27 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

El 27 de septiembre de 1975 fueron fusilados Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz del FRAP y Ángel Otegi y Chiki Pardes de ETA

Se cumplen 45 años de las últimas penas de muerte de la dictadura, dos de ETA y tres del FRAP

José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Ángel Otaegi y Jon Paredes 'Txiki'.
José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Ángel Otaegi y Jon Paredes 'Txiki'.
Hace 45 años el franquismo culminaba su historia criminal con las ejecuciones de dos miembros de ETA y tres del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) el 27 de septiembre de 1975, tras unos juicios sumarísimos en virtud de la nueva Ley Antiterrorista aprobada sólo un mes antes. A pesar de las críticas internacionales, Franco hizo oído sordos y aplicó la pena capital a Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz del FRAP y Ángel Otegi y Chiki Pardes de ETA.

Hace 45 años el franquismo murió matando. El 27 de septiembre de 1975 se llevaron a cabo las últimas ejecuciones de la dictadura. Cinco fueron los condenados. Tres miembros del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) y dos de ETA (Euskadi Ta Askatasuna). Al primer grupo, una escisión armada del Partico Comunista, pertenecían José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz. A ETA pertenecían Ángel Otaegui y Jon Paredes ‘Chiki’.

Estos últimos fusilamientos de la dictadura se produjeron en una fase agónica del régimen. Las protestas en la calle eran continúas y el búnker franquista veía cómo la oposición al sistema no sólo surgía de los ya conocidos comunistas y socialistas, sino que otros sectores de la sociedad civil, así como dentro del clero y, mínimamente, dentro de Ejército, se sumaban a la búsqueda de una ruptura con la dictadura. Dentro del poder también había tensiones entre los continuistas y los que intuían que había que preparase para los cabios una vez falleciera Franco.

Sin embargo, tras el fracaso de un tímido intento de aperturismo conocido como ‘el espíritu de febrero del 74’, la dictadura se replegó sobre sí misma y decidió retomar con más fuerza su talante represor. Algo que nunca había abandonado del todo. Esto cristalizó en 11 sentencias de muerte dictadas en septiembre de 1975.

La abogada Paca Sauquillo.

A los dos etarras se les acusaba de dos asesinatos. Por un lado, a ‘Chiki’ se le imputaba el asesinato de Ovidio Díaz López, un cabo de la Policía Armada, durante un atraco a una sucursal del Banco Santander el 6 de junio de ese mismo año en Barcelona. Paredes nunca reconoció este asesinato. A Otaegi se le vinculaba con el comando que cometió el asesinato del cabo de la Guardia Civil Gregorio Posada Zurrión.

En cuento a los miembros del FRAP, se le acusaba de la participación en varios atentados a lo largo de 1975. Fue a través de la detención de María Jesús Dasca cuando nueve miembros del grupo armado fueron detenidos. Dasca fue torturada en las dependencias de la Dirección General de Seguridad (SGS), hoy sede de la Comunidad de Madrid, hasta que confesó.

El proceso que terminó con las últimas ejecuciones de la dictadura fue la puesta de largo de una nueva Ley Antiterrorista que el 22 de agosto aprobó el Gobierno y que se les aplicó de forma retroactiva a los condenados. Este cambio en la Ley permitía juzgar a los acusados de terrorismo mediante procesos sumarísimo, acelerando los juicios y reduciendo las garantías de defensa al mínimo. “El 17 de septiembre nos dieron cuatro horas para presentar los escritos de defensa. Era desesperante porque sabíamos que estaban condenados de ante mano”, contaba una de las abogadas de la defensa, Paca Sauquillo, a Televisión Española en 2005.

Tal y como se temían se dictaron 11 sentencias de muerte. El 26 de septiembre en el Consejo de Ministros se indultaron a 6. Era una manera, a medias, de intentar frenar la tensión internacional de los días previos. Las protestas en toda Europa contra el régimen fueron muy violentas y ningún gobierno internacional apoyó a Franco. Desde Olof Palme, el Primer Ministro sueco, hasta la Reina de Inglaterra pidieron clemencia al dictador español para los condenados. La noche del 26 de septiembre, Franco se recluyó en El Pardo y prohibió que le pasaran ninguna comunicación. A las cuatro de la madrugada recibió una llamada del Papa Pablo VI y se negó a responder. El líder de los católicos condenó la decisión de la dictadura y amenazó con excomulgar a Franco, el mismo hombre que se había autodefinido años antes como ‘Reserva Espiritual de Occidente’. Las tensiones entre la Conferencia Episcopal Española y Franco fueron constantes en las semanas siguientes.

Franco junto a los príncipes Sofía y Juan Carlos en el Palacio de Oriente. 

Nada surtió efecto. Ni siquiera una carta de Nicolás Franco a su hermano. El 27 de septiembre el franquismo llevó a cabo sus últimas ejecuciones. A las 8.30 de la mañana fue ajusticiado Ángel Otaegi en la prisión de Villalón (Burgos) por miembros de la Policía Armada. Recibió seis tiros y uno de gracia.

Cinco minutos después una ráfaga de 12 tiros a cargo de voluntarios de la Guardia Civil acababa con Jon Paredes ‘Chiki’ en un descampado en Barcelona. Hasta allí fue trasladado desde la cárcel Modelo de la capital catalana. Durante unos minutos de tensión la orgía de muerte paró. Habría que esperar casi una hora para el momento final de los miembros del FRAP.

Fueron trasladados desde la prisión de Carabanchel hasta Hoyo del Manzanares. Allí fueron muriendo tras recibir los disparos por este orden: José Humberto Baena a las 9.25 horas, Ramón García Sanz a las 9.40 y, finalmente, a las diez de la mañana, José Luis Sánchez-Bravo. Detrás de la tapia aguardaban familiares, los abogados y algunos periodistas que se acercaron allí. José Oneto contaría años después que uno de los asistentes al oír el último disparo no pudo evitar gritar: “hijos de puta”.

Los días siguientes fueron de una tensión política inusitada. 16 países ordenaron a sus embajadores que se retiraran de Madrid. A sí mismo las embajadas españolas en algunas ciudades fueron rodeadas por protestas y manifestaciones. Lo más grave sucedió en la de Lisboa, donde fue asaltada y acabó ardiendo. Por otro lado, el Gobierno de México pidió la expulsión de España de la ONU y el bloqueo económico para el país. 

El Papa Pablo VI.

Como reacción el Gobierno organizó la llamada ‘marcha de adhesión nacional’ el 1 de octubre. La Plaza de Oriente de Madrid se llenó de gente para mostrar su apoyo al dictador. En el balcón del Palacio Real se vio por penúltima vez a Franco. Unas imágenes donde se mostraba a un ser momificado, como un muñeco endeble que no paraba de temblar. A su lado, el entonces Príncipe Juan Carlos, el sucesor del último dictador de Europa convertido en un anciano en el que no se reconocía al temido general que acabó con la II República mediante un Golpe de Estado. Un hombre al que le quedaba apenas un mes y medio de vida y que, como su régimen, murió matando.

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