25 de mayo de 2022
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FIN DE SEMANA

Ambos coincidieron durante años en el diario 'Arriba' y se convirtieron en cronistas de la vida política y social española del siglo pasado

Fallece el decano de los periodistas (I): Julio Merino repasa la vida de su amigo y compañero Enrique de Aguinaga

Enrique de Aguinaga.
Enrique de Aguinaga. / Julio Merino recuerda al decano de periodistas
Julio Merino recuerda para 'Elcierredigital.com' la figura de Enrique de Aguinaga, el decano de los periodistas, que ha fallecido a los 98 años. El historiador repasa su relación con su amigo y compañero durante décadas, desde que se conocieron en la redacción del diario 'Arriba', periódico que Aguinaga dirigió varios años. Ambos se convirtieron en cronistas de la vida política y social española del siglo pasado. Merino ha querido titular este sentido obituario como "El milagro Don Enrique".

Ayer, anoche ya de madrugada, como aquella larga madrugada de 1959 que le conocí en la calle Larra, en la Redacción de Arriba, murió mi compañero, mi jefe, mi amigo, pero sobre todo mi mentor y mi maestro. Porque Enrique de Aguinaga sobre todo era maestro, un MAESTRO de aquellos que ya no quedan, de aquellos que no se conformaban con transmitir conocimientos y hacía del Magisterio un templo de vocación.

Tal vez porque los dos habíamos estudiado Magisterio antes de llegar al periodismo. Fue hasta el último momento, hasta hace diez días que hablé con él, uno maestro de aquellos que instruía y educaba a los alumnos para la vida, los que marcaban la pauta y el camino de los principios, de la ética, de la moral, de la honradez, del trabajo bien hecho, del compañerismo de la justicia, del respeto a los mayores, del amor a la tierra del ser y la patria común... Todo eso y más lo encarnaba mi "profe".

No, no, don Enrique de Aguinaga no ha muerto, aunque lo digan los periódicos, don Enrique sólo ha cambiado de destino, porque eso, sólo eso, es la muerte, un cambio de destino, hoy estás aquí y mañana estás allí, ya que aunque sólo sea un amigo, sólo uno, que lo recuerde, ya está vivo (según el poeta: lo que se recuerda no muere). Y no uno si no cientos lo recordarán hoy como yo jamás olvidaré sus 'lecciones' o 'consejos' ("querido Merino, el periodista no es una enciclopedia, si no el hombre que sabe manejarla"). La última, el pasado dos de octubre el día que cumplió los 98 años y le prometí que, si llegaba a los 100 me iba a Madrid a celebrarlo con él y "yo te apuesto la comida a que no llego", me respondió. 

- Estoy ansioso por cambiarme de corresponsalía. Aunque el "cabrón" de allá arriba me hará lo que le hizo a tu amigo Unamuno, cuando ya estaban las uvas del nuevo año sobre la mesa y se lo llevó.

 - No, nunca se quedará solo don Enrique, como equivocadamente dijo Bécquer que se quedaban los muertos: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!".

Un partida de ajedrez que duró años

Sí, es imposible recordar, o comentar lo que ha significado Enrique de Aguinaga para mí desde aquella primera madrugada cuando me acerqué a la mesa donde jugaba al ajedrez, con don Mariano Domínguez, el jefe de Nacional en el Arriba y al perder, casi tirando las piezas y el tablero (el terrible Mariano le ganaba siempre) me dijo:

Julio Merino. 

- Y tú, chaval ¿sabes jugar a esto?

- Bueno, algo.- le respondí ocultándole que el ajedrez era mi pasión de aquellos años.

- Pues, siéntate ahí, y juega conmigo. Esta noche no me voy hasta que no le gane a alguien.

Y claro, me senté a jugar con él y no puedo describir la cara que puso cuando vio que le llegaba un 'mate' inevitable. El hecho es que cuando perdió hasta tres veces se levantó y muy serio dijo:

- Chaval, no puede terminar así. Si hasta eres mejor que Mariano. Mañana noche te espero a la misma hora.

- No, don Enrique, mañana no puedo.

- ¿Por  qué?

- Porque hoy han terminado mis prácticas y mañana ya no vengo.

-  Sí, pues dile a Rufo, que hable conmigo. Tú no te vas de aquí hasta que te gane una partida,  una sola, con eso me conformo.

 Y allí me quedé hasta que un día, ya cansado de perder, dijo:

- Bueno, don Merino, ya no me importa que me ganes. Eres muy bueno. Así que si me escribes en media hora dos folios sobre don José de Calasanz te meto en plantilla.

La redacción del Arriba se va de boda

Sí, así era don Enrique, el tío más serio del mundo y el más cachondo cuando quería. Aquí debía terminar, pero no me quedaría a gusto sin contadles la "jugarreta" que me hizo el día de mi boda, el siete de octubre de 1965. 

Enrique de Aguinaga fue director del diario 'Arriba' durante años.

Recuerdo que la Redacción de Arriba, que ya había reseñado en el cartel que se ponía en  el tablero de ajedrez cada vez que se casaba alguien o se bautizaba a un niño nuevo, cada uno con la cantidad que quisiera poner. Asegurándome que si no todos algunos acudirían al Hotel Mediodía en Atocha y con esos algunos acordé yo el precio de menú y al contado, pero el muy saladino de don Enrique, ya que era el supremo, se presentó, de improviso, con toda la redacción, unos 50, y a mí casi me da un infarto, pues yo no tenía ni para pagar un menú más.

En fin, ya sólo me queda aclararles por qué he titulado este recuerdo 'El milagro don Enrique'. Ya que ello le identifica mejor que nada. ¡Qué ,extrañamente, en un país de Caínes y Abeles, de republicanos y nacionales, de "rojos" y "azules". Él, que siempre fue falangista de los de verdad, haya vivido y haya muerto sin enemigos es un milagro. ¡ Un verdadero milagro¡ ¡ Un milagro Aguinaga! Compañero, amigo, profe, jefe, ¡mentor y maestro! Ya sabes, escribe desde tu nueva dirección. Mientras, recibe un abrazo fuerte del que no te olvidará mientras viva. Tu amigo don Merino.

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