14 de julio de 2020
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FIN DE SEMANA

El periodista Julio Merino analiza la relación entre el dictador y el fundador de uno de los Cuerpos más importantes del Ejército donde se conocieron

Desvelamos los secretos, confidencias y enigmas de la relación entre los generales Millán Astray y Francisco Franco

Millán-Astray y Franco.
Millán-Astray y Franco.
Escribir hoy de “héroes” africanistas del Ejército español es caer en las garras de la “dictadura progre” que nos gobierna y más si esos héroes se llaman José Millán-Astray y Francisco Franco, es correr el riesgo de ser tachado de fascista. También se han ganado ese honor plumas famosas como Luis María Anson, Arturo Pérez Reverte, Raúl del Pozo, Pedro J. Ramírez, Carlos Herrera, Ignacio Camacho, Federico Jiménez Losantos, Carmen Rigalt y tantos otros conocidos periodistas que ya no me preocupa.

El General  Millán Astray fue uno de los militares más ilustres del ejército español, de finales del siglo XIX y primera mitad del XX, como lo comprobaremos en cuanto le echemos un vistazo a su biografía, y otro tanto o más, podemos decir del general Francisco Franco, el que fuera el General más joven de España y de Europa de su tiempo.

Aunque estoy seguro que la "cara" que aquí voy a mostrar de ambos va a sorprender, tal vez porque al "agitprop" nunca le ha interesado saber ni, por supuesto, que se sepa, que los dos, y al margen de su preparación y valía militar, fueron lectores empedernidos y verdaderos intelectuales. ¿O no es sorprendente que Millán fuese un "forofo" de Galdós y sus "Episodios Nacionales", o de Calderón y Lope y de la Filosofía oriental... y que Francisco Franco fuese un verdadero experto en Unamuno y lector asiduo de Ortega, de Valle Inclán, de Spencer y un gran estudioso de Alejandro Magno, Julio César y de Napoleón?...¿O no es sorprendente que ambos fuesen militares reconocidos por Escuelas o Academias Militares de Buenos Aires, México, Estados Unidos, París y Bonn?

La vida de Millán-Astray

"Mi mejor recuerdo de la Academia -escribiría muchos años después el entonces cadete Alberto Morales Merino en sus "Memorias" - va unido al hoy general D. José Millán-Astray Terreros. Tal vez porque él llegó como profesor, ya era capitán, el mismo año que yo ingresé", relataba.

O sea, en septiembre de 1911, daba ya clase de ocho asignaturas (¡ojo, 8!): Geografía Militar de España y Portugal, Geografía Militar de Marruecos, Geografía de Europa, Historia Militar, Logística, Táctica de las tres Armas, Reglamento de campaña, Ordenanzas y Reglamento Táctico... Pero lo que a él le hacía disfrutar más era dando clase  de Historia, que sus alumnos agradecían. Desde Alejandro Magno a Julio César. 

Decían sus alumnos que pintaba en el encerado las batallas de Alesia, Farsalia y Munda, que describía con gran admiración la batalla de Ceriñola o la idea de Don Gonzalo de formar ejércitos de soldados profesionales, como los famosos Tercios Españoles de Flandes. En los exámenes una pregunta obligada era el poema de Calderón dedicado al soldado español.

Millán Astray, en África.

Narra Alberto Morales Merino en sus "Memorias" que "nos llevaba a estudiar la "guerrilla" de Galdós, todavía conservo un ejemplar de "Juan Martín, el empecinado" que me firmó y me dedicó. Los "Episodios Nacionales" eran una de sus debilidades. Aunque curiosamente también era un lector habitual de novelas de aventuras y nos obligaba a nosotros a lo mismo, porque según él el buen militar tiene que cultivar la imaginación, y así nos tuvimos que leer a Kipling,  a Conrad, a Verne, a Salgari...)".

Éste era para sus seguidores Millán Astray, el hijo de aquel Jefe de Prisiones, escritor frustrado, que llevó a toda su familia (también a su hermana Pilar, la que andando el tiempo triunfaría en el teatro con "La tonta del bote") a vivir de cárcel en cárcel, según arrastraba el destino a su progenitor.

“En los meses en que llega al mundo su primogénito, Millán Astray padre es destinado al cuerpo de Funcionarios de Prisiones. En los años siguientes la familia recorrerá, a causa de los cambios de destino del cabeza de familia, muchos de los penales españoles; los de Valencia, Ceuta, San José de Zaragoza, incluido el penal de La Habana, así como las cárceles Modelo de Madrid y de Barcelona. Tendrá Millán Astray padre varios destinos vinculados al Ministerio de Gobernación. Fue dos veces nombrado secretario general de la Guardia Civil, estuvo a cargo de la Inspección General de los Resguardos de la Isla de Cuba, ocupó el puesto de comisario general de Policía de Madrid y jefe superior de Barcelona”.

