01 de agosto de 2021
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EDICIÓN VERANO
Patio de columnas

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Julio Merino

Así nacieron los "Episodios Nacionales" de Galdós

Al menos en mis tiempos (o sea, cuando yo era joven) pocos españoles habría  (incluso los analfabetos) que no hubieran leído o que no conocieran de oídas el nombre de los "Episodios Nacionales" de Galdós, porque aquellas "novelitas" de Don Benito fueron siempre tan populares como "El Quijote"... y tan importantes llegaron a ser que Don Antonio Maura primero y más tarde Don Manuel Azaña intentaron hacerlos "Asignatura obligada" para los aspirantes a Diputados:

---  Señor Pérez Lastra ¿ha leído usted los "Episodios Nacionales" de Galdós? Diga uno, al menos.

---  ¿Ah, no? ¡Pues usted no puede ser Diputado de España, ni de Europa, ni de Nueva Carteya!.

E incluso hubo un Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes (Don Marcelino Domingo, el primero de la II República) que quiso que fueran "Asignatura optativa" en todos los Centros de Enseñanza de España (públicos y privados).

Pero, pocos sabrán cómo nacieron y por qué Galdós los bautizó con ese nombre genérico y eso es lo que hoy recupero para estos "Acontecimientos lejanos".

 Pasen y lean:

 

Benito Pérez Galdós llegó a Madrid a finales del año 1862... a estudiar «lo que fuera» y en busca ele la fama.

-¿Qué piensas estudiar, Benito?

-¡Qué sé yo! Cualquier cosa...

-Estudia Leyes. Es una carrera de prestigio con muchas salidas... Diplomacia... Cátedras... Registros... Judicatura... Política...

-Estudiaré Leyes...

Y se matriculó en la Universidad Central.

Pero, rápidamente, Benito se dio cuenta de que «aquello» no era lo suyo: lo suyo era pasear por Madrid; recorrer las calles y callejuelas, las plazas y plazuelas, las rondas y los barrios... Entrar y salir en las tabernas, en las posadas, en las pensiones, en las iglesias, en los museos... ¡Y conocer gente! ¡Mucha gente...!

¡Todos los tipos increíbles de aquel Madrid novelero, pobretón y castizo!

¡Ah..., y escribir! Porque Benito, que se aburre soberanamente en las clases de la Universidad, muy pronto comprende que «lo suyo» es emborronar cuartillas y contar cosas. Lo que sea; .. Historias legendarias, aventuras romántiCas, tragedias humanas..., artículos explosivos o reportajes sorprendentes...

 Y así pasa sus primeros diez años de «madrileño» ... «Durante diez años -escribe uno de sus biógrafos-, los que van de 1863 a 1873, Pérez Galdós ha vivido una vida intensa. Ha sido estudiante, lector infatigable, observador Argos, periodista, crítico de arte, contertulio, novelador, dramaturgo, pintor, concertista de órgano, viajero aquende y allende el Pirineo, aprendiz de político, un poco conspirador... Durante diez años ha vivido lo que se dice a salto de mata, mal trajeado, mal comido, regustando pequeños vicios: café, tabaco, juegos de azar y fortuna, mujeres fáciles, espectáculos de calidad de mosquetero del aplauso. Durante diez años ha escrito a miles las cuartillas y a miles las ha roto...»

Y ha hecho sus primeras incursiones en la novela, pues La Fontana de Oro, La sombra y El audaz ya están en la calle..., y son como una «tarjeta de identidad» del joven canario.

Pero, llega 1873..., y como una «primera República» Benito se plantea algo serio, algo que bulle desde tiempo atrás en su cabeza... ¡Era como un «anhelo fervoroso» que maduraba en su espíritu y que hasta le había robado el sueño....!

Sin saber por qué ni por qué no, preparaba una serie de novelas históricas, breves y amenas y patrióticas hasta más no poder -cuenta el biógrafo-. Y era su obsesión el título general de serie que darles.

-Llámelas usted «Episodios Nacionales»

-le sugirió su gran amigo José Luis Albareda.

-¡Me gusta el título! -prorrumpió Galdós-. Es muy comprensivo. Es muy sugestivo.

-¿En qué época piensa iniciar la serie?

-En 1805. Trafalgar. Es el primer gran suceso del siglo para los españoles. Quiero novelar todo lo que va de esta centuria, sin términos medios, magnífica o miserable, en nuestra Patria.

Y ya no hubo más que hablar. A partir de ese momento Galdós se encierra física y personalmente y comienza a escribir sus «Episodios Nacionales». De enero de 1873 a marzo de 1875, los diez primeros... De junio de 1875 a marzo de 1883, los diez tomos de la segunda serie...

¡Algo increíble: más de diez mil páginas, y cien­ tos de personajes...! «Trafalgar», «La Corte de Carlos IV», «El 19 de Marzo y el 2 de Mayo», «Bailén», «Napoleón, en Chamartín», «Zaragoza», «Gerona», «Cádiz», «Juan Martín, el Empecinado», «La batalla de los Arapiles»... y «El equipaje del Rey José», «Memorias de un cortesano de 1815», etc., etc...

Ciertamente, algo increíble...

Era toda España la que entraba allí, en ese marco inconfundible de los «Episodios Nacionales»...

Era el alma de España y la Historia de un pueblo..., los que se fundían en miles de páginas...

Luego, pasado el tiempo y cuando aquel joven, ya para todos don Benito Pérez Galdós, se había transformado en un viejo y ciego escritor recordase el comienzo de esos -«sus»­ «Episodios Nacionales» diría:

«Muchos creen que la Historia sólo es lo que cuentan los historiadores..., pero yo descubrí que por encima y por debajo de esa Historia hay otra historia y otra vida... Una Historia que apenas si cuenta pasado el tiempo, pero que, en silencio, es la que hace a la otra Historia.

Para muchos, España sólo es Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Amadeo, Alfonso XII, Alfonso XIII... Espartero, Narváez, Prim, Zorrilla, Cánovas, Sagasta, etc... Para mí España es también Gabriel Araceli, Salvador Monsalud, Pepe Rey, Daniel Norton y esos miles de personajes que viven y hacen la Historia pequeña.

Pues, eso fueron mis «Episodios»: La historia de la otra Historia... La historia de la verdadera España y de este pueblo increíble y maravilloso...»

“Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, -así comencé mi Odisea-  diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797.”

Por la Transcripción

Julio Merino

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