25 de noviembre de 2020
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FIN DE SEMANA

Un 1 de marzo de 1939 en la localidad francesa de Collonges el político y escritor renunció a la presidencia de la II República de España

Los últimos días en el exilio de Manuel Azaña: Confesó y comulgó antes de morir

Manuel Azaña dimitió como presidente de la II República en 1936
Manuel Azaña dimitió como presidente de la II República en 1936
El historiador Julio Merino cuenta la vida en sus últimos días de Manuel Azaña, cuando este 1 de marzo se cumplen 81 años de su dimisión como presidente de la II Segunda República de España. Ese día de su renuncia dijo lo siguiente: “pongo, pues, en manos de V.E., como presidente de las Cortes, mi dimisión de Presidente de la República, a fin de que vuestra excelencia se digne darle la tramitación que sea procedente”.y justo antes de morir dijo “¡Jesús, piedad y misericordia!”.

Murió a los 60 años y reconciliado con el Dios de su juventud, al que había negado con su famosa frase "España ha dejado de ser católica". Y murió de pena, esa españolísima enfermedad que tantas y tan buenas cabezas se ha llevado por la incomprensión de muchos, la impotencia y el desaliento personal.

Es don Manuel Azaña, "el hombre de la Republica", cuando se cumple el 81 aniversario de su dimisión. Refundiendo palabras de sus mejores biografías podemos reconstruir los últimos días de su vida en el exilio, o sea desde el 5 de marzo de 1939 al 3 de noviembre de 1940.

Desvelamos lo que vivió, física, moral y políticamente durante ese tiempo. Fue un verdadero viacrucis. Por ello he dividido este artículo en seis estaciones para poder meter toda el agua del mar en la botella de San Agustín.

La salida-fuga de España

El 5 de febrero – así lo cuentan las crónicas- aquel grupo reanudó el viaje hacia el destierro. En total, eran unas veinte personas, yendo los de más edad en coches de la policía. Antes de llegar a lo alto de un puerto, uno de los coches se estropeó e, impidiendo el paso a los demás, obligó a continuar el camino a pie, llegando al amanecer. Atravesaron la frontera por el puesto de aduana; iban, entre otros, Azaña, su esposa, Negrín, José Giral, Cipriano de Rivas y Santos Martínez. Descendieron hacia Les Illes por una barrancada helada.

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Manuel Azaña fue dos veces presidente de la II República, una de ellos interino

Desde Les Illes viajaron a Collonges-sous-Salève, donde llegaron el día 6 de febrero para instalarse en La Prasle, en una casa que su cuñado, Cipriano de Rivas Cherif, y su mujer, Carmen Ibáñez Gallardo, habían alquilado el verano del 38. Desde allí, le confirmó al embajador en Francia, Marcelino Pascua, que llegaría el día 8 a París, donde estaría varios días.

El 12 le presentó su renuncia el general Rojo y el 18 Negrín le envió un telegrama instándole a que, como presidente, debía volver a España. Azaña, sin embargo, tenía claro que no iba a volver, como tenía claro que presentaría su dimisión en cuanto Francia y el Reino Unido reconociesen al gobierno de Franco. Así, pues, regresó a Collonges el 27 de febrero (dos días después de que ambos países estableciesen sus relaciones diplomáticas con España) y ese mismo día escribió su carta de dimisión. Pero antes de leerla hay que recordar que aquellos días, en realidad, se produjo la ruptura con Negrín, el que todavía seguía siendo presidente del Gobierno, ya que sus posturas en relación con la guerra, que todavía no había terminado, eran muy diferentes.

Mientras Negrín defendía que había que seguir luchando hasta la muerte (con el sueño de poder enlazar con la Guerra Mundial que ya veía en el horizonte) Azaña creía que no había más remedio que poner fin a lo que ya era una lucha imposible, para evitar la sangría humana que se estaba produciendo, incluso llegó a proponer un Plan a los Gobiernos de Paris y Londres para que intermediaran acerca de Franco y llegar a una rendición honrosa, con la ilusión de evitar más muertes y que no hubiera lugar a una represión salvaje.

La ruptura con Negrín

"A las seis de la tarde del 4 de febrero, - escribe el biógrafo- el presidente del gobierno, acompañado por el ministro de Estado, se presentó en la "humilde morada" del presidente de la República, a quien acompañaba a esa hora el presidente de las Cortes. Eran las más altas autoridades de la República y estaban allí para cumplir la resolución adoptada por el Consejo de Ministros: el presidente, acompañado de un ministro y del presidente de las Cortes, se trasladaría a París y se instalaría en la embajada de España hasta que el gobierno pudiera organizar su vuelta a Madrid. Eso fue, al menos, lo que Negrín dijo a Azaña ante el silencio de los otros dos participantes en la reunión.