“Con siete años Pepito Millán Astray es monaguillo en la iglesia de las monjas Trinitarias de la cuesta de Areneros, hoy Marqués de Urquijo. Entre los 8 y los 13 años va a estudiar al instituto San Isidro, de la calle Toledo, donde "hacía novillos para irme a la Plaza Mayor y allí adquirí facilidad de palabra ayudando a los sacamuelas que vendían bálsamos y panaceas". En estos años es un golfillo callejero, frecuenta el Rastro, la Casa de Fieras —en la que se colaba saltando la verja—, el Campo del Moro, que todavía no estaba vallado y en el que se concentraba la gente de peor ralea de la capital y, sobre todo, la Plaza Mayor donde se desarrollan sus correrías y aventuras infantiles.

En el patio del San Isidro recuerda cómo pronunció sus primeras arengas dedicadas a los alumnos de la Escuela de Arquitectura, cuyas ventanas daban a su patio de recreo, para pedir el anticipo de las vacaciones de Navidad. Sobre su precoz adolescencia, antes de cumplir los 14 años, cuando tenía como zona de sus andanzas el madrileño barrio de Pozas, recuerda cómo «asistí a las casi salvajes, por la incultura de aquellos años, pedreas del barrio de Pozas contra la Florida y Valle hermoso, en compañía de Antonio Casero, el célebre poeta madrileño, por desgracia muerto». Por aquellos días el paseo de Rosales era un vertedero, próximo a la calle Princesa, en los ya citados campos de Pozas, zona también conocida por los Desmontes. Solares repletos de cuevas donde vivía el «hampa troglodita» de la capital y por los que a Pepito le gustaba campar con sus amigos de la infancia, de los cuales ya era «capitán»”. (Luis E. Togores).

 El personaje de Amenábar

Pero, en el apunte que estamos haciendo de la otra cara de Francisco Franco y de Millán-Astray (el vapuleado e  histriónico personaje que injustamente refleja el señor Alejandro Amenábar en su manipulada “Mientras dure la guerra”) no podemos ocultar los telegramas que se cruzó con el Rey Alfonso XIII en 1924 y que reflejan muy bien el carácter del hombre y el militar que fue el creador de la Legión, donde se hizo amigo del general Franco.

Sucedió tras la herida que sufrió en su brazo izquierdo y que no hubo más remedio que amputarle, cuando arengaba a un grupo de soldados en plena batalla. El 28 de octubre de 1924 le ponía al Rey el siguiente telegrama: “Señor, elevo al Trono mi petición de no ingresar en inválidos por desear ardientemente seguir trabajando constantemente”.

A este telegrama le respondió el mismo día SM. Don Alfonso XIII: “Oficiales que como tú, al sufrir operación que les priva de un miembro, solo piden no ingresar Inválidos y seguir trabajando y ofreciendo su vida por la Patria, demuestran tan alto espíritu, que es garantía cierta del gran valor que tienen sus servicios y su sacrificio; y acepto los tuyos, te desea muy rápido establecimiento y te envía fuerte abrazo, Alfonso”.

Al cual responde emocionado el que acaba de perder un brazo: “Es un orgullo y una satisfacción, Señor, el que el Rey haya escuchado la petición de este humilde soldado y le conceda la más alta gracia con que pudo soñar cual es la de poder otra vez en activo derramar su sangre por su España y por su Rey ¡¡Viva España!! ¡¡Viva el Rey!! ¡¡Viva la legión!!”.

 La entrevista

"Un hombre que rebosaba optimismo y al que la falta del brazo izquierdo no le hacía perder ni un ápice de su aura marcial",  así describe de entrada Ramón Martínez de la Riva en la entrevista que le hace al Coronel Millán-Astray y que se publica en ABC  el 15 de marzo de 1925. Por su interés reproducimos el texto integro de aquella entrevista: 

"Pepe Millán Astray, el caudillo de la Legión, la figura militar española que goza de una mayor popularidad, en lo íntimo de su gabinete de trabajo, animoso y sonriente, me contaba del amor de sus amores de la Legión. Exáltase al hablar de los legionarios, de Franco, su jefe, de los hechos de armas recientes, y es su conversación un canto heroico a los caballeros de la muerte. Yo, mientras tanto, lo observo con detenimiento. Su faz no denota las pasadas fatigas y sufrimientos. El hombro izquierdo, sin el brazo, cercenado, dijérase que hace resaltar más la fuerte complexión del tórax. Un optimismo sano y rebosante afluye y se desborda en la amena conversación de Pepe Millán. Más de pronto se ha quedado en suspenso, y mirándome muy fijo exclama, como respondiendo a una duda que le asalta:

