21 de octubre de 2020
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FIN DE SEMANA

Es una práctica médica que se ha llevado a cabo durante el pasado siglo con profusión

Los límites de la ética: Plantean la participación de presidiarios en las pruebas de la vacuna contra el Covid-19

Internos y funcionarios de prisiones atraviesan momentos difíciles.
Internos y funcionarios de prisiones atraviesan momentos difíciles.
La posibilidad de utilizar a los presos como “conejillos de indias” en las pruebas para generar una vacuna contra el coronavirus se está empezando a sopesar en ciertos círculos. Por ahora, no parece viable y su implementación, en todo caso, dista mucho de estar próxima en el tiempo. No obstante, algunos expertos ya están analizando pros y contras de una cuestión escabrosa, que sin duda despertaría un encendido debate.

La anhelada vacuna parece la única salida al final de este interminable laberinto que es el coronavirus. Una vacuna eficaz, aplicable al conjunto de la población mundial y que genere el menor número posible de efectos secundarios. Casi nada. El proceso de elaboración de este tipo de agente inoculador normalmente puede extenderse durante años, pero, dada la urgencia de la situación sanitaria que estamos viviendo, se están destinando importantes recursos para acelerar sus pormenores en la medida de lo posible.

En este sentido, algunas eminencias del mundo de la bioética empiezan a defender sus posiciones ante el renacer de un debate que parecía hace tiempo consumido y que se ha vuelto a plantear en los últimos tiempos, el de la participación de los reclusos carcelarios en pruebas científicas. En esta ocasión, las de la vacuna contra el Covid-19.

Es el caso de George Annas, abogado y experto en bioética de la Universidad de Boston y Lauren Brinkley-Rubinstein, socióloga y epidemióloga de la Universidad de Carolina del Norte. El primero publicó en julio un artículo sobre prácticas médicas inhumanas en centros penitenciarios para inmigrantes. Un mes después, su colega encabezó un grupo de expertos que sugirieron la posibilidad de involucrar a los presidiarios en los ensayos para la obtención de una vacuna contra el virus.

Ambos fueron recientemente entrevistados por la revista Science, un marco que les permitió exponer su visión sobre el tema. El asunto que se está tratando no es algo que haya nacido en la actualidad pues, tal como apuntaron estos investigadores en declaraciones para el citado medio, el pasado es “oscuro” en lo que respecta a los experimentos con reclusos.

Archiconocidas son las atrocidades de los nazis en los campos de concentración judíos, los ensayos con prisioneros de John Charles Cutler en Guatemala o las pruebas científicas en la cárcel de californiana de San Quintín. En todos estos sucesos, se obvió la dignidad de los presos operando de forma inhumana para con su salud. Por tanto, esta terrible práctica dejó de ejercerse.

Los reclusos constituyen uno de los sectores poblacionales más expuestos a la pandemia. 

Pese a estos penosos antecedentes, los dos investigadores interpelados coinciden en que se está barajando la posibilidad volver a recurrir a los condenados en esta hora de extrema necesidad, algo que, por otra parte no ha sucedido hasta la fecha. Y es que, según su criterio, se trata de un sector poblacional de gran interés en la materia, pues la limitación de movimiento les expone al virus de manera muy clara.

En esta línea, de acuerdo con Annas, su estudio podría ofrecer conclusiones que no se apreciarían en el resto de la sociedad a causa de las particularidades de los prisioneros: “No soy un gran fan de la investigación en prisiones, pero son un gran fan de la ciencia, así que pienso que deberíamos plantear estas cuestiones nuevamente”, afirma este experto en bioética.

Por su parte, Lauren considera que hay que orientar el debate no hacia los encarcelados sino hacia aquellos que están involucrados de alguna forma con la justicia pero que no están recluidos por completo, como los presos en libertad condicional, que siguen siendo, según sus palabras, “población de alto riesgo”.

En cualquier caso, la implementación de estos métodos de investigación en los centros penitenciarios no sería sencilla. Para acometerla con éxito, se tendría que realizar un importante desembolso para acondicionarlos convenientemente. Las vacunas necesitan ser almacenadas en unas condiciones específicas, los pacientes tienen que ser observados para ver si desarrollan efectos secundarios ante el tratamiento y el contacto con ellos habría de ser continuo. ¿Es esto posible en la actualidad? ¿Están dispuestos los poderes estatales del mundo a invertir en estos asuntos? Hoy en día, la respuesta parece clara.

Los prisioneros: ¿Explotación o redención?

Hasta ahora no hemos abordado el tema desde la visión de los prisioneros. Es este colectivo el que realmente tiene la clave de la cuestión. Un ensayo clínico de estas características entrañaría seguramente riesgos sanitarios para ellos, pero también para el funcionariado de las cárceles, que en caso de malos resultados tendría que convivir, además de con el peligro de contagio, con un potencial sentimiento de frustración por parte de los prisioneros que podría materializarse de manera imprevisible.

Por tanto, ante el riesgo de que los reclusos puedan sentirse explotados y defraudados, Annas defiende que son precisamente estos quienes tienen que sopesar la balanza entre riesgos y beneficios. Porque efectivamente, estos últimos podrían ser enormes. De funcionar correctamente las inyecciones, los presos esquivarían la alta de probabilidad de contagiarse que tienen en los centros penitenciarios, donde por motivos obvios no se puede mantener la distancia de seguridad estipulada fuera de sus puertas.

Asimismo, como bien apuntan estos expertos en la materia, las cárceles son por excelencia uno de los principales focos de contagio, y la ida y venida de prisioneros es una vía que las comunica con el exterior. Si los presos se prestaran a participar en estos ensayos y tuvieran éxito, se cortaría de raíz uno de los puntos transmisores del virus que más dificultades están teniendo las autoridades para atajar.

El muchas prisiones del mundo, es difícil mantener las medidas de seguridad por Covid-19.

Y claro está, como el lector seguramente estará pensando estaría el hecho de hacerse partícipes de un proyecto gigantesco de cuyos resultados dependen vidas humanas, lo cual, como es natural, mejoraría su imagen y en cierto sentido, podría ser considerado por muchos encarcelados como una especie de redención a sus fechorías pasadas.

Sea como fuere, la vertiente ética de esta problemática siempre acecharía desde la sombra, puesto que el debate planea sobre la eventualidad de aprovecharse de la privación de libertad de unas personas en beneficio de otras. Una cuestión así se sitúa en las lindes de la moralidad, que se hacen más difusas a medida que la pandemia sigue avanzando pese al esfuerzo de las autoridades sanitarias.

Queda ver si finalmente estas cavilaciones, que ahora mismo no parecen más que planteamientos vanos esbozados en la lejanía, llegan a trascender el plano teórico y se concretan en alguna iniciativa en firme, un hecho que de seguro generaría una controversia brutal entre partidarios y detractores.

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