"Amigo Negrín, respondió Azaña, saldré de Cataluña cuando usted quiera, pero cuando salga lo haré definitivamente [...] Conviene que usted sepa, además, que si voy a Francia no pienso instalarme en la embajada. Me trasladaré a casa de mi cuñado, en Collonges-sous-Salève, y allí permaneceré". Siguió un tenso diálogo, en el que Negrín insistió en la necesidad de anunciar, con su marcha, la decisión de su retorno y en el desastroso efecto que produciría la residencia en casa de sus familiares, como si el presidente de la República renunciara al esfuerzo final. Azaña, inamovible en su decisión de no volver a España por lo que esa iniciativa tenía de continuar la guerra, accedió sin embargo a instalarse en la embajada".

De lo que no tuvo noticia, en aquellos momentos, fue de la reunión que habían mantenido en Paris la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados, en la que Negrín presentó un relato de los últimos días de la resistencia republicana y en la que evocó después –según uno de sus biógrafos- sus últimos encuentros con el presidente de la República y los telegramas que le dirigió a la Embajada para urgirle su vuelta a España y afirmó que la decisión de Azaña "de no ir a la Zona Centro-Sur" había influido de manera decisiva en "el proceso de descomposición y de rebeldía militar, preparado por los militares que había en la zona Centro".

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Manuel Azaña y Juan Negrín

Finalmente, reservó las más duras palabras para condenar la "defección del hombre que después de haberse sentido rodeado del afecto y adhesión de todo nuestro pueblo, porque creían en él, el símbolo de la República, traicionó sus deberes abandonando a este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República". Ninguno de los reunidos –y había entre ellos cinco diputa-dos de Izquierda Republicana- se creyó en el deber de comentar estas palabras del presidente del gobierno; sólo Dolores Ibarruri, al comienzo de su intervención, aludió a ellas para repetir literalmente los términos de la condena empleados por Negrín.

Una dimisión dolorosa

Aquel 27 de marzo de 1939 (aunque se entregara el 28) don Manuel se sentó y de su puño y letra escribió el texto más doloroso que había escrito en su vida. La carta iba dirigida a don Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes de la República:

"Excelentísimo señor: Desde que el general jefe del Estado Mayor Central, director responsable de las operaciones militares, me hizo saber, delante del Presidente del Consejo de Ministros, que la guerra estaba perdida para la República, sin remedio alguno, y antes de que, a consecuencia de la derrota, el Gobierno aconsejara y organizara mi salida de España, he cumplido el deber de recomendar y proponer al Gobierno, en la persona de su jefe, el inmediato ajuste de una paz en condiciones humanitarias, para ahorrar a los defensores del régimen y al país entero nuevos y estériles sacrificios. Personalmente he trabajado en ese sentido cuanto mis limitados medios de acción permiten. Nada de positivo he logrado”.

“El reconocimiento de un Gobierno legal en Burgos por parte de las potencias, singularmente Francia e Inglaterra, me priva de la representación jurídica internacional necesaria para hacerme oír de los Gobiernos extranjeros, con la autoridad oficial de mi cargo, lo que es no solamente un dictado de mi conciencia de español, sino el anhelo profundo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Desaparecido el aparato político del Estado: Parlamento, representaciones superiores de los partidos, etcétera, carezco, dentro y fuera de España, de los órganos de consejo y de acción indispensables para la función presidencial de encauzar la actividad de gobierno en la forma que las circunstancias exigen con imperio. En condiciones tales, me es imposible conservar, ni siquiera nominalmente, ese cargo a que no renuncié el mismo día en que salí de España, porque esperaba ver aprovechado este lapso de tiempo en bien de la paz.

Discurso de "Paz, piedad y perdón" de Manuel Azaña

“Pongo, pues, en manos de V.E., como presidente de las Cortes, mi dimisión de presidente de la República, a fin de que vuestra excelencia se digne darle la tramitación que sea procedente. Manuel Azaña. Francia, 27 de febrero de 1939".

La doble persecución

De golpe "el hombre de la Republica" pasó a ser el enemigo número uno de todos. A la España Nacional le faltó tiempo para aplicarle con todo su rigor la ley de 9 de febrero de 1939, de responsabilidades políticas, que en uçsu artículo 1 comprendía a todas las personas, jurídicas o físicas, que de primero de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936 contribuyeron "a creas o agravar la supresión de todo orden de que se hizo victima a España y aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave". Lo que motivó de inmediato el embargo de todos los bienes del inculpado.

