06 de junio de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Juan Pérez de Mungía

Las tesis doctorales del sistema universitario español a examen: Cate Tesis

Existen ciudadanos que caminan impertérritos como si nada fuera con ellos o como si todo les resultara ajeno, otros que por vergüenza ajena ocultan la propia, otros muchos que miran como tontos el dedo del que señala al cielo. Existen, en cambio, quienes se sonrojan, que adivinan detrás de hechos en apariencia circunstanciales una regularidad que reclama reflexión y acción. Al ignorante cualquier serie de hechos le parece azaroso, como accidentes de una fortuna caprichosa. Se habla de casos puntuales, de corruptos. ¿Como reconocer una institución enferma? ¿Quien puede ver en un falsario, la factura de un presidente de gobierno? La risa va por barrios. El malestar crece. Los cómplices callan porque saben que cuando dos se pelean, no son otros los que se llevan las bofetadas. Vuelve a cundir el ejemplo de Barrionuevo. ¿Quien va a tirar de la manta?

Al poder le rodea el boato de la factura prepagada y el protocolo, ese artificio que crea una atmósfera de intimidad y distancia en un espacio sagrado que brinda al delincuente una inmunidad absoluta. El falsario gesticula su ignorancia como si fuera la expresión de un ritual carismático. ¿Quien puede denunciar al falsario? Ni el mismo acudirá a los tribunales a defender su honor no siendo que en el empeño se manifieste su deshonra. Impone el silencio, impone la resistencia pasiva. Esperar a que la tempestad pase y sacar de la chistera una nueva promesa, la reedición en cascada de una ya incumplida.

Cada poder constituye su propia feligresía. La feligresía se reconoce en ignorar la evidencia, crear en torno al creyente una atmósfera de seguridad sectaria, adjurar de la verdad como si de una tentación diabólica se tratara, y bendecir cada acto por aberrante, o temerario que sea, si se evita el lucro cesante. Decir lo contrario de lo que se hace, y hacer lo contrario de lo que se se dice. El feligrés es un súbdito en estado puro que ignora la banalidad del mal, la inanidad del poder, su patética desnudez. Y los verdugos que aplican la consigna, los corifeos de quienes quieren aparentar ignorancia. A Sánchez le han hecho la tesis doctoral como un puzle de refritos, a golpe de tuit, como un recorte indisimulado de copia y pega, constantemente actualizado. El depósito de su tesis doctoral se hizo en la propia mano del tribunal que había de juzgarle. Como nunca redactó por sí mismo nada no es posible determinar si su texto le pertenece a él o a cualquier otro, lo que sería posible con cualquier análisis de semántica latente en textos y discursos. Mas grave todavía el puro plagio. ¿Que autoría cabría decir de aquel que encargó un trabajo y sólo ejerció de busto parlante? Queda el plagio de ese otro al que no cita, un cómplice, un agente encubierto de su propósito que no se atreve a denunciar. Toda la miseria de Zapatero y sus tertulianos de la bombilla sale a la superficie. Son tantos los implicados, los genios de la cloaca política, que los tribunales no sabrán hacer nada. Sin denuncia no hay proceso, sin una fiscalía anticorrupción independiente del Estado. Ni siquiera Villarejo pudo con Pujol. Además, cualquier incompetente juez de lo contencioso-administrativo le daría la razón al poder de turno. Es la expresión de la soberanía que pudre el Estado de Derecho. Es la forma en que se impone el silencio en la corte, en la tribu del faraón, en la stasi política, en la omertá del asesinato. Cualquier bellaco concita silencio y obtiene la bendición de la magistratura. La jurisdicción contencioso-administrativa no es la jurisdicción penal.

Los hombres buscan primero el poder, luego el prestigio; ese ropaje con que tratan de recubrir el poder de dignidad y beatería, una legitimidad de la que carecen a golpe de maquillaje de promesa y talón. Así se aúpan los canallas, sobre los cadáveres que siembran y los acreedores que a su paso sirvieron de alfoz a su promoción. Seducidos por ese artificio de orden y sabiduría que acompaña al poder, decía Giscard D'Estaign, el ciudadano apenas sospecha que detrás de aquellos en quienes confía existe un falsario o un criminal que gesticula su ignorancia haciendo creer a los súbditos que es sabio. De pronto, por lo que parece un azar del destino se descubre la hediondez que flota, la mierda en el armario. ¿Quien roba más? ¿Quien atesora beneficios, prebendas o compensaciones o quien destruye la confianza del ciudadano? ¿Quien compra votos o quien corrompe la moral ciudadana? Después de verse atracado por delincuentes hay quien descubre que quienes levantan el atestado son los mismos y tiemblan para protegerse y renuncian a denunciar el delito de que fueron víctimas.

