23 de septiembre de 2021
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

Patio de columnas

María del Pilar Vázquez Muñoz

Manuel López Herrera, pintor de varios siglos

Una mañana de hace unos días he visitado la exposición del pintor López Herrera, en la Galería Kreisler (Calle Hermosilla, 7, Madrid). El sol brillante de primavera y la brisa animaban a andar.

Después de ver la exposición, me senté en un banco del Paseo de la Castellana para poner en el papel las impresiones vividas en la Galería según iba observando los cuadros del auténtico pintor López Herrera. Un pintor convence con sus obras, no con sus palabras ni con las de los críticos, de que es un auténtico pintor.

Lo primero que me sorprende es la técnica que López Herrera ha utilizado. Parece fotográfica; no se aprecian pinceladas, aunque me aproximaba a los cuadros; no hay manchas; es una suavidad cromática, intensa, brillante, para resaltar los objetos.

Los rostros, que parecen naturalistas en sus rasgos manifiestan también que el autor los ha concebido en su imaginación casi surrealista.

López Herrera trata el espacio sin tipo alguno de límites ni normas: superpone primeros planos en espacios infinitos donde solo una línea horizontal cromática divide el suelo del firmamento; incluso, el plano visual cambia desde el de arriba al de abajo, minimizando al personaje; o enfoca al personaje central; o emplea la perspectiva inversa que nos acerca al objeto del deseo. 

Son cuadros soñados, irreales, me atrevo a decir; es la percepción que he tenido al verlos: Estoy ante un presente eterno.

Recorro los cuadros y veo el pasado: El quatrocento, la belleza de los cuadros de Ghirlandaio, de Mantegna, la humildad y sencillez de la pintura norteamericana (Grant Wood); incluso, Picasso o Warhol están asistiendo a la exposición desde los genes de la Historia y de la memoria. Están vivos y su legado y logros, también.

Mi mirada va, en pocos segundos, de la infancia a los cómics, al juego de la vida, a los juguetes que compartía – con cuerdas, cartón, personajes de cuentos y películas de Walt Disney- cuando yo era la dueña del tiempo. 

Vuelvo a mirar un cuadro y lo proyecto al futuro del hombre-máquina, robotizado, a la máquina del tiempo- a un mundo nuevo sin aire donde no caben todos los personajes; nada más aquellos tan poderosos que se cuelan: Como el político mentiroso.

O como el cuadro en el que Frank Sinatra se hace presente en nuestras melodías interiores. Así unifica en un todo, el pasado, los sueños y deseos del futuro, con el presente encarnado en el hombre del traje a rayas. 

O como esas señoritas que aparecen en un rincón de varios cuadros como si hubieran abierto una cortina para no perderse el espectáculo o para pedirnos que ellas no se merecen que las dejemos olvidadas, porque quieren estar presentes.

Durante mi regreso a casa, pensé que yo había leído un libro de Gilbert K. Chesterton que me había dado muchas ideas para contemplar obras de arte. Chesterton sólo asistió a algunos cursos de pintura. Toda su educación fue autodidacta. Se dio cuenta muy pronto de lo que quería hacer en la vida: pintar con palabras. Así es como adquirió un prestigio mundial. El crítico más implacable, Jorge Luis Borges, admiraba a Chesterton más que a cualquier otro escritor.

Pues bien, creo que podemos titular la exposición de López Herrera como uno de los libros de Chesterton: “Enormes minucias”. Es lo que hace este pintor: Enormiza lo pequeño y empequeñece lo enorme.

María del Pilar Vázquez Muñoz

Catedrática de Instituto (Geografía, Historia y Arte)

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