21 de septiembre de 2019
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FIN DE SEMANA

EL PERIODISTA Y ESCRITOR JULIO MERINO VIVIÓ EN PRIMERA LÍNEA COMO DIRECTOR DE PYRESA TODOS LOS HECHOS QUE NARRA EN EXCLUSIVA CON DATOS Y NOMBRE

La intrahistoria en la elección de Adolfo Suárez hace 43 años como presidente del Gobierno por el Rey Juan Carlos I

Hace 43 años Adolfo Suárez era el elegido por el Rey Juan Carlos I para ser el sustituto de Arias Navarro al frente del segundo Gobierno de la monarquía. Harto del inmovilismo del que fuera último presidente del franquismo, el monarca buscó un nuevo hombre que provocará una evolución del régimen desde dentro. Adolfo Suárez fue una sorpresa para todos ya que no estaba en las quinielas de ningún politólogo pero sí en la agenda del Jefe del Estado.

Cuando ya era ministro, Adolfo Suárez terminó uno de sus discursos en Las Cortes con unos versos de Antonio Machado que decían: "Está el hoy abierto al mañana / mañana al infinito / Hombres de España: / Ni el pasado ha muerto / Ni está el mañana ni el ayer escritos."

Y con estos versos quiero recordar hoy de entrada a quien fue mi amigo y mi "jefe", Adolfo Suárez, (la agencia "Pyresa", de la que yo era Director, dependía directamente de Secretaría General del Movimiento al tiempo que él fue primero Vicesecretario y luego Ministro) en el 43 aniversario de su designación como Presidente del Gobierno. Fue el 3 de julio del año 1976. Lo que fue una gran sorpresa para la clase política, la Prensa y el pueblo español, ya que por entonces no era muy conocido ni tenía el prestigio que llegó a tener después. En aquel momento tenía 44 años y era Ministro Secretario General del Movimiento. Pero, veamos quién era y cómo fue su elección.

Adolfo Suárez nació en Cebreros (Ávila) el 25 de septiembre de 1932 y su nombre apareció por primera vez en la página política como "secretario personal" del Gobernador de Ávila, en ese momento Fernando Herrero Tejedor. Eso sucedía en 1955, cuando aquel joven licenciado en Derecho, apenas tenía 23 años, y bajo el paraguas protector del padrino Tejedor fue subiendo los escalones que le llevarían algo más de 20 años después a la Presidencia del Gobierno.

La carrera fulgurante de Adolfo Suárez

En 1957 Herrero fue nombrado Delegado Nacional de Provincias de la Secretaría General del Movimiento, y allí aparecía, ya en Madrid, como Secretario y luego como Jefe de Gabinete. En 1961 Herrero era nombrado Vicesecretario General y a su lado estaba Adolfo Suárez. Pero en 1964 Herrero chocaba con su Ministro, a la sazón Solís Ruíz, y ambos dejaban la Secretaría General... pero, a los pocos meses Franco nombraría a Herrero Fiscal General del Estado y como no podía llevárselo con él consigue hacerle Gobernador Civil de Segovia.

Adolfo Suárez con Franco. 

En 1969, cuando el OPUS le gana la partida a la Falange y entra como Ministro de Información y Turismo Alfredo Sánchez Bella, un miembro de la Obra de Escrivá de Balaguer, mueve los hilos para que el Ministro le nombre Director General de Radio Televisión Española, puesto en el que se mantendrá hasta 1973, tiempo que aprovecha, teledirigido por su padrino, que a su vez se ha ido ganando la confianza de los Príncipes de España, convencido de que a no tardar mucho serían los Reyes de España, para aproximarse y mimar a Don Juan Carlos y Doña Sofía. Se estaba abriendo las puertas del futuro.

Adolfo Suárez junto al Rey Juan Carlos I. 

En marzo de 1975 Arias Navarro nombra Ministro Secretario a Herrero Tejedor y a este no le falta tiempo para nombrar a su vez a su "protegido" Suárez, Vicesecretario General, o sea que alcanza la categoría de subsecretario. Sin embargo, aquel cargo le dura bien poco, porque tan sólo unos meses después Herrero muere en un misterioso accidente de tráfico y Suárez tiene que abandonar la Secretaría General.