En Francia, mientras tanto, también las cosas comenzaron a cambiar para toda la familia cuando el prefecto de la Alta Saboya les aconsejó que se alejaran de la frontera Suiza, tras la declaración de guerra presentada a Alemania por Francia e Inglaterra y gracias a un amigo consiguió instalarse, con toda su familia, en una casa que había disponible en Pyla-sur-Mer, cerca de Arcachon y a 60 kilómetro de Burdeos y en aquel "edén" cogería la gripe a principios de enero de 1940 que ya no le abandonaría hasta su muerte, porque entre consulta y consulta médica le descubrieron una gravísima afección aórtica con dilatación tremenda del corazón y "una porción de averías en el sistema cardiaco", o sea, una "congestión pulmonar adornada de pleuresía".

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Manuel Azaña junto a Frances Macià, presidente de la Generalitat

La verdad era, sin embargo, que durante los meses de marzo y abril y hasta aquel verano pasaba las horas sentado en la noche en un sillón de orejas, sufriendo espasmos y continuos ataques de tos, escupiendo sangre, sin poder hablar, sin fuerzas para llevarse nada a la boca, sin sueño, sin dormir, lleno de alucinaciones, descansando gracias a buenas dosis de calmantes que no suprimían un permanente estado de nerviosismo e inquietud (Santos Juliá).

El temor a la Gestapo

Pero como el viacrucis no había terminado, porque con los alemanes en París y Francia dividida su futuro comenzaba a ser negro. La Gestapo seguía sus pasos y sabia ya donde estaba. y la "Francia Libre" no era tan libre como se hacía creer, y por ello la angustia de los familiares y amigos que le acompañaban, y ante el peligro que se cernía sobre sus cabezas, decidieron abandonar Pyla-sur-Mer y trasladarse a Montauban y allí aparece ya, en un reducido inmueble y bien pesimista: "Aquí me tiene, mi ilustre amigo –a un amigo que le recibió- convertido en un despojo humano. Lo siento, siento que mi corazón va a estallar, no puedo resistir más, sé que me persiguen, tratan de llevarme a Madrid, pero no lo lograrán, antes habré muerto" y como un niño se echó a llorar.

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Manuel Azaña durante un evento; a su derecha, Lluis Company, presidente de la Generalitat. 

Y así fue. Azaña murió entre dolores y desconsuelo , tras un tercer infarto cerebral que le dejó sin habla,a las doce menos cuarto del 3 de Noviembre de 1940, en la presencia de su mujer, Dolores de Rivas Cherif; el general Hernández Sarabia; el pintor Francisco Galicia; el mayordomo Lot; el obispo Pierre-Marie Théas y la monja Ignace, su último consuelo en vida.

La muerte y el reencuentro con su Dios

Los últimos días y los últimos momentos los contó en un libro el jesuita Gabriel Verd. Sobre su reconciliación dice: "Según relata el obispo que trató con él durante los últimos días de su vida, el político autor de la ya funesta frase de "ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano" pudo convertirse antes de su muerte y haberse reconciliado con la Iglesia a la que no dudó en desamparar y perseguir durante su actividad pública.

El que mejor puede hablar sobre este curioso y repentino hecho fue el obispo de Montauban, diócesis situada en el suroeste de Francia. Años después del fallecimiento del dirigente del Frente Popular, monseñor Pierre-Marie Théas hizo públicos los últimos momentos de Azaña.

El 18 de octubre de 1940 se produjo el primer encuentro entre el prelado y un ya muy enfermo Azaña, reunión que se produjo a petición del español. "Vuelva a visitarme todos los días", le dijo el republicano español tras esta primera cita. El obispo le visitó a diario y le preguntó por algunos asuntos muy oscuros de su biografía. Así lo relata monseñor Théas: "hablamos de la revolución, de los asesinatos, de los incendios de iglesias y conventos. Él me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas".

En estos escritos del obispo, rescatados por el sacerdote Gabriel M. Verd, Théas añade que "deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le presenté un día el Crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en Cristo crucificado". Tras esto, Manuel Azaña "lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: ¡Jesús, piedad y misericordia!".

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Manuel Azaña dialoga con Largo Caballero

Siguiendo con el relato de los hechos, el obispo francés dio un paso más y le preguntó: "¿desea usted el perdón de los pecados?", a lo que el que fuera presidente durante la República dijo que sí. "Recibió con plena lucidez el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré", dijo ya en 1952 monseñor Théas.

