08 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Sergio Martín Guardado

Grande-Marlaska o la destrucción del propio ser

Grande-Marlaska cuando era juez.
Grande-Marlaska cuando era juez.

Recién elegido el juez Grande-Marlaska como ministro, entrado ya el mes de junio de hace dos años, compartía tertulia con uno de esos amigos que son para toda la vida, uno de esos con los que no te vas de juerga, aunque sólo sea por la diferencia de edad, pero con los que compartes momentos que te marcan de por vidas. Con dos cafés solos con hielo, se ponían sobre una calurosa tarde de estío dos visiones opuestas sobre la figura y obra de un juez al que muchos se querían parecer en las aulas de las facultades de Derecho de todo el país. A veces, nuestros amigos son pequeños maestros que nos marcan de por vida y, en aquel emplazamiento de la capital charra que no mencionaré para no dar pistas, estos días, he vuelto a descubrir que el equivocado era yo.

En mi adolescencia siempre quise ser jurista sin tener claro a qué profesión de las tantas a que dicha condición da acceso quería dedicarme, sin embargo, algo sabía con certeza: No quería ser juez. Nunca me vi a mi mismo capacitado para decidir algún día sobre el camino que debiera tomar la vida de una persona individual, aunque he de reconocer que la vida colectiva de la sociedad me interesaba mucho de siempre. El análisis del rumbo que tomaban las sociedades democráticas y la situación política del país me interesó desde que era niño. Desde muy pequeño, en el instituto, sabía quién era el juez Grande-Marlaska, en una época en la que el terrorismo etarra todavía acechaba nuestra democracia y, solo con saber que era una persona que luchaba contra aquellos canallas, ya me parecía un valiente, un grande, un hombre al que admirar.

En aquella tertulia de la que os hablaba, mi amigo me alertó: “Cuidado con los jueces, algunos parecen tener la verdad absoluta y una visión única de la realidad, te lo digo yo que me he peleado con muchos”, decía cual experimentado abogado. Yo le pregunté: “Pero ¿no defiendes a los jueces y su independencia?” Me volvía a prevenir: “Por supuesto, una cosa no tiene nada que ver con la otra, de hecho, sin jueces no hay democracia”.

El ministro Grande-Marlaska.

Ahí quedó la cosa y cómo siempre me arrojó muchas incógnitas, llevándome sólo claro a mi casa que mi amigo desconfiaba del juez Grande-Marlaska o, más bien, que no confiaba en que Marlaska fuera un buen ministro. “Cada cual a su papel”, se me quedó grabado desde entonces, aunque en aquel momento no me lo tomé muy en serio. Esa misma noche, al llegar a mi piso de estudiantes, me puse a buscar en internet: ¿Qué borrón negro tendría ese gran juez para que mi amigo desconfiara? El primero de los casos mediáticos que Internet me mostraba era el caso Faisán, que saltó a la luz en la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero como presidente. Lo recordaba por un arduo debate entre el diputado Ignacio Gil Lázaro, entonces del PP, y el señor Rubalcaba en el Congreso de los Diputados, que el propio ministro Marlaska recordaría estos días en una afrenta frente al hoy diputado de Vox. El caso investigaba un presunto chivatazo a ETA. Yo que, por aquel entonces ya conocía por los medios algunas vergüenzas del hoy exjuez Garzón, sólo puede ver como bueno que le sustituyera en un caso iniciado por aquel un gran hombre como el juez Grande-Marlaska.

Poco más puede ver en internet del juez Marlaska aquella noche y, mucho menos, algo que pudiera poner en cuestión su intachable carrera. Entonces, pensé: “A mi amigo, con eso de que es abogado, no le gustará ningún juez” y me olvidé. Hasta estos días, seguí manteniendo mi visión de integridad, admiración y valentía de una persona que, a pesar de estar amenazada por el terrorismo, no cesaba en su empeño por hacer justicia. 

Sin embargo, está visto y comprobado que no se puede idolatrar a nadie que no conoces ciertamente, no puedes idolatrar a personas con las que no tomas café o que ni siquiera conoces más allá de la Prensa, aunque te hablen muy bien de ellas. Hoy, a muchos estudiantes de Derecho se les habrá caído ya un mito. Quizás a muchos de aquellos que hoy serán jueces. Tenía razón mi amigo, no siempre la profesión va por dentro y, en ocasiones, sólo va por fuera. Tan sólo es una imagen, una mera apariencia. Entonces, ahora, entiendo que la admiración sólo se puede tener hacia quien conoces muy bien y, aun así, a veces el subconsciente te traiciona. A veces las personas excesivamente admiradas no entienden que algún día pueda mostrársele la mínima crítica hacia sí mismos, porque la idolatría contribuye, en ocasiones, a la destrucción del propio ser.