El dedo señala a los Cifuentes, a los Montón, a los Sanchez. Los casos son incontables. No son los mismos. Quienes hay que guardan las formas, y otros que se pavonean de conculcar las normas. Se imitan los modelos, cunden los ejemplos, los currículos se inventan, reaparecen y desaparecen. Una comparativa de nuestras promociones de diputados mostraría hasta donde se miente, hasta donde alcanza la miseria. Las universidades se crean, pero no se destruyen, se autodestruyen, convertidas en mercaderes de títulos académicos de nula cualificación, y nulo rendimiento social. Los títulos académicos se compran y se venden, como en la vieja escuela de la aristocracia caduca, autoritaria y corrupta, a modo de emblema. Siglos después se conoce que la reina misma de Inglaterra es de origen bastardo. El ejemplo de los mejores que resisten y sobreviven por ensalmo a la corrupción general solo legitiman una institución enferma. Se les usa para ocultar en qué grado las universidades se han convertido en escuelas de parásitos regidas por el fervor sindicalista de rectores a sueldo del Estado, que tejen redes clientelares, aupados por lacayos que demandan la devolución de sus favores. El personal de administración y servicios incrementa día a día su poder y su salario frente a los salarios de profesores cualificados. A su interior, dominan las satrapías, los mercaderes del templo. Y en medio, el sometimiento de la institución a la cultura de la corrección política y la ideología de género. No hay ciencia ni crítica de la cultura. Cada rector tiene su stasi. Se multiplican los gestores de la nada. ¿En que lugar del mundo un canciller universitario es elegido por sindicalistas que viven del erario público? ¿No es posible proveer las posiciones en un concurso con quienes acreditan méritos, trayectoria y capacidades reconocibles? Quien corta el pastel, elige porción. 

Salarios mínimos y mercadeo

Los salarios ridículos de los jueces harían de todos ellos una banda de Rodríguez Hermidas comprados por Bardellinos, joyas y putas. Los salarios ridículos de los profesores universitarios hacen que cada cual aproveche su posición para obtener de la colusión lo que le niega el reconocimiento social. ¿Quién puede creerse que el mercadeo del Instituto de Derecho Público es un hecho circunstancial inconexo con el mercado de títulos que igual concede títulos a abogados italianos, que compra hangares, que falsifica publicaciones, que compra y vende acreditaciones, y unas agencias de evaluación que deciden administrativamente lo que debería ser juzgado por su contenido e impacto social. Las acreditaciones académicas han substituido el discurso ante los iguales, y proliferan los doctores y los catedráticos que contaron con negros para simular una competencia de la que carecen. Y nunca hablaron ante un tribunal. En la universidad no existe la denuncia anónima propia de un sistema fiscal eficiente. ¿Alguien ha inventariado cuantas tesis doctorales de profesores constan en los anaqueles universitarios? ¿Alguien ha inventariado cuantos trabajos publicados vienen firmados por quienes no son autores?

El derecho de pernada de los recursos públicos determina que quien tiene la llave del instituto o del laboratorio cuente con un plus de reconocimiento y un plus económico. Después de todo, los burócratas de las agencias de evaluación ni quieren ni están en condiciones de examinar el contenido de lo que evalúan. Mucho menos su autoría. La universidad española ignora la falta de piedad del mercado propio de una sociedad abierta. Las mafias saben mentir y protegerse. Ni las publicaciones de Einstein, ni la tecnología de la reacción en cadena de la polimerasa podrían obtener reconocimiento de alguna de las once agencias de evaluación que están sometidas al poder político, a la concesión de reconocimientos al que figura en el escalafón, con independencia de la validez e interés de los resultados. La Universidad Camilo José Cela es tan bárbara como lo era el nobel que le dá nombre. La cultura del tráfico de influencias en busca de renta. Reconocimientos falaces de quien ofrece títulos a cualquier oportunista profesional. Como Sánchez. ¿Por qué ha de imputársele a Sánchez un delito común en la universidad española? ¿No tenemos un tráfico de exámenes resueltos entre estudiantes corrompidos, enfermos por obtener una acreditación inútil como una condición de subsistencia y renta futura? Si el mercado no confía en la selección de los mejores en concursos abiertos, ¿por qué habría de rechazar cualquiera un título que no merece? Sánchez es sobretodo un síntoma y pagaremos el precio con creces

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