24 de mayo de 2019
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FIN DE SEMANA
Patio de columnas

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José Ignacio Herce Álvarez

Sindicalismo del s. XXI, el fin de una era

Manifestación del 1 de mayo
Manifestación del 1 de mayo

 “El sindicalismo es una figura del derecho del trabajo que se manifiesta como un sistema de organización laboral que tiene como principal función la representación de los obreros que prestan sus servicios a una empresa o que se dedican a un sector económico especifico. El sindicato de trabajadores actúa como mediador y negociante ante la empresa o patrón, y se creó con la finalidad de proteger los intereses de aquellos trabajadores vulnerables dentro de los posibles abusos e injusticias que puedan existir en el plano laboral.”

Concepto jurídico.

Nadie puede dudar de la importancia que los sindicatos han tenido en la consecución de derechos por parte de los trabajadores en nuestro país, como puedo ser la seguridad social, la regulación de la jornada laboral, las viviendas protegidas o la práctica desaparición del despido libre entre otros. Dicho esto, y a tenor de lo visto en los primeros de mayo de los últimos años, nos podemos hacer una pregunta ¿Siguen siendo necesarios en el s. XXI?

La palabra sindicalismo y/o sindicalista produce pavor entre los empresarios, temor en los gobiernos fundamentalmente de derechas y en muchos casos porque no reconocerlo, esperanza en los trabajadores. Sobre todo, si tenemos en cuenta que en nuestro país para desempeñar sus funciones cuentan con cerca de 300.000 empleados o delegados sindicales por emplear la expresión adecuada.

Pero en los últimos tiempos, a estos sentimientos se une el desprestigio y el desencanto de la sociedad española ante las centrales sindicales, debido fundamentalmente a los escándalos, a su politización y, sobre todo porque el sindicalismo español no ha avanzado con el ritmo de los tiempos, debiendo evolucionar desde los actuales y decimonónicos sindicatos de clase hasta un sindicalismo diferente, moderno y en línea con la sociedad del s. XXI.

Los tiempos cambian y afortunadamente y con carácter general, lejos quedan aquellas épocas en las que se luchaba por jornadas laborales dignas, por salarios sencillamente justos o tan solo por acabar con la discriminación salarial por razón de sexo.

Desde las reivindicaciones de los primeros sindicatos españoles, la Sociedad de Tejedores de algodón y la Asociación Mutua de Tejedores de Barcelona que fueron autorizados en 1840, hasta el día de hoy la lucha obrera ha recorrido mucho camino.

De cómo pintaban las cosas en aquellos lejanos tiempos, valga como ejemplo este párrafo de un manifiesto publicado en 1856 por los hiladores barceloneses, “Nuestro trabajo se verifica bajo crueles condiciones. Metidos en grandes compartimentos, en donde impera una severa disciplina, parecemos un rebaño de esclavos sujetos a la vara del señor; colocados junto a las máquinas, somos los servidores de éstas; desde las cinco de la mañana hasta las siete y media de la tarde siempre hacemos lo mismo. Para nosotros, lejos de ser el fabricante nuestro igual, es el ojo vigilante y espía de nuestras acciones: nunca trabajamos bastante, siempre descontento de nosotros, no podemos menos de ver en él nuestro tirano”.

Afortunadamente las cosas han cambiado mucho desde entonces y actualmente podemos afirmar que, con carácter general, la clase trabajadora de nuestro país está situada en una especie de “zona de confort” en la que ya no se requiere luchar por causas de justicia social sino más bien por la mejora de las condiciones mínimas adquiridas.

Entre estas dos épocas de nuestra historia sindical, hemos asistido al nacimiento de las principales organizaciones sindicales de clase (obrera), entendido este concepto de sindicato como el dominante en la ideología marxista y que nace a imagen y semejanza de las trade unión inglesas del s. XIX, y que serían por orden de antigüedad, la Unión General de Trabajadores (UGT) nacida en 1882, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910, la Unión Sindical Obrera (USO) en 1961 y las Comisiones Obreras (CC. OO) en 1964. 

Paralelamente durante la época franquista surgió la figura del sindicato vertical o amarillo por la que todos los trabajadores y empresarios tenían que estar obligatoriamente afiliados a un sindicato único.

En el momento actual el espectro no ha cambiado mucho, salvo que a los sindicatos de clase se han unido los llamados independientes, de los cuales el más destacado es la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) que nació en 1977.

¿De donde proviene la fuerza de estos sindicatos de clase en el panorama actual? Muy sencillo, pasadas las épocas de clandestinidad y finiquitados los sindicatos verticales, toman fuerza con la transición ya que fue necesario potenciar a centrales sindicales como UGT y CC. OO para garantizar la paz social necesaria para poder llevarla a cabo.

Pero el tiempo ha pasado y estos sindicatos siguen anclados en el pasado, empeñados en mantener sus estructuras, privilegios y, por supuesto, su influencia política ya que a nadie se les escapa su vinculación a ciertos partidos políticos de izquierda.

La realidad en estos momentos es que la brecha entre sindicatos de clase y los trabajadores existe y cada vez más acentuada, propiciada por los escándalos con la financiación de la formación, los liberados sindicales, los ERE, la falta de respuesta contundente cuando nuestro país sumaba millones de parados, las subvenciones millonarias que reciben de “`papa” estado y que financiamos todos, la cada vez mayor lejanía con los trabajadores…y un largo etcétera que todos conocemos.

Si en España hay casi 19 millones de trabajadores, de los cuales más de tres millones son autónomos, en torno a los 5 millones trabajan en empresas donde no se celebran elecciones sindicales y de los 11 millones restantes que sí tienen procesos electorales, el 33% según datos oficiales, elige otras opciones diferentes a los sindicatos de clase, creo que les ha llegado el momento de la pensar, cuando menos, en la reconversión.

 

Sin entrar en la discusión sobre sindicatos si o sindicatos no (de trabajadores y de empresarios no lo olvidemos) y reconociendo la necesidad de su existencia, el siglo XXI exige cambios en sus planteamientos sobre todo en los de los sindicatos de clase, que representan a prácticamente siete de cada diez asalariados españoles, sino quieren ir caminando no ya hacia la desaparición, que no interesa a nivel político, sino al cada vez mayor descredito y desprecio entre la sociedad.

El nuevo siglo pide unos sindicatos autofinanciados con sus cuotas de afiliados, que se acabe ya el vivir de todos los españoles, que sean transparentes tanto en su gestión como en sus cuentas, que se acabe con el “bisindicalismo” y dar opción a otras alternativas sindicales, la absoluta y real independencia de partidos políticos, deben de ser dialogantes, profesionales, negociadores y sobre todo de servicios que es lo que en última instancia reclaman los trabajadores. Deben de estar en línea con  la aplicación de las nuevas tecnologías, de las nuevas formas de organización del trabajo, tomar parte en los problemas del trabajador en los diferentes aspectos de su vida no solo laboral y profesional, sino incluso personal con una potente acción social, una formación real  para afrontar los retos de la sociedad actual, trabajar en favor de los sectores más desfavorecidos como son los menores de 25 años y los mayores de 50, estar abiertos al dialogo social y luchar por la solidaridad, la justicia y la cohesión social.

¿Están preparados nuestros sindicatos para este siglo? Ahí lo dejo

Jose Ignacio Herce Álvarez

1º de mayo de 2019

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