Todo juez intenta buscar la verdad desde la neutralidad y, no, no puede entenderse como Grande-Marlaska ha derivado en un peligroso enemigo para la integridad misma del Estado de Derecho, que no puede existir sin la necesaria presencia inquebrantable del principio de separación de poderes. Hannah Arendt ya advertía en su teoría sobre el republicanismo cívico que no basta para el mantenimiento de la separación de poderes, el Estado de Derecho y la democracia una plasmación de estos conceptos en la Constitución, sino que sólo una concepción de la libertad alejada del pisoteo constante de los derechos de los demás puede contribuir a la protección de las libertades de todos los ciudadanos. El derecho a la tutela judicial efectiva no puede entenderse sin la necesaria independencia judicial, en tanto derecho mismo y más elemental de los ciudadanos; que, por otra parte, es también el derecho de todos a saber la vedad.

No queda en duda la independencia de la jueza Rodríguez-Medel sino, más bien, la traición del yo del Marlaska ministro al Marlaska juez. Dije antes, que no quise ser nunca juez y que no puedo determinar ni debo hacerlo si el ministro cometió injerencia o no. Pero lo que tengo por seguro es que su actitud no dota de confianza al Estado de Derecho, algo tengo claro como ciudadano: El ministro miente y, mintiéndose a sí mismo, nos pretenden engañar a todos. Ocultando la verdad, pretende ocultar que España es un Estado de Derecho.

Suicidio político

Una sociedad jerarquizada, decía Arendt, busca la obediencia acrítica hacia el poder establecido, acomodarse y callar ante un individualismo egoísta. Si calláramos, si no fuésemos críticos, contribuiríamos a mantener el silencio y la ignorancia como las formas más primitivas de aquiescencia. Si calláramos, ante esa constante mentira que ya no puede escapar ni de si misma, porque tengan claro que el ministro ya no va a escapar de si mismo y que quien mató al juez Grande-Marlaska morirá más pronto que tarde. El ministro Marlaska se suicidará y enviará con su suicidio político a todo el Gobierno de la infamia propagandística hacia un juez infalible: la verdad; ya que no se entera que la comunicación basada en el engaño nunca podrá tapar sus despropósitos. Tan nervioso estuvo ayer, que cada día me queda más claro: Grande-Marlaska llevaba la profesión por sólo por fuera, basaba el ser jurista y juez en una apariencia de media verdad; lo sigue haciendo. Y, el juez transitorio, no aprendió que la búsqueda de la verdad y el sentido crítico forman parte del buen jurista, que muchos seremos eternamente, aquellos que llevamos la profesión por dentro y no sólo los buenos jueces. La honestidad y la falta de esta marcan la falta de la coherencia en el discurso del Marlaska ministro. Y, un discurso mal construido, falto de conexión y variante, es un mal alegato que predice una sentencia desfavorable, así como una sentencia inconexa que pretende justificar lo injustificable puede ser fácilmente recurrible.

Entonces, los españoles ya saben, que el Sr. Fernando Grande-Marlaska Gómez ha asistido a la destrucción de su propio ser idílico, para mostrarnos al monstruo que siempre parece haber llevado dentro, como bien presentía mi amigo.

Si algo tienen claro los españoles de bien, cada día más, es que no se puede idolatrar a nadie, tan solo aquellos en los que no creas ciegamente, sino con los ojos muy abiertos. De momento todos sabemos ya que el juez Grande-Marlaska, aunque sólo sea el que teníamos en nuestras mentes, el de la integridad y la coherencia, ha dictado sentencia para el ministro Marlaska: Es un vil mentiroso, que sólo tiene discursos programados en sus ya inseparables tarjetas. Y, como decía Machado: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés”. Entonces, aunque algunos se empeñen en refutarla, diciendo que la verdad puede tener más de un camino, estos no pueden llevar a lugares distintos: no podemos ir de la “pérdida de confianza”, a la pérdida de confianza justificada en “no informar del desarrollo de investigaciones y actuaciones de la Guardia Civil, en el marco operativo y de Policía Judicial, con fines de conocimiento”, porque el juez Grande-Marlaska que algún día existió en nuestras mentes como ejemplar servidor público ha sentenciado al ministro Marlaska. No hay vuelta de hoja.

Si, como dijo ayer literalmente el ministro Marlaska en el Senado “si hubieran tenido conocimiento del informe lo hubieran tenido antes” y, ya que le preocupaba al mismo que el informe se filtró a la prensa, debiera saber que los jueces, y mucho menos la jueza Rodríguez-Medel, no necesitan ser tutelados por ningún ministro, por aquello de que son independientes y se someten únicamente al imperio de la Ley y ellos mismos pueden investigar esas filtraciones.

Así, con el precedente del caso Faisán, en el que el juez Grande-Marlaska pidió acertadamente que los funcionarios de policía a su servicio “no informaran a sus superiores”, también es entendible que Rodríguez-Medel tuviera el buen criterio y el legítimo derecho que le otorga la potestad jurisdiccional exclusiva de jueces y magistrados de aplicar igualmente los artículos 126 de la Constitución y 550 de la Ley Orgánica del Poder Judicial y ese mismo criterio e, igualmente, el señor Pérez de los Cobos tuviera que negarse a incumplir una orden contraria a dichas obligaciones legales.

La razón de ser de un buen jurista y más de un juez es defender la verdad, caiga quien caiga.

Sergio Martín Guardado es Investigador en el Área de Derecho Constitucional de la Universidad de Salamanca.

 

 

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