21 de junio de 2021
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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Francisco Mercado

Una cola del Zendal a la vida

Las colas del Zendal.
Las colas del Zendal.

Hace una semana me vacuné de coronavirus en el Zendal, ese llamado inútil hospital que sólo sirve para aliviar la presión de la pandemia en los demás hospitales madrileños. Y ahora sólo para realizar una vacunación masiva. Sería impensable tal volumen, 10.000 personas diarias, en cualquiera de los centros sanitarios de Madrid. Seis hospitales juntos proyectan inyectar en un fin de semana menos que el Zendal en un día. Pero hay otras ventajas. En el Zendal no me crucé con ningún sanitario tratando a enfermos de coronavirus, ni recorrí pasillos por donde circulen sus pacientes. Sólo estaban unas decenas de enfermeras atendiendo vertiginosamente a una cola de cientos de jóvenes estudiantes y sexagenarios deseosos de recibir su inyección de optimismo.

Tardé media hora en ser atendido. Nunca lo habría creído. Demoro más en cualquier trámite administrativo y consulta médica privada. Algunos se quejan de superar tal espera. Culpa tenemos. Acudí con cierta antelación a mi hora. Es decir, no fui a mi hora. Pero afiné bastante. Es difícil calcular entre hora prevista y hora a la que entrarás realmente. Pero abundan los que sólo leen el día de cita. Prescinden de la hora. Y se arremolinan junto al Zendal a cualquier hora después de comer, bien rodeados de familiares, como si fueran a pasear. Eso disparata las aglomeraciones y esperas.

Los hay que critican que se apliquen las vacunas en centros masivos, como el Zendal o el Wanda. Y ponen el acento en que lo ideal sería su ambulatorio local. La paradoja es que casi todas las comunidades están utilizando centros de vacunación masiva. Será que todos los gobiernos regionales son negligentes o que, a falta de que amazon reparta e inyecte dosis a domicilio, lo más eficaz es la vacunación industrial de estos centros.

Pero mientras me vacunaba no pensaba en baja ni alta política. Por primera vez desde que estalló la pandemia me sentía orgulloso de mi país. Por fin, había algo que no era propaganda. Una cola de españoles hacia la vida. Porque cada vacunado, aparte de mitigar su peligro personal, puede librar potencialmente a tres españoles de infectarse. Una vacuna salva cuatro vidas. Durante la espera hasta me olvidé de las veces que nos ha prometido Sánchez que en nada estarían vacunados el 70% de los españoles. Porque de credulidad sí estamos vacunados.

Entrada al hospital Zendal para vacunarse.

En un país tan incivilizado donde una cola es sinónimo de buscar agujeros para colarse me sorprendió la respuesta ciudadana. Nadie quiso aventajar a otro para garantizarse su inmunización. Nadie guardaba sitio a su vecino o cuñado. Los sanitarios nos conducían como a ganado muy educado. “Adelante, ahora cortamos ahí la cola, ese tramo pasa a la siguiente sala…”. La falta de información y las ganas de agilizar la cola en los minutos de espera del pinchazo sembraban dudas internas: ¿Hay que desnudar el brazo o también el pecho? ¿Desnudo integral por si acaso? Con temor a ser regañado por púdico, me senté en una de las sillas habilitadas con una camiseta que sólo dejaba accesible el brazo.

-“¿Está bien así?”

-“Sí”, respondía amable la enfermera.

Luego te recitaba el protocolo de incompatibilidades y que aguantaras diez minutos sentado para ver si había alguna reacción adversa. No la hubo. Pero no existían bastantes sillas para tal ritmo. Esperar diez minutos de pie no me mató. Fuera me esperaba una tarde primaveral madrileña. Y una cola que se había multiplicado por diez. La fama del concierto de pinchazos del Zendal había crecido. Me sorprendía que la multitud se agolpase para poner fin al peligro de infectarse, acaso de morir por covid, con la misma tranquilidad que cuando se congrega en un estadio para ver a su equipo favorito.

Hay amigas que se quejan de que pasaron horas en los sótanos del Wanda esperando la vacuna. No sé si habría resistido pincharme en el estadio colchonero. Madridista como soy, eso me garantizaría reacción adversa. Pero sé que llevamos más de un año viviendo en un sótano peor. No podemos viajar, ni besarnos, ni saludarnos. Nos aterra todo ser ajeno en sitio cerrado. O el ciclista o corredor que escupe o berrea en senderos. Miles de ancianos han salido de un confinamiento presidiario sólo para visitar la morgue. Hemos tenido más sanitarios enfermos que pacientes Portugal. La economía está arruinada. Los muertos centuplican las víctimas del terrorismo o del machismo. La mascarilla asfixia el alma y la garganta… ¿Podemos aguantar una hora en el sótano que precede a la luz del final del túnel?

Ha empezado el principio del fin. La vacuna ha desembarcado. Tardará en ganar esta guerra, pero ya hay tropas sobre el terreno. Atrás queda todo lo que hizo mal y tarde el Gobierno: compras de material de protección, test y respiradores; restricción de movimientos y actos masivos; exigencia de mascarillas; despliegue masivo de test y seguimiento de contactos; filtros sanitarios fronterizos y prohibición de vuelos de países contaminados... La vacuna no indulta sus errores, pero los entierra. Porque estamos en la cola de la felicidad, de la esperanza.  

No tuve que escudriñar el techo del sótano del Wanda. Me tocó mirar decenas de enganches del pabellón 3 del Zendal que ya no oxigenaban a pacientes agudos. No quedaban ni sus camas. Era un signo positivo. El hospital de guerra ya no precisaba todas sus plazas. Pero no disipaba mi dolor, mi culpa. Me estaba salvando donde cientos de pacientes pelearon frente al virus. Unos ganaron el combate, otros lo perdieron. Sentí la culpabilidad de los que salieron vivos de los campos de exterminio nazis. ¿Por qué yo?

Días después del pinchazo poseo todos los síntomas colaterales. Dolor de cabeza y muscular, náuseas, fiebre, escalofríos, flojera… Aunque me tocara el trombo de esta primitiva no podría quejarme: pude elegir. Más de 100.000 españoles no pueden ya escoger desde sus tumbas. El virus les llegó sin que supieran su peligro. Todo lo contrario. El oráculo Simón les dijo que el coronavirus era como una gripe, que no merecía la pena acudir al hospital sólo para fastidiar y colapsar y que apenas habría un par de casos.

Este peligro lo he elegido yo. Los que quieren seleccionar vacuna, centro, hora y enfermera deben recordar que más de tres millones de españoles infectados habrían deseado tal dilema. ¿Me inoculo el virus o no? Pero entre la irresponsabilidad social y la imprevisión gubernativa se lo inyectamos entre todos. Su agonía en las UCI exige que nos callemos en la cola de la supervivencia.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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