05 de diciembre de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Los índices

Antes de aprender su nombre, ya sabíamos usar el dedo índice, entre otras utilidades, para señalar. En algunos casos, ese modo de gesticular resulta incómodo para quienes se encuentran enfrente, sin intención de molestar. Los hay que afean con rigor un simple gesto inconsciente. De eso se trata, de comportamientos bienintencionados que suelen ser malentendidos para articular todo tipo de improperios o juicios de valor desmesurados.

A partir de cierta edad muchos pueden llegar a considerar una estupidez el que le cuestionan la maniobra. Pero señalar tiene muchas interpretaciones despreciables, porque lleva aparejado un juicio de valor absolutamente injusto. Vivimos malos tiempos para semejante señalización digital, que no tiene nada que ver con las nuevas tecnologías. Un dedo inquisidor está etiquetando injustamente a los que no comulgan con la ideología del pensamiento único, tan socorrida en estos días. Hay una especie de policía moral que usa el dedo acusador para insultar a quien dice algo que no gusta al poder sectario.

En algunos lugares de España esos dedos pervertidos van señalando a personas como si fueran apestados a los que se debe castigar o ignorar. Y hay dedos índices llamándote a filas o diciéndote que lo sabes, aunque no tengas ni idea qué. Los ególatras, narcisistas que pululan entre tantos prudentes, suelen enarbolar su índice para distinguirse. Pero en muchas ocasiones, los fanfarrones no precisan sacar el dedo para que todo el mundo entienda que están por encima de los demás. Y los hay que se dedican a sujetar el dedo ajeno para ganarse un sueldo y cargo bien remunerado.

Lo más probable es que, incluso, permitan que les acaricien con el dedo sin ninguna cortapisa. Pero la palabra índice tiene otras acepciones que nos sitúan en realidades sociales desgraciadamente penosas, como el índice de precios al consumo, la peor noticia que nos repiten los medios de comunicación para recordarnos que nuestro dinero vale cada vez menos, y maldita la gracia que nos hace. Por eso, la inflación supone una desgracia para la mayoría y un chollo para unos pocos. La inflación subyacente resume la maldita respuesta a una pérfida deriva comercial, económica y social. Hay verdadera inflación de maldad en todas sus manifestaciones, como de torpezas e incompetencias.

Cada mes deberían ofrecer el aumento en el índice de la idiotez política que, desgraciadamente, afecta irremediablemente al bienestar de todos. Los hay que habla del índice de criminalidad para tratar de engañarnos con una falsa sensación de calma cuando en las calles la seguridad está bajo mínimos. También hay una inflación galopante de mentirosos, que alardean de propaganda engañosa embadurnada de medias verdades. Los índices de calidad en determinadas variables éticas y morales están bajo mínimos, ahí no existe inflación, sino todo lo contrario.

Los índices de rendimiento escolar tampoco se disparan, no hay miedo a un aumento descontrolado de la capacidad, rendimiento y calidad. Los ciudadanos, en general, padecen una inflación descontrolada de sumisión; van acumulando dígitos la incapacidad y el temor a expresarse con libertad, precisamente, para evitar que el dedo índice los señales con insistencia. Los datos acumulados de incongruencia llaman la atención de los expertos, que no saben cómo sujetarla, porque los índices de la soberbia política no son controlables.

Hay quien trata de calcular el índice de progreso social y no sabe cómo explicarlo. La tasa de agradecimientos de ayudas y limosnas oficiales van bien, pero cada vez hay menos gente dispuesta a trabajar. La tozudez se incrementa en cifras espeluznantes. Hay preocupación, porque los índices de cordura y compromiso social están situándose en plena deflación. La ignorancia y el desprecio no frena, porque la lucha de clases, la monserga aburrida de los más lerdos se va incrementando sistemáticamente. Muchos ciudadanos no saben muy bien si son pobres, ricos o trabajadores, y preguntan con insistencia en qué clase social se encuentran, aunque los que se acumulan en las colas pidiendo comida lo tienen más claro. El modo de conocerlo será consultando los índices.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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