Fue quizás uno de los periodos más difíciles de su vida (el otro fue cuando murieron casi 100 personas en "Los Ángeles de San Rafael" siendo él Gobernador de Segovia). En esos momentos toda la clase política creyó que Suárez estaba acabado, pero lo que no sabían es que el de Ávila ya se había aproximado y casi conquistado al que sería su nuevo "padrino", Torcuato Fernández Miranda... y fue éste quien, en el momento crucial de la muerte del Dictador y la llegada del Rey, consigue que en el cambio de Gobierno que hace Arias Navarro para adaptarse a la nueva Monarquía le nombre Ministro Secretario General del Movimiento.

La apuesta del Rey Juan Carlos I

Recién coronado, Juan Carlos llamó a La Zarzuela al profesor Fernández Miranda y, estando ya convencido de que había que sustituir a Arias Navarro, le ofrece ser Presidente del Gobierno, o en su defecto que acepte la Presidencia de Las Cortes. Entonces Miranda le responde: "Majestad, el animal político que llevo dentro me pide la Presidencia del Gobierno, pero creo que le seré más útil desde la Presidencia de Las Cortes, porque es allí donde hay que ganar la partida del cambio desde "la ley a la ley a través de la ley".

Adolfo Suárez y su mujer, Amparo Illana. 

¿Y por qué protege a Suárez y consigue hacerle Ministro? "Mira, amigo Merino, me diría un día, a esas alturas de diciembre del 75 el Rey y yo ya habíamos mantenido varias conversaciones sobre lo que había que hacer partiendo de la única sugerencia que su Majestad me había hecho: “Torcuato, sólo te pido que me transformes la Monarquía de Franco en una Monarquía Democrática al estilo de las europeas".

"Con eso en mi cabeza me puse a trabajar en cuanto aterricé en las Cortes. Yo ya sabía que la batalla del Cambio iba a ser eminentemente política y por tanto había que hacerla desde la Secretaría General del Movimiento, que a pesar de todo era todavía el motor de la política y el refugio del franquismo falangista. Pero, los hombres importantes de aquel franquismo no me inspiraban confianza, tal vez porque ya eran mayores y no sería fácil moldearlos.

Así que pensé en un hombre que viniendo de ese sector fuera más dúctil y manejable en los imprescindibles cambios que habría que hacer en los próximos meses... y ahí surgió en mi cabeza el nombre de Adolfo Suárez, con el que ya había tenido algún trato en su etapa de Vicesecretario General. Suárez era un hombre inculto, eso es verdad, sin convicciones firmes, sin principios inmutables, pero listo, muy listo y muy ambicioso.

Era la cuña de la madera perfecta. Además, y pensando ya en el relevo cantado de Arias Navarro quise probarlo y foguearlo como Ministro y comprobar cómo se desenvolvía en la tribuna de oradores de las Cortes por si pensábamos en él para la Presidencia. Claro está que sabiendo su escaso bagaje cultural le puse a su lado dos hombres (Eduardo Navarro y Gabriel Cisneros) de mi entera confianza y grandes escritores políticos, para que le escribiesen los discursos y le asesoraran en los borradores de las Leyes que obligadamente habría de presentar como Ministro Secretario", contaba Torcuato Miranda.

“Siendo ya Ministro, y ya en 1976- me diría después- le llamé un día a mi despacho de las Cortes y le di algunos consejos: 1. Que se acercara los más posible e incluso mimara como Ministro Secretario a Girón de Velasco, sin duda el hombre con más peso en el franquismo falangista; a Pilar y Miguel Primo de Rivera, a Solís Ruiz, a Federico Silva, a Gregorio López Bravo, a López Rodó y otros. 2. Que se llevara lo mejor posible con sus compañeros en el Gobierno, Areilza, Fraga, Antonio Garrigues y los militares, Pita da Veiga y Félix Álvarez-Arenas 3. Que fuese preparando un borrador de Ley de Asociaciones Políticas y 4. Que fuese tendiendo puentes a la Izquierda más moderada (hasta el PSOE). Adolfo lo recibió todo con la gran sonrisa que siempre le caracterizó y salió de allí convencido de que el mundo estaba a sus pies”, continuaba Torcuato Miranda.

