los demás. Los conejos políticos no corren riesgos, discuten desde una posición segura mientras los galgos o podencos cazan a quienes están a su alcance. Es muy sencillo observar la desgracia general desde la atalaya de los poderosos, amparados por unas prebendas que los distancian del peligro. Hemos sido testigos de una verdadera pendencia verbal entre quienes deben orientar sus esfuerzos hacia el bien común, pero parece que no les importa.

Escuchando a determinados líderes políticos, a unos más que a otros, muchos ciudadanos tienen la sensación de ser despreciados descaradamente porque toda la dialéctica se empecina en engañar, tergiversar y manipular a los potenciales votantes, esos que acuden a meter un sobre en la urna -las trampas relacionadas con el voto por correo merecen una especial atención y control-. En esa puesta en escena se aprovecha cualquier frase, gesto o incidencia, aparentemente inocua, para ofertarla como desgarradora afrenta sobrevenida como una tragedia apocalíptica, a la que se recurre para generar alarma añadiendo violencia verbal y provocar reacciones viscerales de los que piensa poco y mal.

La sobreactuación de las amenazas por carta no ha hecho más que ofender a las personas que tienen clara la dimensión adecuada de los hechos. Una legión de facinerosos, bien retribuidos, han coreado hasta el hartazgo las arengas desproporcionadas que disponen los ideológicos de la perversión. De un modo directo o alusivo, quienes han querido sacar rédito de una habitualidad conocida, no han tenido el menor recato en identificar al contrincante político como posible autor intelectual de semejante ofensa. Siempre habrá personas interesadas en seguir el juego para irradiar una patraña tratando de sacar rendimiento electoral. Pero los que están cocinando el modo de maniobrar nuestras intenciones no cejan de perseguirnos mientras algunos seguimos discutiendo si son podencos o galgos los que nos quieren hacer daño.

No es sencillo distinguir, en algunos casos, quién puede ser peor, porque hay ejemplos tremendos de injusticia social mientras se está dilucidando, todavía, dónde estamos ubicados en el mapa ideológico. Nos hacen pasar las horas -nos regodeamos demasiado-, debatiendo dónde están los extremos y el centro, aquí, allá, como muñequitos de Barrio Sésamo, esas marionetas de tela que mueven las manos expertas de quienes buscan ordenar nuestras vidas al modo que consideran sus agendas políticas. Y continuamos enfrentándonos al ritmo que imponen esos malabaristas sociales, empeñados en llevarnos al redil de lo uniforme, todos en el mismo rebaño, ordenados, silenciosos, aceptando consignas para sobrevivir sin capacidad de discrepar. Nos están organizando el censo electoral y diseñando el escenario legislativo para derribar el actual modelo de sociedad democrática. Hay mucha gente que desea conservarlo con máximas cotas de libertad, pero seguimos discutiendo, inútilmente, sobre si nuestros enemigos son galgos o podencos.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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