¡Ah, no! Eso, no, amigo mío. Usted hoy no ha venido, como otras veces, a hacer compañía a un convaleciente. Usted hoy inquiere, escruta, analiza, de una manera que no deja lugar a dudas. Y yo, ante el periodista enmudezco, porque no quiero que se hable más de mí, porque estamos en momentos de sacrificio para todos y no puede haber nada, en absoluto nada, que autorice una exhibición.

Millán Astray ya amputado.

Yo sonrío y callo. Millán abre su pitillera, en la que campean las armas de Infantería, extrae un pitillo, da con él unos golpecitos sobre la mesa, y al fin le prende fuego con un encendedor mecánico. Su diestra se mueve con agilidad acentuada, para suplir al brazo mutilado. Y yo, con gran calma, respondo a su vehemencia:

Escuche usted. Estos días, buscando unos datos, he repasado las colecciones de algunos periódicos. La de Blanco y Negro del año 1897 me brindó evocaciones de nuestras guerras coloniales. Una de las evocaciones fue una fotografía en que un grupo de oficiales de nuestro Ejército rodean a la marquesa de Polavieja. Al pie de la fotografía se lee sencillamente: "Los héroes de San Rafael" Se refiere a la campaña de Filipinas. Y allí, en primera fila, hay un muchacho de diez y seis años, recién salido de la Academia y voluntario en la campaña. Aquel muchacho es usted. Y formé el propósito de relatar en Blanco y Negro de hoy alguno de los hechos posteriores de aquel "héroe en San Rafael" a los diez y seis años.

Pepe Millán se muerde nerviosamente los labios. Y haciendo esfuerzos por dominarse exclama:

-Me ha ganado usted. Ya no puedo negarme. Ni por la evocación, ni por el periódico de que se trata. La gratitud me obliga, y, por tanto, usted manda. Pero hágase cargo de mi situación.

-¿Qué es...?

-La de un soldado a las órdenes del alto comisario en Marruecos, en situación de herido, pero en su destino.

-Me hago cargo. ¿Cuándo ingresó usted en la Escuela de Guerra?

-A mi regreso de Filipinas. Pero interrumpí mis estudios cuando fui destinado al batallón de Cazadores de Madrid en la época en que lo mandaba Páez Jaramillo. Es uno de mis recuerdos más gratos, ¡Qué época aquélla! De la oficialidad de aquel batallón nadie quedó ignorado. Los que no murieron gloriosamente han alcanzado puestos relevantes en el Ejército. Al ascender a capitán volví de nuevo a la Escuela de Guerra. Allí me hice, pues tuve tres maestros inolvidables: Garda Benítez, García Alonso y Martani. Salí diplomado y fui nombrado profesor de Artes militares en la Academia de Infantería. Yo, sin poderlo remediar, predicaba un día y otro a mis alumnos la necesidad de que a Marruecos fuese gente joven y animosa, v como no me parecía bien predicar sin el ejemplo, en cuanto terminó el curso me fui voluntario a Marruecos. Allí ingresé en la Policía indígena, a las órdenes del general Jordana. Andando el tiempo tuve el honor de que el general Silvestre me llamara a su lado, y a su lado fui y combatí y ascendí por méritos de guerra a comandante, en la zona de Regaya, de Larache, precisamente en la de la columna de la que ahora me habían dado el mando.

Academia de Infantería.

-¿Cómo nació en usted la idea de crear el Tercio?

-Pues verá usted. Fui dos años comandante de Regulares de Larache, y al regresar a la Península me destinaron a la Comisión de Táctica, donde germinó en mí la idea de crear un Cuerpo voluntario, análogo al de otros Ejércitos, para lo que fui a Argelia con objeto de estudiar la Legión francesa.

-Un momento. ¿Legión o Tercio?

-Lo español, indudablemente, es Tercio. Es evocador, es glorioso. Pero se trata de un cuerpo que se nutre de la propaganda en el extranjero, y Legión es palabra que por pronunciarse exactamente igual en otros idiomas era preciso adoptar, teniendo en cuenta que así se daba la exacta noción de su significado. Así, pues, ahora, al denominarse Tercio de Marruecos, constará de dos Legiones.