El presidente de la Transición

Y Suárez comenzó su labor. En esos meses tuvo especial interés en conquistarse al Rey en los despachos que tenía como Ministro con su Majestad y resultar lo más simpático posible.

Adolfo Suárez y Felipe González. 

En 1976 sucedió algo que no estaba previsto por el mentor Fernández-Miranda. Fueron los sucesos de Montejurra (9 de Mayo), en los que murieron dos personas en un enfrentamiento entre carlistas. Bueno, al parecer todo lo que allí pasó estuvo organizado desde los propios servicios Secretos del Estado, con la intención de contrarrestar la popularidad que estaba cogiendo el antifranquista Carlos Hugo de Borbón. Los más conservadores del carlismo jugaban la carta, sin embargo, del hermano Sixto de Borbón.

Lo curioso de aquellos sucesos de Montejurra es que le cayeron encima de plano al Ministro Secretario Adolfo Suárez, pues por aquellos días se había encargado provisionalmente de la cartera de Interior que ocupaba Fraga Iribarne. Algunos mal pensados pensaron entonces que fue una jugarreta contra el de Ávila, con el conocimiento del propio Fraga que se había ausentado de España en un viaje a Venezuela. Sea como fuere el hecho es que Suárez sorprendió a todos y actuó, como Ministro interino del Interior, con una efectividad total y con aplomo de hombre de Estado. Por todo ello fue aplaudido incluso en la prensa franquista y sirvió para subir otro escalón en su ascensión hacia lo que ya le tenía programado el cerebro de la Transición.

Fueron los meses de las “trampas saduceas” del catedrático de Derecho Político. Fernández-Miranda con el beneplácito del monarca, dirigía la variopinta orquesta con la batuta del genio.

Y llegó el mes de junio, concretamente el 14, el día que el Ministro Adolfo Suárez González presentó y defendió en Las Cortes el proyecto de Ley de Asociaciones Políticas, aquella ley que era el anticipo de la inminente aprobación de los Partidos Políticos. Era una de las “trampas saduceas” de Fernández-Miranda. Una especie de vacuna para que los franquistas-falangistas se aplacaran y aprobaran la reforma del Sistema.

Tampoco estaba muy de acuerdo con aquella ley el todavía Presidente del Gobierno, Arias Navarro, el más cerrado del Gobierno a los cambios que ya estaban sobre el tapete. Por eso, Suárez se apuntó el primer gran tanto como Ministro político. Su discurso (leído, por supuesto, y eso sí que sabía hacerlo bien el chico listo de Cebreros, que por contra era un desastre cuando tenía que improvisar) fue brillante y muy aplaudido.

Fue una tarde gloriosa para Suárez, que salió del Palacio de la Carrera de San Jerónimo por la puerta grande y con las dos orejas y el rabo en sus manos. Tal vez por ello el “padrino” Fernández-Miranda ya no tuvo más dudas y a la mañana siguiente se fue a La Zarzuela y pudo decirle al Rey: “Majestad, ya tenemos a nuestro hombre. Ahora le toca a su Majestad despedir al Presidente Arias”. “Pues, organiza tú ya lo del Consejo del Reino”.

Adolfo Suárez en uno de sus célebres discursos.

Fernández-Miranda como Presidente de Las Cortes era también Presidente del Consejo del Reino, el organismo que el propio Franco había creado en 1946 para el momento de la sucesión en la Jefatura del Estado. Aquel Consejo del Reino, que tenía precedencia sobre los Cuerpos Consultivos de la Nación, y la misión de asistir al Jefe del Estado en los asuntos y resoluciones trascendentales de su exclusiva competencia.

