07 de diciembre de 2021
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Eduardo Gavín

Día de difuntos

Si los difuntos de este año «defuncional» que cierra, como cada 2 de noviembre, son más o menos merecedores de ese nombre que los del curso anterior es algo difícil de dilucidar. Siempre es difícil meter luz entre los muertos, pero es posible que no haya nada más muerto que un finado humillado. Y nada más humillado que un fallecido en el 2020. 

No todos, aclaro. Los hubo que dispusieron de tiempo y lugar para funeral multitudinario e inmune, no sabe usted a quién está enterrando. Pero en general, han sufrido un agravio irreparable. 

Morir se puede uno morir de muchas cosas, pero no de cualquier manera. Morir de una enfermedad con un número en su nombre es casi tan desagradable como hacerlo en un poblacho feo de algún país absurdo, que nadie pudiese recordar y descansar bajo una lápida solo con nombre, fecha y coordenadas del lugar de fallecimiento. 

Un final así era bien menos vergonzoso que morir como se ha muerto en España. ¡En España, que es el país de la Muerte con mayúsculas! El país que cuenta sus hazañas por derrotas numantinas, que dan pena, Sire. El país que admira la brava muerte, el país que vela a sus toros bravos y aplaude su muerte en lucha. Pues en ese país, se ha maltratado a los muertos. 

¿Hay mayor maltrato que morir por una infección en el siglo XXI? Pues claro que sí. 
Morir sin la presencia de ninguna cara conocida, entre médicos y enfermeras vestidos de astronauta. Pasar horas esperando que alguien tenga un minuto y traslade tu cuerpo al pasillo de la morgue, porque en las cámaras hace semanas que no cabe nadie más. Yacer allí junto a otras decenas, cada uno en su sudario o su bolsita, hasta que te concedan el traslado a Palencia o Badajoz para ser incinerado. Ser despedido por tu familia más estrecha, independientemente de los afectos. Tener un funeral de enmascarados que no se pueden dar la paz unos a otros. 

Ser uno entre centenas, ese día. 

¿Centenas o millares? No sabría decir, depende del momento y la región y de lo que decida contar un funcionario con tendencia al cansancio fácil. Porque a todo lo descrito gana el mayor de los desprecios: no ser reconocido como víctima del virus. Achacar tu muerte en este año a tu falta de sentido de la oportunidad. Ser uno de los incontables, de los innumerables. Como aquellos «innumerables mártires de Zaragoza» que, cuando niño, me impresionaron tan profundamente. No por la fastuosa cripta en que reposan, sino porque siempre, en mi cabeza, me decía: «¿pero es que nadie se dió al trabajo de contarlos?»

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