14 de diciembre de 2019
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FIN DE SEMANA

La menor tenía 15 años cuando ocurrieron los hechos, el 24 de noviembre de 2017 y las preguntas de todas las partes las realizó solo el juez

La víctima de los tres jugadores de la Arandina quedará traumatizada para siempre

De izquierda a derecha, Carlos Cuadrado, Raúl Calvo y Víctor Rodríguez/ EFE
De izquierda a derecha, Carlos Cuadrado, Raúl Calvo y Víctor Rodríguez/ EFE
Eva Milla, especialista en detección de abusos sexuales y perito judicial especializada en psicología infantil explica las secuelas de por vida que tendrá la víctima de los tres jugadores de la Arandina, una niña de 15 años presuntamente violada en noviembre de 2017 en un piso de la localidad burgalesa de Aranda de Duero. El caso está siendo juzgado todavía y la joven agredida prestó declaración el viernes.

La joven víctima de los presuntas agresiones sexuales de los jugadores de la Arandina, que el viernes prestó declaración y tenía 15 años cuando ocurrieron los sucesos, tendrá un trauma de por vida. La joven entró en la Audiencia Provincial de Burgos en un coche por el garaje y declaró tras un biombo evitando ser vista por los acusados.

Esta víctima no lo tiene nada fácil, ya que la mente desarrolla recursos para dejar atrás los recuerdos de las vivencias más dolorosas. La violación o el abuso sexual deja siempre una huella emocional inaceptable para el ser humano. Convivir con el ultraje cometido contra el propio cuerpo supone convivir con tu abusador o abusadores para el resto de los días. 

La sala donde se celebra el juicio contra los jugadores de La Arandina.

Para un adulto las secuelas pueden ser muy difíciles de superar y no en pocas ocasiones el estrés post traumático destruye vidas,pero las personas maduras pueden encontrar instrumentos de apoyo emocional que les ayuden a seguir una vida más o menos normalizada. 

Cuando el abuso se comete con un menor de edad las consecuencias psicológicas pueden sufrirse de por vida. Recordar una y otra vez las escenas producidas, los detalles borrosos que las rodearon, los ruidos, los olores de quién cometieron el abuso, el miedo a no estar a la altura de lo que el abusador te pide que hagas o que te dejes hacer, sin tener recursos emocionales para enfrentar el estrés. 

El menor no en pocas ocasiones se ve obligado a convivir con “la culpa”, que aparece muy a menudo en las víctimas de abuso sexual, haciéndose grande y cobrando fuerza en las emociones. No saben por qué les ha pasado a ellos, o si tal vez pudieran haberlo evitado, si sus conductas no fueron las apropiadas o si les ha ocurrido porque se lo merecían.

Escenarios diferentes

Los diferentes escenarios que rodean este tipo de delitos también dejan una impronta determinante en los menores, no es lo mismo que el abuso se comenta en casa de algún familiar cercano, que sea un conocido del barrio, un guía espiritual o tres conocidos del entorno como parece ser el caso de la presunta violación cometida por los tres exjugadores de fútbol  acusados de abusar de una menor de 15 años. Tres y no uno.

Tres jóvenes de más de 18 años que ven truncadas sus carreras deportivas por unas acusaciones muy serias, tan serias que podrían enfrentarse a cerca de 40 años de prisión si se confirman las acusaciones imputadas. Un juicio que se extiende en el tiempo durante dos años hasta la fecha de mañana donde por fin se juzgarán la veracidad de las declaraciones de la menor. 

Exterior de la Audiencia Provincial de Burgos.

Muchas son las víctimas de este largo proceso, al margen del resultado final. Víctima es la niña que acusa a los tres jóvenes, la cual es probable que lleve en su alma muchas heridas. Salir a la calle y ser la que acusa a esos “buenos chicos”. Ir al colegio y ser la niña de la que han abusado, a la que unas veces creen y otras no. Sentir las miradas en la calle e incluso gente que la insulta en redes sociales. La vivencia durante dos años de agresiones a sus pertenencias, arañazos a la puerta de su vivienda, escayola en sus gafas, vacío, soledad y tristeza por no querer hacer daño a nadie a la vez que se necesita que se reconozca su verdad.

Familiares tocados por el infortunio

Una menor que tiene una familia, unos abuelos, unos tíos, unos primos, todos tocados por el infortunio de lo sucedido y algunos tratados psicológicamente para aguantar el drama. Crisis de pánico, de ira, incomprensión, llamadas al Samur y mucho miedo a perder el juicio y que su verdad quede en entredicho y con ella su persona, además del honor de toda su familia que perdería la credibilidad frente a un pueblo de pocos habitantes. 

Las familias de los acusados también son víctimas, también son padres, hermanos, abuelos que sin saber ni cómo ni por qué se levantan un día teniendo que defenderse de acusaciones de comportamientos gravísimos supuestamente cometidos por sus seres queridos, para los que seguramente se han sacrificado esperando que tuvieran un futuro prometedor y a cambio, navidades tristes, meses de cárcel, opinión pública y un futuro más que incierto. 

La sociedad también pierde cuando de abusos sexuales se trata. Es más que responsable de las conductas que los jóvenes tienen como divertidas, cuando se cuentan entre ellos sus gestas sexuales a la vez que se transmiten  sus fotos o vídeos por las redes sociales y se alzan como “amos” de la conquista o la seducción cuanto más obsceno es lo que se muestra o se cuenta. 

Muchos varones utilizan las imágenes de chicas y mujeres, a menudo, en sus grupos de amigos de Whatsapp para mostrar lo hombres que son. Una sociedad que tiene las páginas pornográficas como algunas de las aplicaciones más visitadas en Internet, en cuyo contenido se ve a jóvenes que a penas tienen 18 años en situaciones sexuales que no se corresponden con la dignidad de una persona y que se utilizan para ganar millones de euros al ser miradas por miles de personas con la más absoluta normalidad, calificando de poco varonil al que no lo práctica. 

Hechos todos ellos que tienen como consecuencia que muchos sujetos no sepan donde acaba lo permitido y dónde empieza el delito, dónde se abusa y dónde se consiente, qué es jugar y qué agredir. No todo vale. No vale decir que no dijo que no quería, nunca esto vale con un menor. El menor nunca consiente. 

Las instituciones también pierden porque los procesos están tan ralentizados que se agotan por el camino, siendo imposible para sus partes ser capaces de mantener el equilibrio durante tanto tiempo, sufriendo la perdida de la frescura de la inmediatez que a veces es la mejor prueba de una verdad. 

Los testigos se olvidan de los detalles y las partes no pueden recuperar sus vidas hasta que no se cierran los procesos. Cuando acabe este juicio, el resultado nunca será bueno. Gane o pierda la parte que lo haga, dejará un reguero de víctimas en el camino que llevarán secuelas de por vida.

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