En aquellos momentos de 1976 el Consejo del Reino, que estaba integrado por 17 miembros, era el vehículo para elegir una terna de posibles candidatos a la Presidencia del Gobierno. Por la constitución del Consejo (el Prelado de mayor jerarquía y antigüedad, el capitán General en activo y de mayor antigüedad de los ejércitos, el General Jefe del alto Estado Mayor, el  Presidente  del  Tribunal  Supremo,  el  Presidente del Consejo de Estado, el Presidente del Instituto de España y dos representantes elegidos por los consejeros nacionales, la organización sindical, la administración local y el tercio de Representación Familiar, más uno en representación de los Rectores de Universidades y otro por el de los Colegios Profesionales) estaba claro que dominaban los conservadores franquistas. Y esa fue la hábil labor de Fernández-Miranda. Convencer a los girones y compañía de los nombres que deberían figurar en la terna.

Un Gobierno sin grandes nombres

En un principio todos creyeron, y muchos lo defendieron, que en aquella terna tenían que figurar Fraga Iribarne y José María de Areilza. Sin embargo, en ninguna quiniela figuraba el nombre de Adolfo Suárez González. De ahí que cuando Fernández-Miranda sugirió su nombre hubo hasta risas entre los componentes del Consejo, porque consideraban al de Ávila un hombre demasiado joven y con poca experiencia. Pero, Fernández-Miranda consiguió convencer a los más falangistas de que “más vale un hombre de los nuestros” que otro de la acera de enfrente. Al final Fernández-Miranda se salió con la suya y en la terna fueron Federico Silva Muñoz, que era el candidato de los católicos; Gregorio López Bravo, que era el candidato del OPUS, y Adolfo Suárez, que pasó como candidato del franquismo.

A la salida de aquella maratoniana reunión del Consejo del Reino Fernández-Miranda, el Presidente, pudo decirles a los periodistas que le esperaban a las puertas aquella frase que pasó a la historia: “Estoy en condiciones de llevarle al Rey lo que me ha pedido”. Pero aquella frase no era del todo cierta, porque había sido el asturiano el que había sugerido y convencido al Monarca de que el hombre más idóneo para sustituir a Carlos Arias Navarro era Adolfo Suárez González. Y ya no hubo más. Fue una sorpresa general para los españoles, para la prensa e incluso para la clase política. Tal vez porque Suárez no tenía la biografía ni la experiencia que todos pensaban que debería tener un Presidente del Gobierno. Tenía 44 años, lo que era una novedad. Comenzaba la era Suárez que duraría hasta finales de enero de 1981.

Y Suárez juró su cargo en La Zarzuela el lunes 5 de Julio (allí juraban todos, ¡hasta el Rey!). Aquel día estaba exultante, como un niño con zapatos nuevos, como si hubiese ganado la Copa de Europa, triunfador y con la sonrisa de las grandes ocasiones. Había alcanzado el sueño de su vida: ser Presidente del Gobierno de España. Tan grande se sentía en esos momentos que en cuanto ocupó su despacho en el Palacete del Paseo de la Castellana, en el que se habían sentado Carrero Blanco y Arias Navarro, ya pensó que aquello era pequeño y ordenó que le buscasen un Palacio más grande en las afueras de Madrid, si era posible. (Seis meses después se trasladaría a La Moncloa).

Adolfo Suárez jurando el cargo de presidente del Gobierno ante el Rey Juan Carlos I y Torcuato Fernández.Miranda. 

Pero, con las alegrías le llegaron los problemas. El primero de todos el de la formación de su propio Gobierno. Los pesos pesados del anterior (Fraga, Areilza, Garrigues) le dieron con la puerta en las narices, porque no querían servir al “muchachuelo” de Herrero Tejedor. Llamó a otros hombres de prestigio (entre ellos el catedrático Fuentes Quintana) y también rechazaron su ofrecimiento. Nadie le daba importancia.

Sólo se le quedaron los Ministros militares, el Vicepresidente Primero para Asuntos de la Defensa, el Teniente General Don Fernando de Santiago, Calvo Sotelo, Martín Villa y Alfonso Osorio. Y fue éste quien tuvo que “ficharle” a todos los demás Ministros (salvo a un amigo personal, Abril Martorel, a quien hizo Ministro de Agricultura). A aquel Gobierno rápidamente le puso mote la prensa: el Gobierno de los “penenes” (profesores no numerarios).

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