Sin embargo, no todo llegó a poder hacerse con Azaña. "Cuando hablé a los que le rodeaban de la administración de la Comunión, en forma de Viático (comunión que se da a los enfermos ya moribundos), me fue denegado con estas palabras: '¡Eso le impreionaría!'. Mi insistencia no tuvo resultado". Pero Azaña sí recibió la extremaunción y murió el 3 de noviembre de 1940 en presencia de este obispo francés.

El último discurso de su vida

Sería un crimen no mencionar, aunque sea sólo en parte, su último gran discurso, aquel que pasaría a la Historia por las tres palabras que retumbaron en toda la España combatiente "Paz, piedad y perdón".

Azaña dijo: La guerra civil está agotada en sus móviles porque ha dado exactamente todo lo contrario de lo que se proponían sacar de ella, y ya a nadie le puede caber duda de que la guerra actual no es una guerra contra el Gobierno, ni una guerra contra los gobiernos republicanos, ni siquiera una guerra contra un sistema político: es una guerra contra la nación española entera, incluso contra los propios fascistas, en cuanto españoles, porque será la nación entera quien la sufra en su cuerpo y en su alma(...)

El Gobierno habla de reconstitución. Y, en efecto, reconstitución en todo aquello que atañe al cuerpo físico de la nación: a las obras, a los instrumentos de trabajo, etcétera; pero hay otro capítulo, en otro orden de cosas, en que no podrá haber reconstrucción; tendrá que ser construcción desde los cimientos, nueva. Y esto, por motivos, por causas que no dependen de la voluntad de los hombres ni de los programas políticos, ni de las aspiraciones de nadie (...)

En primer lugar, la conmoción que ha producido la guerra, echando por el suelo todas las convenciones sociales en vigor (no me refiero a las convenciones de tipo jurídico, sino a las convenciones de la vida social, del trato entre los hombres), echándolas por el suelo y poniendo a cada cual en el trance terrible de optar entre la vida y la muerte. Todo el mundo, altos y bajos, han mostrado ya, sin disfraz, lo que llevan dentro, lo que realmente son, lo que realmente eran. De suerte que hemos llegado, por causas no precisamente de las operaciones militares, sino de toda la conmoción que ha producido y produce la guerra, a una especie de valle de Josafat, como después del acabamiento del mundo, en el que nadie puede engañarse ni engañarnos: todos sabemos ya quiénes éramos todos.(...)

Muchos se han engrandecido. ¡Dichoso el que muere antes de haber enseñado el límite de su grandeza! Muchos no han muerto, por desgracia para ellos. Esta situación de orden moral creará en el porvenir de España una situación, digamos, incómoda, porque, en efecto, es difícil vivir en una sociedad sin disfraz, y cada cual tendrá delante ese espejo mágico, donde ya no se verá con la fisonomía del mañana, sino donde, siempre que se mire, encontrará lo que ha sido, lo que ha hecho y lo que ha dicho durante la guerra. Y nadie lo podrá olvidar, como no se pueden olvidar los rasgos de una persona.(...)

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Manuel Azaña murió en Francia en el exilio

Además de este fenómeno, de muchas y muy dilatadas y profundas consecuencias, como probará el porvenir; además de este fenómeno de orden psicológico y moral respecto de las personas, hay otro mucho más importante. Nunca ha sabido nadie ni ha podido predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca! Las guerras, y sobre todo las guerras civiles, se promueven o se desencadenan con estos propósitos, hasta donde llega la agudeza, el ingenio o el talento de las personas; pero jamás en ninguna guerra se ha podido descubrir desde el primer día cuáles van a ser sus profundas repercusiones en el orden social y en el orden político y en la vida moral de los interesados en la guerra.(...)

Conste que la guerra no consiste sólo en las operaciones militares, ni en los movimientos de los ejércitos, ni en las batallas. No; eso es el signo y la demostración de otra cosa mucho más profunda y más vasta y más grande; ése es el signo de dos corrientes de orden moral, de dos oleadas de sentimiento, de dos estados de ánimo que chocan, que se encrespan, que luchan el uno contra el otro, y de los cuales se obtiene una resultante que nadie ha podido nunca calcular. Nadie; nunca. Este fenómeno profundo, que se da en todas las guerras, me impide a mí hablar del porvenir de España en el orden político y en el orden moral, porque es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, lo que podrá resultar el día en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mejor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio de que "no hay mal que por bien no venga". No es verdad.(...)

Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, perdón."

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