30 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

Esther Merino Peral

Del "Juego de Tronos" a los tronistas

Hace no mucho, en pleno fragor de la crisis económica, se podía ver a los alumnos en las cafeterías universitarias, cogiendo abiertamente los restos de comidas que quedaban en las bandejas de los comedores, porque las dotaciones de becas daban para lo mínimo y la comida escaseaba, literalmente. Era tan dramático, que los camareros solían apercibir con sensibilidad extrema a los desdichados para que esperaran a que ellos mismos les empaquetaran dichas sobras en los conocidos tupper, dignificando unas escenas de miseria, que no se conocían en España desde la posguerra. Eran los tiempos en los que el ahora vicepresidente de lo social le regalaba al mismo monarca ante el que ha jurado lealtad, ejemplares de la serie mundialmente famosa por cuestionar la estabilidad y legitimidad del trono de hierro, en metafórica defensa de los mismos desfavorecidos y sojuzgados por un régimen tiránico que se recreaba en la ficción.

En el breve lapso de tiempo que ha transcurrido desde entonces, los referentes sociales de los estudiantes universitarios han cambiado, lógicamente y en lugar de penar por conseguir una buena formación intelectual y cultural, la mayoría aspira a conseguir enriquecimiento rápido y con el menor esfuerzo posible, como el que ven en personajes habituales de la tele, cuya máxima en la vida era y es “ser famosos”, alardeando de su más que evidente analfabetismo colosal o mejor, convertirse en una categoría de última generación, como son l@s autodenominados influencer.

Sólo así es posible comprender la existencia de un programa en la misma cadena cuya denominación rima con “por el trasero te la hinco”, en el que los “concursantes” optan a un trono, pero no como el que terminó en manos de Kalesi o Jon Nieve, después de una peripecia de notables aspiraciones éticas o movie road épico a la manera de Los Trabajos de Hércules, sino el que logran unos descerebrados tras varias citas erótico festivas sin mayor calado ni trasfondo, que una remuneración exorbitante por explicar sus cuitas en televisión. Los requisitos para ser tronistas y ahora, en una versión mucho más insulsa pero más explícita de exhibición de mera carne humana, llamada “isla de las tentaciones”, son: no tener estudio alguno o los mínimos posibles, lucir palmito en bañador, ropa interior sugerente o todavía peor, decir las mayores sandeces en el menor tiempo posible y a partir de ahí lograr el pase directo para convertirse, con un poco de suerte, en la no menos lucrativa profesión de influencers, o sea, creadores de tendencia en las redes sociales, eso sí por unas módicas cantidades económicas, que no consigue un español normal de clase media trabajando de sol a sol, ni reencarnándose en varias vidas. La última gran aportación de una de dichas promotoras culturales por su trascendencia para la Humanidad, que imagino será premiada a no tardar mucho con algún Premio Nobel, ha sido enseñar a la comunidad internacional a “rizarse las pestañas con ayuda de una cucharilla de postre”.

A la vista de esto, con qué moral se pone uno a explicar en clase las virtudes del Neoplatonismo de Marsilio Ficino en el Humanismo Renacentista de la Florencia de Lorenzo de Medici, por poner. Los programas educativos de secundaria (LOGSE, LOMCE o como quiera denominarse la ley de turno) o cualquier sistema universitario (de educación superior en confluencia con los distintos europeos, llámese Plan Bolonia o lo que sea) están abocados al fracaso más absoluto por la insoportable nimiedad del ser (variación del famoso título de Kundera) o cuando menos…de este tipo de ser humano.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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