-Bien. Se creó la Legión.

-Se creó, y como acababa de ascender a teniente coronel, se me puso al frente. De la historia de la Legión hasta aquí no he de hablar. Ha sido de tal naturaleza y sus hechos gloriosos tan conocidos, que están en el ánimo y en el corazón de todos los españoles. En 1922 dejé el mando de la Legión y fui destinado al regimiento de Pavía.

-¿Después marchó usted al extranjero?

-Exacto. Todos los años salen a concurso varias plazas de oficiales diplomados de Estado Mayor, para, ir al extranjero a perfeccionarse en idiomas y ciencia militar. Concursé y gané una de estas plazas.

-Y estuvo usted en Francia.

"Tuve la idea de crear un Cuerpo voluntario, análogo al de otros Ejércitos" -Fui agregado al profesorado de las Escuelas Miliares de Saint Cry y de Saint Maixent, y más tarde, al décimo batallón de Cazadores en Saterna (Alsacia). De allí marché a Marruecos, agregado al Estado Mayor del general Lyantei. Estudié, por tanto, sistemas educativos y de instrucción militares, y en el campo, en las líneas de Contacto francesas, la organización de los Ejércitos coloniales.

-¿Cómo fue volver al Marruecos español?

-Porque cuando se agudizó últimamente el problema pedí, y obtuve, ser destinado a las órdenes del alto comisario. A los tres días me concedieron el empleo de coronel, y cuando iba a tomar el mando de mi columna caí herido. Ya lo sabe usted todo, y puede relatar lo que quería.

-Bien. ¿Y cómo cayó herido?

-¡Hombre! Eso se ha relatado otras veces.

-Pero yo quiero oírselo a usted, porque no debo hurtarle al lector la emoción del relato de un hecho vivido

-Pues yo iba en auto, acompañado del glorioso Topete, en dirección al Fondak, y a la altura de Tanites, nos encontramos con fuerzas de la columna del coronel Góngora, que sostenía fuego con él enemigo. Echamos pie a tierra, y a campo traviesa -no encontramos caballos-, nos dirigimos al encuentro del coronel para prestarle ayuda, si fuese necesaria. De pronto, y cuando descansábamos de una carrera desenfrenada, nos encontramos entre una guerrilla formada por soldados del regimiento de Burgos. Yo unos días antes había arengado a estos soldados, que me hicieron un recibimiento entusiasta en su posición, y creí que al encontrármelos en el campo de combate debía nuevamente arengarlos. Me adelanto. y en él momento en que con el brazo en alto gritaba "¡Soldados de Burgos—!", sonó la descarga…, cayó el pobre Topete para no levantarse más, caí yo con el brazo atravesado. Lo que vino después será para mi inolvidable. La guerrilla, despreciando el peligro, se puso en pie y rodeándome y cubriéndome con sus cuerpos, me retiraron del campo. Los soldados de Burgos tienen un lugar preferente en mi corazón.

-Y ahora…

-Pues, ahora… espero y estudio. Mi ánimo será siempre el mismo y mis proyectos de organización seguirán adelante. Hay mucho que hacer. Se han adoptado nuevas doctrinas, que el Estado Mayor llevará a la práctica. Nuestro Ejército está en momentos de grandes reorganizaciones. Es preciso tener un Ejército moderno. Con arreglo a nuestra historia y a nuestro suelo necesitamos un ejército ligero, con mucho armamento y muy maniobrero, pues no cabe olvidar nuestro abolengo de guerrilleros.

Millán Astray.

-¿Qué recuerdos tiene usted más agradables de su vida militar?

-¡Ha sido tan accidentada! Pero estos días he recordado algo que no se refiere a mí, pero que para mí fue de gran satisfacción. Durante mis etapas en Francia no hubo jefe u oficial de su Ejército que no me hablase con extraordinaria admiración de nuestro Rey. En la Casa del Soldado, en Versalles, se celebró con mi asistencia el solemne descubrimiento del retrato de Alfonso, XIII, colocado entre los del Rey de Bélgica, y del mariscal Jofre, y en la escuela de Saint Maixent, en una prisse d´armes, a la que asistí, el general Boria me colocó en el centro del cuadro y arengó a las fuerzas, hablándoles de la gratitud que debían al Rey de España. Este es el único recuerdo que en estos momentos quiero hacer constar.

Y el coronel Millán Astray, cogiendo con la diestra la manga sin brazo de su uniforme, levantaba la cabeza en el gesto gallardo y peculiar con que tantas veces arengó a los caballeros de la muerte, al conducirles a la victoria".

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