07 de octubre de 2022
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

José Francisco Roldán

Quemados

/ Incendio forestal.

En nuestro idioma común, el español o castellano, hay palabras que se pueden definir con diferentes interpretaciones. En psicología, estar quemado tiene que ver con el síndrome de Burnout, un agotamiento emocional, físico y mental, que suele producirse como consecuencia del trabajo, cualquiera que sea. Durante la pandemia se ha visto acentuado y generalizado. Pero lo que ha causado más preocupación y daño en este tórrido verano, además de las depresiones posvacacionales y dificultades para vivir o dormir con tan altas temperaturas, ha sido la enorme cantidad de incendios.

Algunos informes dicen que en España se han quemado hasta la fecha casi trescientas mil hectáreas en poco menos de 400 incendios, desastres repartidos por casi toda la geografía patria, cuatro veces más que el año precedente. Semejante tragedia debería ser suficiente como para provocar que, además, miles de habitantes, afectados directamente, como los encargados de luchar para impedir mayores efectos devastadores, hayan mostrado síntomas del curioso síndrome.

Afortunadamente, y hay que elogiarlo, la mayoría de las veces, las informaciones han sido difundidas por expertos y responsables técnicos de la lucha contra el fuego. España puede presumir de contar con especialistas en la materia de altísima cualificación, además de la incuestionable contribución de las fuerzas armadas, que aportan recursos y personal en el aire y sobre el terreno, muchas veces, impracticable. No podemos sentir orgullo alguno, en todo caso, cierta vergüenza, cuando se trata de explicar el modo en que se previene la desgarradora destrucción que un fuego suele regalar.

La gente del campo, los que viven y conocen las zonas, siguen reclamando atención para trabajar en el mejor modo de preparar los bosques y diseñar estrategias de lucha para cuando salta el chispazo, la mayoría de las veces provocado intencionadamente por criminales que deben ser apartados de la sociedad, como se debería hacer con los delincuentes, que quitan o ponen en peligro la vida de los ciudadanos o causan daño a su integridad, libertad o bienes.

Habrá que reconocer, también, que una enorme mayoría de vecinos están quemados por la indolencia oficial. Un cierto agotamiento psicológico que produce la reiteración de agresiones consentidas o poco retribuidas por el Estado de Derecho, que debería proteger sus intereses. Unas familias que viven en zonas boscosas han debido afrontar el destrozo de sus montes, casas, granjas, cosechas y animales como consecuencia de un ataque criminal, mientras soportan, también, cómo les roban, agreden o les ocupan sus viviendas sin que nadie reaccione o se dedique a justificar miserablemente conductas ilegales.

Están quemados escuchando a tanto torpe lanzando ocurrencias absurdas, mientras el bienestar social se abrasa sin remedio. Siguen las monsergas oficiales desviando la atención sobre la imperiosa necesidad de repartirse el Tercer Poder del Estado, verdadero garante de la justicia, responsable de supervisar las acometidas ilícitas de tanto tragaldabas político gastando lo que entienden prioritario para sus intereses sectarios y gestionando dinero público en clave clientelar y electoralista.

Y no hay modo de sofocar estos incendios de ineptitud propagándose con virulencia por despachos y bancadas de los otros dos poderes del Estado. Ahora estamos contemplando el despreciable reparto de asientos y órganos esenciales donde se debe ejercer el control de la acción política. Colocar a los clientes o adeptos ideológicos para garantizar la ventaja en decisiones trascendentales no es otra cosa que incendiar los fundamentos de la legalidad y responsabilidad.

Deberíamos tener en primera línea de fuego a los más capacitados y especialistas en esas materias para apagar los peligrosos conatos de la intransigencia ideológica. Es esencial prevenir en el bosque jurisdiccional. Estamos en peligro de sufrir incendios sectarios provocados por pirómanos que desean apropiarse de nuestra libertad. Hay que saber controlar a los avariciosos e impedir la eficacia de sus técnicas, vigilar sus escarceos de riesgo y evitar que terminemos gravemente quemados.

El Cierre Digital no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta sección que se hacen a título particular.

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